El sol cae lento sobre Melilla y el aire empieza a oler a incienso. No hace falta mirar el calendario. Sabes que es Semana Santa. Aquí no entra de golpe. Va llegando, poco a poco, como si la ciudad se despertara de algo antiguo.
Cae la noche. Suena un tambor. Y de repente estás metido en una historia que empezó hace más de cinco siglos.
Todo empieza con soldados
Imagínate la escena. Año 1498. Nada de tronos dorados ni bandas afinadas. Solo murallas, tierra dura y soldados recién llegados.
Alguien saca una cruz. Otro enciende una vela. Y así, casi sin darse cuenta, nace la primera procesión. La del Cristo de la Vera Cruz.
No era espectáculo. Era necesidad. Era decir: “seguimos siendo los mismos, aunque estemos en África”.
Caminaban despacio. Con miedo, seguramente. Pero caminaban.
Siglos de pasos cortos
La escena cambia. Pasan los años, los siglos. La ciudad sigue siendo plaza militar. Todo es más pequeño, más austero.
Las procesiones salen, pero sin alardes. Dependen de curas, de soldados, de lo que haya. A veces hay más fe que medios. El epicentro está en Melilla la Vieja. Calles estrechas, silencio, viento. No es la Semana Santa que imaginas. Pero ya late algo.
El salto de verdad
Avanzamos rápido. Siglo XX. Años 40. Aquí cambia todo. Llegan influencias de Andalucía sobre todo de Málaga y la ciudad lo absorbe como una esponja. Empiezan a aparecer cofradías de verdad. Con estructura. Con identidad.
El Nazareno. El Cautivo. La Soledad. El Humillado. La Flagelación. Ahora sí. Hay tronos, hay música, hay gente esperando en las aceras. Melilla deja de resistir y empieza a lucirse.
Y de pronto, el silencio
Pero un día, todo se para. Años 70. La Semana Santa se apaga. Sin dramatismo, pero sin remedio.
Menos gente. Menos ganas. Menos todo.
En 1974 ocurre algo que a día de hoy todavía es un misterio. Desaparece la Cofradía del Cristo del Perdón. Y con ella, una parte entera de la historia de Melilla.
Las calles se quedan sin pasos. Sin túnicas. Sin ese ruido de madera y metal.
Es raro. Como si algo faltara y nadie supiera explicarlo del todo.
La historia que se perdió
La Cofradía del Cristo del Perdón no solamente desaparece. Se borra. No hay casi documentos. No hay explicaciones claras. Solo piezas sueltas.
Se sabe que su patrimonio se vendió como pasó con otras cofradías. Pero aquí fue peor. Aquí prácticamente todo se perdió.
Las imágenes se dispersaron. El Cristo del Perdón y la Fe sigue en Melilla en el altar mayor de la Parroquia de San Agustín, en el barrio del Real. Quieto. Como si vigilara lo que queda. Pero lo demás… se fue.
La Virgen del Mayor Dolor terminó en Balerma, en Almería. Se vendió por 78.000 pesetas. Su trono, al que llamaban “La Bombonera”, también cruzó el mar. El Nazareno del Real también acabó allí. Igual que su paso.
La Oración en el Huerto desapareció. Se vendió. Durante años nadie supo nada. En 1995 se intentó recuperar, pero con imágenes de escayola. Duró poco. En 1997 salió por última vez.
Hoy solo quedan recuerdos. Y algunos nazarenos que siguen vistiendo túnica negra, cinturón y capa blanca. Como un eco de lo que fue.
Y luego está el Cristo de Limpias. Se sabe que está en Melilla. Pero nadie dice dónde. Se puede ver una réplica exacta en la Iglesia de San Francisco Javier. Es casi una historia de misterio. Cofrades que buscan respuestas. Que intentan entender por qué nadie recuperó aquella cofradía. Por qué se dejó caer. De todavía existir la Cofradía sería una de las más ricas en Patrimonio Melillense.
Volver a empezar
Y de repente, otro salto. Años 80 y 90. La Semana Santa vuelve. Pero no vuelve como estaba. Vuelve desde cero.
Muchas cofradías habían vendido su patrimonio a ciudades como Málaga o Almería. Tocaba reconstruir. Buscar imágenes, rehacer tronos, volver a organizar todo.
Gente joven tira del carro. Gente que no vivió lo anterior pero que decide que esto no se puede perder. Y funciona.
Las procesiones regresan. Primero tímidas pero luego con más fuerza. Melilla vuelve a oler a cera.
Hoy: una mezcla única
Vuelves al presente. Estás en la Avenida Juan Carlos I. Ves pasar un trono. Suena una banda. Hay mantillas negras. Hay silencio cuando toca. Pero también hay algo distinto.
Estás en el norte de África. Con el mar cerca. Con una historia militar detrás. Con una ciudad que siempre ha sido frontera. Y eso se nota.
Aquí la Semana Santa no es solo tradición. Es supervivencia.
El Viernes Santo, por ejemplo, no es cualquier cosa. El Santo Entierro tiene peso institucional. Autoridades. Militares. Todo muy marcado.
Pero luego ves a un chaval debajo de un trono. Sudando. Aguantando. Y entiendes que esto va más allá.
Lo que queda
La procesión sigue avanzando. Paso a paso. Y mientras la ves, piensas en todo lo que ha pasado. En los soldados de 1498. En los años de silencio. En la cofradía que desapareció sin dejar rastro.
En las imágenes que ahora están en Almería. En las que nunca volvieron. Y en las que sí.
Porque al final, la Semana Santa en Melilla es eso. Lo que se perdió y lo que se decidió recuperar.
Aquí no hay tradición fácil. Aquí todo ha costado. Por eso, cuando el trono se pierde al final de la calle y el tambor deja de sonar, te queda una sensación rara.
Como si no hubieras visto solo una procesión. Sino una historia entera caminando delante de ti.








