Uno de esos términos que en su significado encierran las claves para que la vida fluya y fluya con dignidad, siempre con esperanzas y mejoras en el porvenir, siempre como antídoto con el que afrontar el veneno de la intolerancia. Convivencia, palabra que endulza el paladar de quien la expresa, atempera la conciencia de quien la promueve y, por el contrario, la atormenta cuando realmente se niega o se disfraza. Claro, que el tormento siempre rivaliza y suele perder batalla frente al egoísmo, la ambición y la soberbia, también ante la falta de compasión.
La convivencia, cuando es real, va íntimamente unida, en plena conciliación con la cultura, aquella que con mayúsculas trata no de una concesión a la diversidad por el poder reinante y así proclamar a los vientos la exaltación de los matices de lo distinto, sino de la plena convicción y serena que es imprescindible atender a las diferencias. Como lo es, y siempre, escuchar al otro, saber y respetar la opinión contraria aunque se considere por valores ideológicos (las más veces) que la convivencia está “en riesgo”. El único perjuicio, cuando no peligro, es intentar que una opinión sea dominante e imperante a cambio del silencio de otras.
Un poder fuerte, fruto de las causas que sean, es compatible con un poder tolerante y que más allá del intento en la uniformidad de los fieles que, por una u otra razón, defienden unas siglas, no pretende la oscuridad o la sequía fuera de ellas. Porque al ser así, y ejemplos no faltan en este momento convulso que araña en todos los niveles, el aliento a la venganza futura y el deterioro de una convivencia cogida con alfileres (cuando los hay) es una realidad distópica por venir y que compite ya con la actual.
Una de las consecuencias de esta perseverante retahíla de rayos y centellas que sacuden lo cotidiano es que por encima de los discursos que tanto acuden al recurso de la convivencia, esta es un ejercicio no un juego de palabras. Convivir no es lo mismo que soportarse, al tendencia es confundirlo y, aunque lo segundo sin duda malo no es, simplemente consiste en un paso necesario hacia la noble e imprescindible ambición de alcanzar lo primero y, para ello, sin voluntad ni concesiones, nunca se alcanza.
El simple y único hecho de soportarse deja al poder, más allá de las decisiones que le corresponden en la gestión (correcta o con desvaríos), en disposición de espacios más que suficientes para bajo la apariencia de la convivencia “manifestada”, acallar voces y aquietar manos que no interesen.
Convivir es establecer los valores y normas que regulan la vida en común y, en todo ello, debe haber generosidad y amplitud de miras. El egoísmo, pero también la solidaridad y el afán de cooperación son inherentes a las personas, en su equilibrio está la oportunidad para no tener que conformarse con soportarse.
Aunque visto el retroceso de la compasión, el auge del radicalismo y los múltiples episodios que desgastan la honradez, el simple hecho de aguantarse es, al menos, un mal menor.








