La directora Violeta Salama regresa a la Semana de Cine de Melilla con Auri, su segundo largometraje tras Alegría, en el marco de la 18ª edición del certamen, en una participación que no solo supone la presentación de una nueva obra, sino también la consolidación de una mirada autoral que se articula desde lo íntimo hacia lo universal. La proyección, prevista para el jueves 7 de mayo a las 21:15 horas en el Teatro Kursaal-Fernando Arrabal, estará acompañada de un coloquio junto al guionista Samuel Pinazo, un espacio en el que ambos abordarán el recorrido de una película que nace de lo personal, de una experiencia concreta, pero que encuentra en esa raíz su capacidad para expandirse hacia una dimensión amplificada.
Auri (España, 2026, 96 minutos) se construye a partir de un guion concebido por Pinazo como un gesto de memoria hacia su madre, un punto de partida profundamente ligado a lo vivido que, sin embargo, no se agota en lo autobiográfico. Como subraya Salama, es precisamente en esa precisión —en la construcción detallada de los espacios, de los vínculos, de los gestos cotidianos— donde reside la posibilidad de que el relato trascienda su origen y se proyecte hacia lo universal . La película se sitúa así en ese territorio donde lo particular no limita, sino que amplifica, donde una historia concreta adquiere resonancias que la conectan con múltiples experiencias.
En el centro del relato emerge Auri, interpretada por Cristina Marcos, una mujer de 65 años cuya vida ha estado definida por una dedicación constante a los demás, por una rutina sostenida en la repetición de gestos que no se cuestionan porque han sido interiorizados como forma de vida. Su existencia se articula en torno a una lógica de cuidado que ha ocupado todo el espacio, dejando en suspenso cualquier posibilidad de plantearse a sí misma como sujeto de decisión. Es en ese contexto donde la llegada de un dinero propio —por primera vez desvinculado de las necesidades familiares— introduce una alteración que, sin manifestarse de forma abrupta, desestabiliza el equilibrio previo y abre una grieta desde la que comienza a emerger una nueva forma de hacer y de relacionarse sin necesidad de ser explicado, simplemente trascendiendo como proceso vital de contemplación, curiosidad y experiencia directa.
Ese desplazamiento no se construye desde la ruptura ni desde la afirmación explícita, sino desde un proceso de observación y de tanteo que se filtra en lo cotidiano. Auri mira, sigue, se aproxima a otras mujeres de su edad con una mezcla de curiosidad y desconcierto, intentando descifrar cómo habitan su tiempo, qué hacen con él, cómo han construido una relación con una libertad que para ella resulta inédita. Como explica Salama, la película se detiene en ese instante en el que alguien, tras una vida dedicada a los demás, se enfrenta por primera vez a la posibilidad de decidir sobre sí misma, a la necesidad de construir un deseo que hasta entonces no había sido necesario formular. En esa línea, la directora insiste en alejar al personaje de cualquier formulación discursiva: Auri no responde a “ninguna bandera ni ninguna empoderación”, sino que su transformación se desarrolla entorno a una lógica vital, a un movimiento interno que comienza a experimentar.
A esa dimensión de descubrimiento se superpone una capa más íntima y compleja, atravesada por el miedo y la vulnerabilidad. La preocupación ante una operación de cataratas introduce en la vida de la protagonista una conciencia más aguda del paso del tiempo, del deterioro físico y de la posibilidad de la dependencia, configurando un trasfondo emocional que acompaña su proceso. Este temor no se presenta de forma aislada, sino integrado en su cotidianidad.
En ese mismo plano se inscribe el uso de pastillas, una práctica que, como señala Salama, se encuentra normalizada en muchas mujeres de su generación, donde el consumo oscila entre el consuelo y la inquietud. Este recurso, lejos de funcionar como un elemento anecdótico, se integra en el entramado emocional del personaje, reflejando una ambivalencia que atraviesa su experiencia: la necesidad de calmar la ansiedad frente a la posibilidad de una dependencia que se insinúa de manera casi imperceptible . De este modo, la película construye un retrato que no se limita al proceso de cambio, sino que incorpora las tensiones y contradicciones que lo acompañan.
El entorno familiar se configura como un espacio de resonancia de ese proceso. Su marido, Tomás, interpretado por Karra Elejalde, encarna una relación distinta con el paso del tiempo, marcada por una cierta desubicación ante una sociedad cuyos códigos han cambiado. Salama apunta que se trata de un personaje que se enfrenta a un mundo que ya no reconoce plenamente, donde las formas de relación han evolucionado sin que él haya terminado de adaptarse . A su alrededor, el hijo —interpretado por Marco Cáceres— arrastra la frustración de unas expectativas no cumplidas, mientras que la nuera —a la que da vida Numa Paredes— introduce una mirada más contemporánea, vinculada a nuevas formas de construir identidad. Este entramado familiar no solo contextualiza a la protagonista, sino que amplifica las tensiones que atraviesan el relato.
El proceso de producción de la película añade otra capa de complejidad a su configuración. Tras resultar ganador en un concurso de guion cuyo premio incluía la realización del largometraje, el proyecto se desarrolló en un margen temporal reducido. Salama recuerda ese proceso como una sucesión vertiginosa de decisiones, “de un día para otro”, en la que la película se fue construyendo a medida que avanzaba, en un contexto marcado por la financiación privada . Esta dinámica condicionó no solo la logística, sino también la forma de aproximarse al trabajo creativo.
El rodaje en Canarias supuso, en este sentido, un ejercicio de reconstrucción del universo original del guion, ambientado en un barrio de Málaga. Más que una reproducción literal, se trató de preservar una idea de barrio como espacio de pertenencia, como entramado de relaciones que define la identidad de los personajes. Salama incide en que lo esencial no era el lugar concreto, sino la atmósfera, esa red de vínculos que se manifiesta en los detalles.
En ese entramado, la dirección se configura como un ejercicio de traducción y cohesión. El guion, entendido como un esqueleto, debe ser trasladado a los distintos lenguajes que componen la película. Salama explica que su trabajo consiste en articular esa traducción, en comunicar a cada departamento aquello que quiere expresar, asegurando que todos los elementos respondan a un mismo punto de vista. No se trata únicamente de narrar unos hechos, sino de decidir cómo se observan, qué se subraya y qué se deja en los márgenes. Salama insiste en que el guion es un punto de partida, y que es la mirada la que termina definiendo la identidad del film.
La casa de Auri se convierte en uno de los espacios donde esa intención se materializa con mayor claridad. Inspirada en viviendas de los años setenta, se construye como una extensión del personaje, como un reflejo de su forma de habitar el mundo. Cada objeto, cada color, cada decisión estética responde a una lógica interna que habla de su identidad, de su manera de entender la vida. Salama apunta que ese espacio debía transmitir una idea precisa: la de una vida construida desde el cuidado, desde la atención constante a los detalles.
A esta dimensión visual se suma una construcción sonora que amplía la experiencia del espectador. Los sonidos del barrio —las voces, los ruidos domésticos, el tránsito— se integran como una capa narrativa que sitúa la acción en un contexto concreto. La directora subraya que estos elementos permiten entender el entorno desde lo sensorial, aportando una información que no necesita ser explicitada.
En paralelo, la película mantiene una dimensión que dialoga con lo onírico, aunque reformulada durante el montaje. Algunos elementos más explícitamente mágicos fueron eliminados, lo que obligó a desplazar esa capa hacia otros registros. Salama explica que la música asume ese papel, introduciendo una tonalidad que se separa ligeramente de lo cotidiano y que genera una sensación de extrañeza que acompaña el recorrido del personaje sin romper la coherencia del conjunto.
La presencia de la directora en la Semana de Cine de Melilla adquiere, además, una dimensión personal vinculada a su infancia en la ciudad, un regreso que conecta su trayectoria profesional con un espacio que forma parte de su memoria. En ese contexto, la proyección de Auri se presenta como una propuesta que, desde una historia particular, construye un relato amplio sobre el tiempo, la identidad, el miedo y la posibilidad de cambio, deteniéndose en lo cotidiano para explorar, con una mirada sostenida, la complejidad de la experiencia humana.








