La primera vez que Álvaro Puertas pensó que quería ser actor tenía 12 años y estaba sentado con su madre en el Cine Perelló de Melilla. Sobre el escenario estaban sus dos hermanos mayores, vinculados a la compañía Tallaví, con César Jiménez, representando Malvavisco. Él los miraba hacer algo que hasta entonces no había imaginado como una posibilidad para sí mismo y tuvo una revelación infantil, pero extraordinariamente precisa: "Mamá, yo quiero hacer esto". Hasta aquel momento, como tantos niños, había pasado por las profesiones imaginadas a ráfagas —policía, bombero— sin encontrar ninguna que le convenciera demasiado. Aquella tarde apareció otra cosa. "En ese momento me enamoré de la interpretación", recuerda.
Su madre recibió aquella declaración con la prudencia que probablemente acompaña a cualquier anuncio profesional pronunciado por un niño. Para ella, el teatro podía ser un hobby, una afición saludable, una actividad más entre las muchas que atraviesan la infancia y la adolescencia. Para Álvaro, en cambio, había empezado a convertirse en otra cosa. Primero fue el colegio, con las obras que se preparaban cada año. Después llegó la necesidad de hacer algo más. Una función al año ya no bastaba. En la adolescencia comenzó a implicarse de una manera más profunda en el teatro y encontró en aquellos grupos no solo un escenario, sino también una pandilla. "Ahí también encontraba mi grupo de amigos", cuenta. Era un espacio en el que nadie necesitaba explicar por qué quería actuar, por qué disfrutaba subiéndose a un escenario o por qué dedicaba tantas horas a algo que desde fuera podía parecer simplemente una forma de "hacer el payaso". Era un lugar donde probarse, equivocarse y crecer, pero también donde empezar a dibujar la vida que quería. Para entonces, Puertas ya había empezado a visualizarse como actor. El camino todavía estaba por recorrer y no sabía cómo iba a llegar hasta allí, pero la meta estaba marcada. Más que una posibilidad entre otras, el teatro empezaba a convertirse en un destino.
En esa formación temprana hay dos nombres que aparecen de manera natural cuando habla de su trayectoria: César Jiménez y la compañía Tallaví, y Antonio Caparrós junto a la compañía Arrabal. Puertas entiende que buena parte de lo que vino después se explica por aquella tradición teatral de Melilla. La compañía Tallaví fue uno de sus primeros lugares de aprendizaje; la compañía Arrabal, su "medio de escape", el lugar al que quería llegar. Allí empezó a descubrir que el escenario podía ser algo más que una afición adolescente. Era un lugar donde probarse, equivocarse, crecer y, sobre todo, confirmar una decisión que cada vez se acercaba más a un proyecto vital.
Los personajes tampoco tenían por qué parecerse a los actores que los interpretaban. La edad, en aquellos montajes, podía ser una cuestión flexible. Puertas recuerda que, siendo todavía muy joven, llegó a interpretar a un conde ruso de unos 50 años. Un poco de maquillaje, una barba, unas canas pintadas y adelante. "Éramos todos jóvenes y estábamos interpretando papeles de gente mayor", explica. Si eras de los pequeños, quizá hacías del jovencito; pero el teatro permitía que un adolescente se convirtiera, durante unas horas, en un hombre varias décadas mayor. Aquellos primeros personajes contenían ya, de alguna manera, la esencia del oficio que acabaría escogiendo: aprender a mirar al mundo desde un cuerpo y una vida que no son los propios.
Cuando se marchó a Granada, la decisión estaba tomada. Quería ser actor profesional. Comenzó estudiando Derecho, pero solo permaneció un año y lo recuerda sin demasiada diplomacia: "Fue fatal". Después se matriculó en Historia, aunque tampoco terminó de convertir los estudios en el centro de su vida. En la ciudad andaluza, su verdadera inclinación estaba en otra parte: se acercaba cada vez más a los grupos de teatro universitario. Las aulas y los escenarios convivían, pero la balanza hacía tiempo que se había inclinado. "Yo lo que quería era ser actor", sostiene.
No salió de Melilla con un plan B preparado por si aquello no funcionaba. Y esa certeza, vista desde la perspectiva de los años, es una de las claves que él mismo identifica para explicar dónde está hoy. La interpretación, sostiene, es una profesión especialmente dura porque el rechazo forma parte del trabajo. A un casting se acude muchas veces para recibir un no. No un no excepcional, sino una sucesión de negativas que puede terminar erosionando la confianza de cualquiera. Hay actores que, explica, no soportan esa acumulación de rechazos. Por eso cree que para dedicarse a esto hace falta saber desde el principio que habrá que sacrificar muchas cosas y resistir mucho. Pero él seguía marcando su camino con una inquietante decisión: "No hay grises en esto. Quiero ser actor, cueste lo que me cueste".
También hubo que aprender a resistir económicamente. Durante sus primeros años, ya en Madrid, hubo momentos de estrechez. Sus padres podían haberle ayudado, pero había algo que se lo impedía: no quería sentir que una decisión propia terminaba dependiendo de su familia. No quería escuchar un "te lo dije". Sentía cierto pudor. Prefería asumir las consecuencias. Hubo que apretarse el cinturón, comer barato y aguantar. Después llegaron trabajos que no estaban relacionados con la interpretación. Abrió depósitos para entidades bancarias y, en un momento determinado, le ofrecieron incluso un puesto con mejores condiciones. Lo rechazó. Sabía que, si aceptaba, corría el riesgo de instalarse en una vida que no era la que quería.
Poco después apareció un anuncio de Renault que se rodó en Bulgaria. Los anuncios de televisión se pagaban bien en aquella época y aquel trabajo le permitió resistir durante más de un año. Después llegarían otros encargos. Y, poco a poco, dejó de necesitar empleos completamente ajenos a la interpretación. Cuando tuvo que buscar ingresos complementarios, procuró que estuvieran relacionados con lo que sabía hacer: ha dado clases de canto, ha impartido clases magistrales de interpretación y ha aprovechado también su formación vocal. La diferencia estaba en mantener siempre el hilo de la profesión. Podía haber trabajos alrededor de ella, pero no quería que la vida terminara llevándolo hacia otra parte.
Su llegada profesional a Madrid tuvo, además, algo de aventura y algo de voluntad. Había un casting para un musical familiar, La Isla del Tesoro, que buscaba actores con aspecto de pirata. Puertas llevaba el pelo largo y barba. Le dijeron que tenía aspecto perfecto para ese papel y decidió presentarse. El problema era que había que cantar y él nunca había cantado en un escenario. "No había cantado en mi vida", recuerda. Pero se presentó igualmente.
La prueba pedía una canción libre. Tuvo que decidir sobre la marcha qué podía cantar alguien que quería parecer un pirata y que, además, no sabía cantar. Escogió una canción de Aladdin y se lanzó. "Más que cantarla, yo creo que la escenifiqué", narra con humor. Le puso energía, teatralidad y descaro. Dos días después le comunicaron que lo habían escogido. Durante los ensayos, el director terminó explicándole por qué su prueba había gustado tanto. "Tu prueba es la que más nos gustó". Puertas se sorprendió. Y entonces llegó la segunda parte: "Es que no cantabas una mierda". Lo que había convencido al equipo no era una voz formada, que todavía no existía, sino la energía y las ganas que había puesto sobre el escenario, recuerda. Tras ello, le pusieron una profesora de canto. Y ahí empezó otra formación de la que no se ha desvinculado.
La ironía es que el canto, que hasta entonces no había figurado en sus planes, acabaría convirtiéndose en una de las herramientas fundamentales de su carrera. Un compañero de universidad había sido quien le había descubierto los musicales, poniéndole grabaciones de El fantasma de la ópera, Evita y otros títulos. Puertas descubrió que había una forma de interpretar que incorporaba la música como parte del relato y que le permitía ampliar el territorio del actor. Aquello le gustó. A partir de entonces empezó a formarse también como cantante y el teatro musical terminó ocupando una parte muy importante de su trayectoria.
Pero la historia de aquel primer casting no fue la única vez que su confianza en sí mismo se adelantó a sus conocimientos. Puertas cuenta otra anécdota que explica muy bien su manera de enfrentarse a esta profesión. En una ocasión, durante el proceso para una serie, le preguntaron si sabía montar a caballo. Respondió automáticamente que sí, aunque nunca se había subido a uno.
Lo cuenta riéndose porque, en su cabeza, la cuestión era sencilla: "¿Qué es lo peor que me puede pasar?". Si le daban el papel, tendría que aprender. Y eso fue exactamente lo que hizo. Lo cogieron y tenía dos semanas para prepararse. Durante esos días se pagó de su bolsillo las clases de equitación y aprendió a montar. No necesitaba hacer grandes cosas —no tenía que galopar ni realizar una escena especialmente compleja—, sino simplemente dar un paseo a caballo durante una secuencia. Pero la respuesta automática del casting se había convertido en una obligación concreta. Había dicho que sí; ahora tocaba conseguir que aquel sí fuera verdad.
Es una pequeña anécdota, pero contiene una parte importante de su forma de entender el oficio. Puertas no espera siempre a sentirse completamente preparado para lanzarse. A veces entra primero y aprende después. No porque desprecie la formación —de hecho, buena parte de su trayectoria consiste precisamente en corregir sus carencias—, sino porque entiende que la oportunidad también exige cierta valentía. Aquella misma disposición fue la que lo llevó a presentarse a un musical sin saber cantar y la que después le obligó a estudiar voz. El escenario, en su caso, parece haber sido muchas veces el lugar donde descubría lo que todavía necesitaba aprender.
El musical, además, no permite esconder las dificultades. El actor tiene que actuar, cantar y, en muchos casos, bailar -aunque reconoce que no tiene aptitudes de bailarín-. La voz necesita técnica y preparación, pero también resistencia. No basta con que una canción suene bien una noche: debe poder sostenerse durante semanas de funciones. "Somos deportistas de élite de la interpretación", resume el actor. En escena no hay posibilidad de esconder un problema vocal detrás de una interpretación brillante. Si aparece un gallo, el público probablemente se quedará con el gallo. Si la voz no está técnicamente preparada, puede desaparecer todo lo demás.
Ahora esa exigencia se concreta en Los Miserables, un musical del que Puertas ya formó parte hace unos 15 años y al que ha regresado con el nuevo montaje. La primera vez formó parte de una producción protagonizada por Daniel Diges; ahora, Puertas interpreta al obispo de Myriel y es cover del inspector Javert. Le resulta incluso divertido porque esa duplicidad evita la monotonía y le permite enfrentarse a dos personajes muy diferentes. Pero el desafío aumenta cuando, por circunstancias del espectáculo, tiene que asumir dos papeles dentro de una misma función. En esos casos, el trabajo no termina en la interpretación. Hay que cambiar de vestuario, maquillaje y caracterización con rapidez, mientras un equipo entero se coordina para que el público apenas perciba la complejidad que sucede detrás del escenario.
Funcionan casi como una máquina. Todos saben qué tienen que hacer y en qué momento. Nadie puede fallar porque cada movimiento de uno afecta al resto. El espectador ve una historia que parece desarrollarse con naturalidad; detrás hay una coreografía precisa de actores, técnicos, sastrería, caracterización, dirección, luces y vestuario. Esa maquinaria invisible es también parte del oficio. Y precisamente ahí aparece una de las claves de su manera de trabajar. El actor ha pasado por diferentes métodos de interpretación. Al principio se apoyaba más en el análisis del texto, en construir el pasado del personaje, imaginar su familia, sus relaciones y sus conflictos. Después trabajó desde las intenciones: qué quiere el personaje, qué persigue en cada momento, qué hay detrás de cada frase. Ahora su aproximación parte del cuerpo. "Desde el movimiento nace el personaje". Antes de preguntarse únicamente qué dice; Puertas observa cómo camina, cómo se ríe, cómo coloca las manos, cómo ocupa el espacio.
En Los Miserables, esa herramienta resulta especialmente útil. El obispo de Myriel es un hombre mayor y Puertas construye esa edad desde una corporalidad concreta: camina algo encorvado y trabaja incluso la dificultad de las manos, como si tuviera artritis. Javert es otra cosa. Es rígido, marcial, contenido. Camina casi sin doblar las rodillas, mantiene la barbilla alta y mira con una expresión penetrante. Es un hombre que piensa antes de actuar, poco impulsivo, medido. Incluso el vestuario forma parte de la construcción: Puertas se ajusta deliberadamente el chaleco hasta provocar una sensación de incomodidad en el tórax. Esa incomodidad física ayuda a entrar en la piel de un personaje encorsetado y severo.
El cuerpo, por tanto, no acompaña al personaje: lo despierta. Y permite, además, que dos personajes interpretados por el mismo actor no se parezcan. "Aunque estés escuchando a la misma persona haciendo los dos personajes, no verás en mí que los dos personajes sean iguales", explica. Es una cuestión de postura, respiración, ritmo y movimiento. En el musical, donde la música puede llevar buena parte del relato y hacer que el intérprete no procese conscientemente cada palabra que canta, la fisicalidad sirve para mantener vivo al personaje.
El teatro exige también una precisión que puede parecer contradictoria con esa magia del instante. Una función debe repetirse prácticamente igual ocho veces cada semana en el caso de la actual obra en la que trabaja. Las luces tienen sus marcas, los compañeros esperan determinadas entradas, la escenografía responde a tiempos concretos y cualquier variación puede afectar al conjunto. Puertas entiende esa necesidad de precisión, aunque reconoce que la esencia del teatro está precisamente en aquello que no puede repetirse. Una emoción puede aparecer de una determinada manera una noche y desaparecer al día siguiente. Puedes intentar reproducirla, pero no será exactamente la misma. En el cine, sin embargo, existe el corte, la posibilidad de repetir una toma y buscar la perfección. Algo que atrae muchísimo a Puertas.
Su experiencia en Ocho apellidos marroquís le permitió descubrir otra forma de trabajar. Le gustó la dinámica del rodaje y la posibilidad de construir un personaje para la cámara. La interpretación adquiere para él otra relación con la perfección y con la naturalidad. Puertas quiere seguir explorando ese territorio. Ha hecho algunos papeles en series televisivas y aspira a encontrar personajes de mayor recorrido. No oculta tampoco una ambición concreta . Hace unos 16 o 17 años viajó a Londres con su mujer y entró a ver Los Miserables. Salió convencido de que algún día formaría parte de ese espectáculo. Se lo dijo a ella, aunque entonces no hubiera ninguna garantía de que el musical fuera a representarse en Madrid. Sin embargo, así fue y allí estuvo. Ahora se había visualizado haciendo de Javert y, aunque no sea titular, es su cover. Para Puertas, la visualización funciona como una herramienta para establecer objetivos. No necesariamente significa que la realidad vaya a reproducir exactamente la imagen que uno ha construido, pero sí permite saber hacia dónde caminar. Establecer una meta.
Hay otra imagen que lleva tiempo construyendo: la de recoger un Goya. Hasta tiene pensado el discurso. Lo cuenta con naturalidad, sin precisar cuándo llegará ni dar por hecho que vaya a suceder. Es, más bien, una forma de proyectarse. Una meta que todavía está lejos pero que, en su cabeza, ya tiene una escena. Lo mismo ocurrió con Los Miserables: primero lo vio, después se imaginó dentro y finalmente llegó. La aspiración no parece incompatible con una cierta conciencia de la dificultad. Puertas sabe que la profesión puede ser dura y que la carrera de un actor está llena de incertidumbres. Por eso insiste tanto en la necesidad de trabajar. Se exige mucho y espera mucho de quienes trabajan con él. Lo que más le incomoda es la interpretación automática, el actor que "hace que hace", o el que trabaja para sí mismo y no escucha a sus compañeros. En una profesión eminentemente colectiva, la brillantez individual no basta. Puedes estar magnífico, pero si no acompañas al otro, la escena se queda coja.
Su exigencia hacia los demás nace, en parte, de la que aplica sobre sí mismo. Cree que no se puede pedir aquello que uno no está dispuesto a dar. Si un actor quiere exigir algo a un compañero, primero tiene que ofrecerlo él. La escena, como el propio teatro, es una maquinaria colectiva. Cada actor depende de otro, cada entrada tiene una consecuencia, cada gesto puede modificar el ritmo de quien está enfrente. La interpretación es individual solo hasta cierto punto. Después empieza el trabajo de todos.
Quizá ahí se encuentre el hilo que une al niño de 12 años del Cine Perelló con el actor que hoy entra en escena ocho veces por semana. Aquel niño descubrió primero el placer de mirar a otros actuar y después quiso formar parte de aquello. Aprendió en la compañía Tallaví, encontró en la compañía Arrabal un lugar al que quería llegar, se marchó a Granada con una idea cada vez más firme, llegó a Madrid sin saber cantar y acabó convirtiendo el canto en una de sus principales herramientas. Y cuando el escenario se ilumina, Álvaro Puertas deja de ser él, para convertirse en dos personajes. Después vendrá el otro. O quizá el cine. O una serie. O ese Goya que ya ha recogido muchas veces en su imaginación.








