El ser menos determinante no significa ser menos importante. El Clásico de mañana, sea cual sea el resultado, no va a ser decisivo de cara a conseguir el entorchado de campeón aunque sí servirá para medir el estado de estos dos gigantes del fútbol mundial; muy distantes si nos atenemos a la clasificación, pero más cercanos si lo hacemos teniendo en cuenta la dinámica ganadora en la que andan enrolados tanto culés como merengues.
El Real Madrid, tras dejar aparcado, de momento, el tema concerniente al vestuario y con el interruptor del ventilador en 'off', empieza a parecerse al temible equipo de la temporada pasada. El estado de ánimo parece que ha cambiado en el seno tanto del plantel como del cuerpo técnico blanco y se han puesto manos a la obra para no tirar a las primeras de cambio el nuevo curso por el inodoro.
Con Sergio Ramos manteniendo sus galones en el centro de la retaguardia blanca, y con Cristiano Ronaldo más feliz que hace algunas fechas; en mejor forma física y con el punto de mira más ajustado, los de Mourinho se presentan en el Camp Nou con sus armas recuperadas y con la necesidad de sumar los tres puntos en juego ante su eterno rival.
Ahora queda saber con qué cartas jugará el luso y cómo planteará la batalla en terreno hostil y en un feudo que los recibirá con una monumental senyera como estandarte del enemigo deportivo que no político. Mourinho, como es costumbre en él, no desvelará hasta poco antes del partido si hará uso de un trivote para apuntalar el centro del campo u optará por el doble pivote. Tampoco ha dejado entrever si seguirá apostando por Kaká para acompañar a Di María y Cristiano, o hará lo propio con Modric; porque quien parece que sí tiene todas las papeletas para la suplencia es Metzul Özil, desde hace tiempo en el punto de mira del de Setúbal. Al técnico portugués no le queda otra que ir a por el partido y, por tanto, apostar por llevar la iniciativa. Cosa que conlleva disputarle la pelota a los azulgranas y destrozar las estadísticas en cuanto a posesión de los de Vilanova.
Otra opción sería la de apostar por el contraataque; acción táctica que el equipo de Mourinho domina a la perfección, pero entonces tendría que ceder la pelota al Barcelona y ahí morirían muchas de las aspiraciones madridistas.
La liga no se decide este domingo en el coso catalán, pero un resultado adverso alejaría de manera importante al conjunto de la capital en la lucha por el título y daría alas a su máximo contrincante y la posibilidad de que éste barajara con más comodidad sus recursos a lo largo del campeonato.
El Barcelona, a pesar de que lo ha ganado todo hasta el momento, no termina de transmitir las sensaciones de temporadas anteriores. Con Vilanova, el Barcelona parece más vulnerable que con Guardiola pero no por ello menos potente. Los azulgranas siguen aferrados a su filosofía de juego basada siempre en la posesión del balón pero las recientes actuaciones, a excepción de la del pasado martes frente el Benfica, han dejado un poso de previsibilidad que hace que el Barça no sea tan claro favorito de cara al duelo con el campeón vigente.
Aún así, los culés esperan que el equipo siga en la línea del último partido disputado en Da Luz, para sumar un nuevo triunfo que lo dispararía en la tabla y que colocaría a los de Tito a once puntos del Real Madrid. Cosa impensable a estas alturas de temporada, con tan sólo siete jornadas disputadas.
El Barcelona afronta el pulso con importantes y numerosas bajas, sobre todo en defensa, y por ello deberá decidirse por hacer lo que mejor sabe: Tener la pelota, hacer un buen manejo de ella y no perderla en zonas inadecuadas ya que es la única manera de no dar cabida a que el Madrid explote el enorme potencial ofensivo que posee.
Sólo son tres puntos en juego y aún queda mucha tela que cortar, pero a nadie se le escapa que no es lo mismo distanciarse en once puntos de tu mayor rival que ver recortada la ventaja a cinco. El empate dejaría las cosas como están y, viendo como llegan los dos equipos al clásico, no sería descabellado apostar por el reparto de puntos.







