En el siglo VIII, la Iglesia católica estableció que el 1 de noviembre sería un día para honrar la memoria de los antepasados. Así surgió la fiesta de Todos los Santos. La víspera, que recibe el nombre popular de Halloween, viene del término original All Hallows’ Eve. La tradición en España es que muchas personas acuden a los camposantos para limpiar las tumbas de sus seres queridos y llevarles flores.
En la antesala de la fiesta, los melillenses están ya llevando a cabo dicho cometido. Algunos han aprovechado la mañana del jueves para hacer la visita en un ambiente más tranquilo. Los días centrales del fin de semana, sobre todo el primero de noviembre, el silencio habitual dejará paso al alboroto de los visitantes en el Cementerio Municipal. Son fechas agridulces; tristes a la par que bonitas.
El recuerdo vuelve con más fuerza y hace que, los que ya no están, estén más presentes que nunca. Llevaban ramos de flores comprados a las puertas de la Purísima Concepción; de todos los colores y formas, la verdad es que muchas tumbas tenían composiciones recién traídas. En los contenedores aledaños, las flores secas reposaban a la espera de ser desechadas. Los trabajadores estaban poniendo a punto las callecitas del cementerio.
Quienes estaban allí, habían ido con la intención de “ver” a sus padres y abuelos entre otros seres queridos; hay cierta melancolía en sus palabras. Muchas personas asisten con frecuencia, llevan flores y revisan las sepulturas por si hay algo que arreglar o limpiar. La fiesta de Todos los Santos es una vez al año y, sin embargo, una melillense lamentaba que “no hay día que no me acuerde de mi madre”.
Para nuestros mayores, es una costumbre que han visto en sus propias casas y que reproducen como gesto de amor y respeto. “Lo hemos visto en mi madre y la acompañé cuando ella ya se puso más mayor. Yo venía con ella y entonces ahora me toca a mí. Ya no sé si luego vendrá alguien detrás que lo haga, pero de momento, mientras pueda, lo voy haciendo”, decía Ana, una vecina.
Sin embargo, cuestionan que las generaciones venideras vayan a continuar con la tradición. Una de las mujeres afirmaba que, si sus hijas no piensan ir a verla al cementerio, no quiere “tierra”. Para otra, no deja de ser una responsabilidad que acepta con agrado. Si por lo que sea los jóvenes la mantienen, dudan que lo vayan a hacer también con familiares lejanos, como se hace ahora.
Los gatos del cementerio hacían de las suyas mientras los familiares estaban inmersos en sus tareas. Fregonas, cubos y estropajos han abandonado los hogares para ser de utilidad en los cementerios. Agua por aquí y por allá, fregar a conciencia, lo que haga falta para limpiar el espacio en el que descansan las personas a las que seguimos queriendo. Inés y Jose son ejemplo de ello. Para él, “la tradición siempre es interesante hacerla”. Han incidido en que la jornada fuerte será el domingo.
Es difícil obviar el marcado carácter militar del Cementerio de la Purísima Concepción, en el que están enterrados cientos de soldados entre panteones y sepulturas. Hace unos días, se inauguró un monumento funerario que reconoce a los tantos marinos caídos que defendieron Melilla.
Fidel Rodríguez, que fue suboficial mayor del Batallón de Cuartel General, explica que “lo que se hace es rendir homenaje al sacrificio de personas que lo dieron todo, en un momento determinado, a lo largo de la historia”. Es importante porque “somos herederos de todo el esfuerzo”, algo que “no ha sido gratuito” y que “nos marca un poco la línea a seguir”.
La fiesta nace con la intención de acordarnos de los nuestros, al menos, una vez al año. Es casi seguro que muchas personas fallecidas están en el pensamiento de las que siguen aquí a diario. Anécdotas, olores y hasta sabores los traen momentáneamente de vuelta. Es imposible no tener un pensamiento para las víctimas del accidente ferroviario de Urda. En el Día de Todos los Santos, toda España llevará flores, pondrá velas o acudirá al cementerio para tener un rato a solas con ellos.








