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Cristina Hernández, La Maga Hego, amplía horizontes entre collages, poesía y nuevos escenarios

La artista melillense afronta una nueva etapa creativa con exposiciones en Madrid y Melilla, y una nueva web desde la que reivindica su obra, su libertad y el control sobre su propio universo artístico

por Redacción El Faro
11/09/2026 10:00 CEST
Cristina Hernández, La Maga Hego, amplía horizontes entre collages, poesía y nuevos escenarios

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Cristina Hernández no parece tener intención de detenerse. Doctora en Estudios Filológicos, escritora, docente y artista, ha convertido los últimos meses en una sucesión de proyectos, exposiciones, viajes y nuevas formas de mostrar una obra en la que conviven poesía, collage, investigación, simbolismo y una mirada profundamente personal sobre la identidad y los vínculos humanos. Septiembre y octubre llegan cargados de citas en Madrid y Melilla, mientras su trabajo continúa abriendo caminos fuera de la ciudad y, al mismo tiempo, hacia dentro: hacia una manera más libre, protegida y consciente de entender su propia creación.

Uno de los primeros destinos de este recorrido es Madrid, donde Cristina participa durante septiembre en el proyecto DiverS.O.S. Freecolores, impulsado por el artista Juan Luque. La propuesta reúne a diferentes creadores en torno a la diversidad afectivo-sexual, las identidades y las distintas formas de establecer relaciones sentimentales, con una preocupación común: reflexionar sobre la construcción de vínculos sanos. Cristina participa con un collage compuesto por seis piezas y concebido también como un juego de tableros. El título "The Lovers", elegido en inglés, evita deliberadamente marcar el género y permite ampliar el campo de interpretación.

La obra plantea la posibilidad de integrar en una misma persona aquello que tradicionalmente se ha identificado como la parte masculina y la femenina, pero también lleva esa reflexión al terreno de las relaciones con los demás. Cristina representa tres tipos de vínculos basados en la igualdad, sin que esa igualdad implique renunciar a las diferencias individuales. En el centro coloca conceptos que considera esenciales: el amor propio, la empatía, la responsabilidad emocional y el compromiso.

La exposición colectiva del proyecto comenzó el 4 de septiembre en el Espacio La Cabina, en Madrid, y permanecerá abierta durante buena parte del mes. El espacio, pequeño y acogedor, está distribuido en dos plantas. La obra de Cristina ocupa la zona inferior, un ambiente de iluminación íntima y ladrillo visto que, según explica, encaja especialmente bien con los colores de la pieza. Porque en su trabajo el color tampoco es un elemento casual. El rojo intenso representa el amor y la pasión; el dorado se relaciona con la sublimación y con una suerte de transformación total. La obra, de este modo, no solo se contempla: propone un recorrido emocional y simbólico.

El próximo 12 de septiembre, Cristina llevará además a cabo el taller vivencial "The Lovers", vinculado a esta creación. La propuesta prolonga la reflexión desde la pieza artística hacia la participación del público. Es una constante en su manera de entender la creación: el espectador no tiene por qué limitarse a mirar. Puede intervenir, construir, relacionar elementos y elaborar su propio relato.

Esa dimensión participativa volverá a aparecer a finales de septiembre, esta vez en una cita muy diferente. Maiko Art Gallery ha transformado su tradicional propuesta expositiva en un espectáculo audiovisual que tendrá lugar en el Teatro de Bellas Artes de Madrid. Si el año anterior el Art Show se desarrolló en el Palacio de Santa Bárbara como una exposición artística más convencional, en esta ocasión las obras compartirán protagonismo con la música y la performance. Una pantalla de tres por tres metros proyectará los trabajos seleccionados, mientras sobre el escenario se sucederán bandas de rock y diferentes acciones performativas.

Cristina estará allí también como poeta. Compartirá una selección de sus collages acompañada de un recital poético íntimo y transformador. La combinación resume una de las particularidades de su trayectoria: en ella, poesía e imagen no funcionan como disciplinas separadas. Son dos caras de un mismo proceso creativo. A veces un collage le inspira un poema; otras veces es un poema el que termina convirtiéndose en imagen.

Cuando le explicó a Michael, responsable de la galería, que trabajaba de esa manera, la respuesta fue inmediata: tenía que estar en el escenario. Para Cristina esa invitación tiene un significado especial. Supone que alguien ha entendido la naturaleza de su propuesta y le ha abierto un espacio para desarrollarla en toda su dimensión, sin obligarla a escoger entre la artista visual y la poeta.

En paralelo, participa también en un concurso de pequeño formato vinculado a la galería con "HIPATIA, EL RITMO DEL COSMOS", una obra articulada en seis piezas. El planteamiento vuelve a romper con la contemplación pasiva. Las seis partes pueden organizarse como un puzzle para que quien observa —o quien eventualmente adquiera la obra— construya su propia composición y, con ella, su propio relato. No existe una única disposición cerrada. El significado se completa mediante la interacción.

Después de Madrid llegará Melilla y, en octubre, uno de los momentos centrales de este nuevo periodo creativo: su exposición individual "SABIAS Y SAGRADAS", prevista en el Club Marítimo del 19 al 25 de octubre. Cristina reunirá allí 22 figuras femeninas, diosas procedentes de distintos imaginarios simbólicos, en una exposición que culminará con una pieza especialmente vinculada a la ciudad: "Astarte Russadir". La obra toma como inspiración el Sepulcro de las Palomas, conservado en el Museo de Melilla la Vieja, y funciona como homenaje directo a Melilla.

Cedidas por Hernández.

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Cristina Hernández, La Maga Hego, amplía horizontes entre collages, poesía y nuevos escenarios

La exposición incorpora además una segunda voz. La escritora Encarna León ha creado un poema para cada una de las diosas, estableciendo un diálogo entre las imágenes de Cristina y la palabra poética. Una vez más, las dos dimensiones que atraviesan la trayectoria de la artista —imagen y literatura— se encuentran.

Pero si Madrid y Melilla constituyen dos de los escenarios inmediatos de su agenda, Italia ocupa un lugar distinto, más íntimo y también profundamente inspirador. Cristina reconoce que su relación con el país viene de lejos. Lo ama desde siempre, recuerda, y su historia personal está ligada a sus ciudades y a sus paisajes. Cuando se casó realizó un viaje de novios por toda Italia y, posteriormente, regresó a Florencia, una ciudad que considera casi ideal. Este mismo año estuvo en Venecia, donde expuso parte de su trabajo en la Escuela Gráfica Internacional de Venecia, y durante el verano regresó a Milán, una ciudad que apenas recordaba y que terminó convirtiéndose en un importante detonante creativo.

De esa estancia está naciendo una nueva colección de collages y poemas en italiano y castellano. Son piezas desplegables, concebidas en formato cuadro y presentadas ya enmarcadas, en las que la imagen se acompaña de un poema breve en las dos lenguas. Cristina encuentra en estos textos cierta relación con los antiguos emblemas del Renacimiento italiano y construye una iconografía alimentada tanto por otras culturas como por sus propias experiencias y visitas al país.

Su acercamiento al italiano no es meramente instrumental. Busca que los poemas funcionen como poesía en ambos idiomas, conservando la sonoridad, el ritmo y la musicalidad, algo que exige alejarse de una traducción literal. En ese proceso confluyen su formación filológica, su experiencia como poeta y una relación académica prolongada con la lengua italiana. Recuerda, además, sus estudios sobre Dante Alighieri y Petrarca, su trabajo en torno a la "Divina Comedia" y la influencia de una directora de tesis catedrática de Filología Italiana que hizo que el italiano estuviera muy presente durante su formación.

El resultado de todo este proceso comienza a reunirse en un espacio que Cristina ha diseñado como una prolongación de su propia obra: su nueva web, La Maga Hego. No quiere que sea simplemente un currículum digital ni un escaparate convencional. La concibe como un portfolio dinámico, interactivo y, en cierto modo, como una galería propia desde la que mostrar su trayectoria académica e investigadora, sus libros, su poesía, sus collages y los proyectos que va desarrollando.

En sus páginas incorpora también elementos relacionados con sus viajes y con el universo simbólico que atraviesa su producción. Hay composiciones que adquieren la forma de pequeños hechizos virtuales, imágenes que requieren ser exploradas, botones que invitan a descubrir contenidos y juegos de sombras, versos y detalles que aparecen a medida que el visitante avanza. Cristina quiere invertir la velocidad habitual de las redes sociales. Frente al desplazamiento rápido e incesante de una pantalla, propone detenerse. Mirar más despacio. Saborear una línea, un verso, una imagen. Convertir la navegación en una experiencia de descubrimiento.

La web lleva apenas unos días activa cuando habla de ella y, sin embargo, ya contiene una parte importante de su trayectoria. La está construyendo ella misma y todavía quedan muchos elementos por incorporar. Pero quizá lo más significativo no sea la cantidad de contenido, sino lo que representa para ella.

Durante años, Cristina había mantenido una presencia más activa en internet. Recuerda especialmente la etapa en la que gestionaba el plan de igualdad de su instituto y mantenía su propia página web. Después, determinadas circunstancias personales marcadas por la violencia machista interrumpieron aquella dinámica y provocaron que dejara en suspenso buena parte de lo que hacía. Ahora siente que está recuperando aquella faceta.

También ha decidido abandonar Instagram, la única red social que mantenía activa, porque la relación con esa plataforma había terminado generándole demasiada ansiedad. La nueva web nace, en parte, como respuesta a esa experiencia. La define como un paraíso, un espacio seguro y un lugar bajo su propio control. Un refugio creativo en el que no tiene que someter su trabajo al ritmo de los algoritmos ni a las expectativas de una audiencia permanentemente conectada.

Hay algo más profundo en esa decisión. Cristina quiere que su obra exista porque ella desea crearla, no porque tenga que producir algo que después pueda publicar. Durante mucho tiempo, reconoce, las redes sociales pueden terminar modificando incluso la manera en que se crea: se hacen cosas pensando en la publicación posterior, en la imagen que funcionará mejor, en el contenido que recibirá más atención. Ella ha querido darle la vuelta a esa lógica.

Ahora crea para sí misma y para ese espacio que describe como su refugio, su palacio, su "huerto". Y al mismo tiempo, paradójicamente, ese lugar íntimo puede convertirse en su mejor carta de presentación profesional. Allí puede mostrar a galeristas, editoriales y otros espacios interesados en su trabajo una trayectoria organizada y accesible, pero también una obra viva.

La decisión de retirarse de Instagram estuvo relacionada, además, con la necesidad de proteger su producción. Cristina cuenta que en los últimos tiempos se ha encontrado con situaciones que percibió como apropiaciones de ideas y de elementos de su estética. Recuerda especialmente el impacto que le produjo comprobar cómo una propuesta que había comenzado a publicar, entre ellas sus poemas en italiano, podía ser reproducida o reinterpretada por otras personas.

Por eso comenzó a retirar de Instagram algunas de las publicaciones en las que aparecían sus collages y poemas. No se trataba de renunciar a mostrar su trabajo, sino de trasladar ese archivo a un espacio bajo su control. Algunas colaboraciones permanecieron por respeto a las personas con las que las había realizado, junto con otros contenidos que consideraba menos expuestos.

En este contexto, Cristina insiste en una cuestión que considera especialmente importante para artistas y escritores: conocer cómo funciona la propiedad intelectual. La publicación de una obra bajo el nombre de su creador puede constituir una evidencia relevante de autoría y fecha, aunque eso no significa que todas las ideas, conceptos o elementos estén automáticamente protegidos por el mero hecho de aparecer en internet, ni que la publicación sustituya en todos los casos a los mecanismos formales de registro. La diferencia es importante: una cosa es acreditar que una obra existía y que alguien la publicó, y otra determinar jurídicamente qué elementos de esa creación están protegidos y cómo se acredita su titularidad en un conflicto.

Cristina lo expresa desde su propia experiencia y desde la preocupación que le produce observar determinadas prácticas en redes. Ha visto, cuenta, cómo se toman imágenes, textos o trabajos de otras personas, se modifican algunos elementos y se presentan después como contenidos propios. En su opinión, existe una falta de conciencia sobre los límites de la creación ajena y sobre las consecuencias que puede tener apropiarse de una obra sin reconocer a su autor.

El cambio de Instagram a su web es, por tanto, mucho más que una decisión técnica. Es una declaración de principios. Cristina quiere recuperar el control sobre el lugar desde el que presenta su trabajo, pero también sobre las razones por las que crea.

Su recorrido reciente la ha llevado, además, a aprender sobre las relaciones dentro del propio mundo artístico. En apenas un año y poco de exposiciones, colaboraciones y nuevos proyectos, asegura haber descubierto con qué personas puede contar y con cuáles es mejor mantener distancia. En ese aprendizaje, las experiencias de otras artistas —especialmente mujeres— han tenido un peso importante. Muchas le han contado historias similares a las suyas y le han permitido reconocer patrones y entender mejor determinadas dinámicas.

Paradójicamente, cerrar su cuenta de Instagram también se convirtió en una forma de medir sus vínculos. Cuando tomó la decisión, fueron pocas las personas que se pusieron en contacto con ella. Pero algunas sí lo hicieron. Y aquellas llamadas, precisamente por ser pocas, adquirieron un valor enorme. Le dijeron que continuara, que siguiera adelante y que no dejara de confiar en lo que valía.

Cristina ha llegado así a una conclusión que parece sencilla, pero que condensa buena parte de su momento actual: no importa tanto en cuántas ciudades se exponga ni si esas ciudades están dentro o fuera de España. Importa el lugar en el que una artista es respetada como artista, como mujer y como persona. Importa encontrar espacios donde quieran verla crecer.

Quizá por eso su expansión no se mide únicamente en kilómetros. Madrid, Melilla, Venecia, Milán, Italia: cada escenario añade una capa a una trayectoria que sigue creciendo, pero el verdadero desplazamiento parece producirse en otro territorio. Cristina está pasando de mostrar su obra a construir las condiciones en las que quiere que esa obra sea vista.

Y esa transformación no está exenta de dificultades. En su conversación aparece una imagen especialmente poderosa: "el veneno está en todos los rincones". Puede estar en los institutos, en las universidades, en el mundo de la poesía, en la literatura, en las redes sociales, en una ciudad o en otra, incluso dentro del hogar, la familia o las amistades. Basta, dice, con que aparezca un elemento discordante para que todo el grupo termine sufriendo sus consecuencias. Lo compara con un virus.

Frente a esa sensación de amenaza constante, Cristina parece haber escogido otra estrategia: construir espacios propios y aprender a reconocer aquellos lugares y aquellas personas en los que puede sentirse segura. No se trata de aislarse del mundo artístico, sino de participar en él desde una posición diferente, más consciente de sus límites y de sus alianzas.

Su agenda demuestra, de hecho, que no se está retirando. Todo lo contrario. Está exponiendo, impartiendo talleres, preparando una muestra individual, participando en espectáculos audiovisuales, escribiendo poesía, creando nuevos collages, trabajando en italiano y castellano y construyendo una plataforma propia para reunir todo ese universo.

Entre los proyectos que están a punto de ver la luz se encuentra "Los Artcanos de la Maga Hego", publicado en Madrid por Ediciones Ruser y actualmente en imprenta. Es un proyecto concebido como un libro triple: reúne un libro de poemas, un universo de collage y un tarot ilustrado. La publicación representa otra forma de condensar esa convivencia entre palabra e imagen que atraviesa buena parte de su creación.

El libro se suma así a una etapa especialmente fértil, en la que Cristina no solo está ampliando el radio geográfico de su obra, sino también sus formatos, sus lenguajes y las formas de relación con quienes se acercan a ella. Del collage al poema, del poema al tarot, del papel a la pantalla, del espacio expositivo al escenario y de Melilla a Madrid, Venecia o Milán, su creación parece estar construyendo un mapa propio.

Cristina Hernández sigue ampliando horizontes, pero ahora parece hacerlo bajo sus propias reglas. Viaja, expone, colabora, investiga y se abre a nuevos públicos sin renunciar al espacio íntimo desde el que nace su obra. Ha aprendido que no todos los escaparates son iguales, que no toda visibilidad merece la pena y que crecer también significa saber dónde permanecer.

Quizá esa sea una de las claves de su nueva etapa: no exponer más, sino exponer mejor. No estar en todas partes, sino encontrar los lugares donde su obra pueda respirar. No buscar únicamente miradas, sino vínculos. Y no crear para alimentar un escaparate, sino construir un refugio desde el que poder seguir creando.

La Maga Hego, mientras tanto, continúa desplegándose. Como sus collages de seis piezas, necesita que alguien se acerque, mueva las piezas, descubra sus conexiones y construya su propio relato. Cristina ha dejado de conformarse con ocupar un espacio. Ahora también está diseñando el espacio desde el que quiere contar su historia.

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