Hay libros que esconden un segundo relato bajo sus páginas. Basta con seguir al conejo blanco y caer junto a Alicia por la madriguera para descubrir que, además de un universo de naipes, reinas caprichosas y acertijos imposibles, en el fondo del País de las Maravillas habita también un lenguaje matemático. Leer Alicia en el País de las Maravillas no invita únicamente a trasladarnos al mundo subterráneo, a la imaginación, a la locura o al absurdo de unos personajes y unas acciones.
En su relato, en su composición y en la arquitectura narrativa que sostiene la obra se encuentra el imaginario matemático de Lewis Carroll, seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, profesor de matemáticas en el colegio de Christ Church, en Oxford. La obra recoge innumerables referencias que permiten no solo conectar con la profesión de su autor, sino también trabajar en el aula aunando literatura y matemáticas.
El CEIP Mediterráneo encontró hace años ese vínculo y lo convirtió en una propuesta pedagógica. De ella se desprende una idea de la enseñanza que habla de la profundidad y del compromiso de sus docentes por acercar a los alumnos experiencias diferentes, capaces de atrapar su capacidad innata para investigar y experimentar. Porque el aprendizaje, cuando se presenta desde la curiosidad, deja de ser una obligación para convertirse en un descubrimiento.
"Siempre se ha relacionado Alicia en el País de las Maravillas con las matemáticas porque realmente su autor era matemático", explica José Cortiñas, profesor del CEIP Mediterráneo. "Estaba especializado en geometría, en álgebra y en lógica, y en la novela aparecen multitud de conceptos que se pueden trabajar en el aula", describe. El docente enumera algunos de ellos: las proporciones, la capacidad y el volumen, las funciones, las circunferencias, la ubicación espacial o el orden numérico. Incluso episodios tan conocidos como el charco de lágrimas o las notas del conejo blanco contienen referencias que pueden convertirse en punto de partida para actividades matemáticas.
Cortiñas recuerda también una anécdota que ilustra la doble naturaleza de Lewis Carroll. Cuentan que la reina Victoria quedó tan fascinada con Alicia en el País de las Maravillas que pidió recibir el siguiente libro que escribiera el autor. Lo que llegó a sus manos no fue otra novela, sino un tratado de matemáticas sobre álgebra y determinantes. La sorpresa de la monarca resume, quizá, el singular equilibrio entre la imaginación literaria y el pensamiento científico que definió a Dodgson.
Hace dos años, el centro educativo dedicó una exposición a este universo de conexiones. Paneles y materiales permitían recorrer los capítulos de la obra descubriendo las aportaciones matemáticas escondidas en cada episodio. "A partir de ahí se pueden extraer muchísimas actividades, incluso muchos juegos orientados a que los niños adquieran hábitos de lectura y, al mismo tiempo, comprendan conceptos matemáticos", señala el profesor.
No ha sido la única iniciativa. El CEIP Mediterráneo lleva años construyendo puentes entre disciplinas aparentemente alejadas. En otra ocasión, el equipo docente se adentró en el universo de Los Simpsons para rastrear las referencias científicas y matemáticas escondidas en la serie televisiva. "Los guionistas de Los Simpsons son científicos, y hacen referencia en muchos capítulos a cuestiones matemáticas, de física o de química. Es muy curioso descubrir todo lo que se puede trabajar en el aula a partir de ahí", explica Cortiñas.
Las matemáticas, sostiene el docente, son también un lenguaje. Y como todo lenguaje, encuentran conexiones naturales con la literatura, la historia, la geografía o la ciencia. Esa mirada transversal es la que ha llevado al centro a profundizar en otro de sus grandes proyectos educativos: los juegos de mesa.
Mucho antes de las consolas y las pantallas, la humanidad ya se reunía alrededor de un tablero. Los primeros juegos registrados se sitúan en el Antiguo Egipto y en Mesopotamia, con ejemplos tan conocidos como el Senet o el Juego Real de Ur. Sin embargo, en su búsqueda, el profesorado del CEIP Mediterráneo halló innumerables tradiciones que, al tiempo que proporcionaban sus propios juegos, dejaban entrever la relación de los pueblos y las culturas con tableros, fichas y entramados de estrategias.
Así llegaron hasta el aula propuestas procedentes de distintos rincones del mundo: el juego de dados de origen romano Abacum Claudere; el tradicional hawaiano Konane; el juego de los camellos de origen afgano Tahir; el Yaguareté Korá, el «corral del jaguar» de las comunidades mbyá del pueblo guaraní en América; o el Yaguaré Korá de la tribu Queah de Liberia.
"Si te das cuenta, todos tienen conceptos muy comunes: un tablero, unas fichas, unas normas. El razonamiento, el cálculo y la estrategia siempre han funcionado igual, vinieran de donde vinieran", explica José Cortiñas. En esa semejanza, precisamente, encuentra el docente uno de los grandes valores de los juegos: su capacidad para mostrar que la lógica y el pensamiento estratégico forman parte del patrimonio común de la humanidad.
En las aulas, estos juegos se convierten en herramientas de aprendizaje de múltiples posibilidades. El ajedrez, las damas, el dominó, el parchís o la oca permiten a los niños adentrarse en un entramado de juego objetivo y subjetivo. "Hay juegos que tienen en sí mismos un enorme valor didáctico y otros que pueden adaptarse para trabajar contenidos concretos", señala Cortiñas. Una oca puede transformarse en un tablero de operaciones matemáticas; las cartas, en ejercicios de relaciones numéricas; un dominó, en una herramienta para practicar el cálculo mental.
Pero el aprendizaje que ofrecen los juegos de mesa va mucho más allá de los contenidos curriculares. "Ayudan a la memoria, a la lógica y a la resolución de problemas. También al lenguaje y a la comunicación, porque las instrucciones hay que comprenderlas y verbalizarlas", explica el profesor. A ello se suma un componente emocional y social de enorme importancia: respetar las normas, esperar el turno, aprender a perder, cooperar o desarrollar la paciencia, así como generar vínculos afectivos.
Y es precisamente en ese terreno donde el juego trasciende las paredes del aula para entrar en las casas. Con el verano recién estrenado y las largas jornadas compartidas en familia, José Cortiñas reivindica el valor de los juegos de mesa como espacios de encuentro. "Se está dejando un poco de lado y es una pena. Son juegos relativamente cortos que ayudan a cohesionar el entorno familiar, a pasar un rato agradable y, sobre todo, a divertirnos".
El profesor recuerda que un simple parchís puede convertirse en una oportunidad para hablar de sumas, multiplicaciones o estrategias, y que un puzzle desarrolla el sentido espacial y la capacidad de observación. "Se hacen giros, traslaciones, simetrías. Se pueden trabajar muchísimos conceptos, pero, sobre todo, ayudan al niño a pensar", y hacerlo de una forma amena.
En una época en la que la inmediatez tecnológica ocupa gran parte del tiempo de ocio, la propuesta del CEIP Mediterráneo recupera algo esencial: el valor del juego compartido, del aprendizaje que nace de la curiosidad y de la posibilidad de descubrir que las matemáticas pueden esconderse en una novela victoriana, en un tablero africano o en una partida de dominó después de la cena.
Quizá por eso Alicia sigue cayendo, siglo y medio después, por la madriguera en el interior de nuestros hogares. Porque en el fondo de ese viaje imposible no solo espera el País de las Maravillas. También aguarda la certeza de que descubrir puede ser, todavía, una aventura.








