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'Suya era la noche': identidad, deseo y fractura en la noche contemporánea

María Ovelar desentraña las capas de su primera novela, donde la experiencia personal, el pulso periodístico y la escritura lírica se entrelazan para explorar la identidad fragmentada, las relaciones de poder y la construcción del deseo en la vida urbana

por Alejandra Gutiérrez
20/06/2026 10:43 CEST
'Suya era la noche': identidad, deseo y fractura en la noche contemporánea

María Ovelar, escritora, periodista y profesora de escritura creativa. -Cedida por Ovelar / Fotografía de Ben Viner-


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La conversación con María Ovelar sobre Suya era la noche no transcurre como una entrevista al uso, sino como un desplazamiento continuo entre la memoria, la escritura y la forma en que ambas cosas se contaminan. No hay una línea recta, sino una especie de espiral: cada respuesta abre una puerta que conduce a otra escena, a otro tiempo, a otra versión de sí misma.

Lo primero que emerge es la tensión entre dos oficios que en su caso no han sido nunca del todo separables: el periodismo y la literatura. O mejor dicho, la tensión entre dos velocidades. El periodismo como urgencia, como exigencia de precisión inmediata, como construcción de un relato verificable; la literatura como demora, como exploración de zonas donde la verdad no depende del dato sino de la intensidad con la que algo ha sido vivido o imaginado.

Esa dualidad atraviesa toda la arquitectura de Suya era la noche, aunque la autora insiste en matizarlo: no se trata de un “choque” entre mundos, sino de una convivencia prolongada. Ella no llega a la novela después del periodismo, sino con el periodismo dentro. No como contenido, sino como forma de mirar. Por eso, cuando describe su proceso de escritura, aparece una palabra que se repite con insistencia: precisión. No una precisión fría, sino una especie de fidelidad a los detalles del mundo, incluso cuando ese mundo es inventado.

Esa fidelidad se traduce en algo concreto: la necesidad de anclar la ficción en una verosimilitud casi cartográfica. Cómo se cruza una calle, qué recorrido tiene un barrio, qué música suena en un momento histórico determinado, cómo se nombra una escena social sin convertirla en caricatura. Madrid, en la novela, no es solo escenario: es una estructura de comportamiento. Un sistema de jerarquías afectivas, profesionales y simbólicas. Un lugar que no solo contiene a los personajes, sino que los condiciona.

Pero lo más interesante de lo que aparece en la conversación es que esa precisión no busca dominar la novela, sino sostenerla. Ovelar no escribe para exhibir documentación, sino para que la documentación desaparezca dentro de la atmósfera. Como si el trabajo previo fuera una forma de libertad posterior: cuanto más se conoce el terreno, más libre es la deriva.

En ese punto, la conversación se desplaza hacia el origen del proyecto. La novela no nace de una idea cerrada, sino de una acumulación de experiencias, lecturas y etapas vitales. Hay un momento clave: el abandono del ritmo estrictamente periodístico y la entrada en un tiempo distinto de escritura, más fragmentado, más incierto, más cercano a la exploración. En ese intervalo aparece la posibilidad real de la novela.

Y sin embargo, lo que podría parecer una transición profesional se revela como algo más íntimo: la necesidad de reorganizar una experiencia emocional que no había encontrado todavía su forma. La autora lo dice sin dramatismo, pero con una claridad que desplaza el centro de la conversación: la novela nace también de una experiencia de violencia psicológica en el ámbito afectivo. No como transcripción, sino como materia transformada.

Ese matiz es esencial para entender el tipo de ficción que construye. No hay voluntad de confesión ni de ajuste de cuentas. Tampoco hay una estetización del trauma. Lo que hay es un trabajo de desplazamiento: convertir una experiencia confusa, difícil de nombrar en su momento, en un sistema narrativo donde pueda ser observada desde distintos ángulos. La literatura como herramienta de reordenación, no de explicación.

A partir de ahí, Suya era la noche se articula como una exploración de la identidad fracturada. Victoria y Mireia no son dos personajes independientes, sino dos proyecciones de la búsqueda de respuestas. La primera encarna la experiencia vivida; la segunda, la identidad construida, la máscara social, el nombre que se utiliza para existir en determinados circuitos culturales y profesionales.

Esta condición no funciona como giro argumental, sino como estructura profunda del libro. La identidad no aparece como algo estable que luego se pierde, sino como algo que ya nace dividido. En ese sentido, la novela no cuenta una caída, sino una dispersión. Un proceso de desajuste entre lo que se es, lo que se muestra y lo que se desea ser.

Esa fractura se amplifica en el modo en que la protagonista se relaciona con los otros. Especialmente con figuras como Adán, el periodista mayor que introduce una dinámica de poder desigual. Ovelar evita cuidadosamente convertirlo en un símbolo unidimensional. No es un antagonista clásico, ni una figura explicativa del daño, sino un personaje construido desde la ambigüedad: seductor, inteligente, socialmente consolidado, pero atravesado por una forma de control emocional que no siempre se presenta de manera explícita.

Lo que interesa aquí no es el conflicto como trama, sino como estructura afectiva. La relación no se entiende solo por lo que ocurre, sino por la forma en que se percibe lo que ocurre. La confusión, la autojustificación, la duda persistente forman parte del relato tanto como los hechos.

En paralelo, la novela despliega un mapa de vínculos más difusos: relaciones esporádicas, encuentros nocturnos, conexiones que se sostienen en la ambigüedad. No hay aquí una narrativa del deseo como liberación, sino como campo de ensayo, a veces fallido, de la propia identidad. La protagonista no busca solo a otros; busca una versión de sí misma que todavía no sabe nombrar.

Uno de los elementos más sofisticados de la novela es su trabajo con la voz. La tercera persona extremadamente cercana produce un efecto de inmersión que borra la distancia entre narrador y personaje. No se trata de una omnisciencia clásica, sino de una proximidad casi corporal. El lector no observa a la protagonista: la acompaña desde dentro de su percepción.

Y en ese tejido aparece, de forma intermitente, una segunda persona que introduce una fisura. Esa voz no se explica, no se atribuye claramente, pero funciona como interrupción ética o emocional. Una especie de conciencia desplazada que advierte, que insiste, que incomoda. Como si la novela contuviera su propio sistema de alarma interno.

Ese juego de voces no es ornamental. Es una forma de representar la fragmentación de la subjetividad contemporánea, especialmente en contextos donde la identidad está mediada por la mirada externa: el trabajo, las redes, la exposición pública, la construcción de imagen.

Madrid, en este entramado, no es solo un fondo. Es una fuerza activa. Una ciudad que produce deseo y ansiedad al mismo tiempo. Un espacio donde la promesa de libertad convive con una estructura implícita de competencia, jerarquía y exposición constante. La protagonista llega desde fuera con la expectativa de expansión, pero lo que encuentra es una forma de exigencia invisible: ser alguien, parecer alguien, sostener una versión de sí misma que no se desmorone ante la mirada ajena.

En ese punto, la novela se cruza con una lectura generacional inevitable, aunque Ovelar no la formula como tesis. El contexto del feminismo contemporáneo, los cambios en las formas de nombrar la violencia, la transformación de las relaciones entre mujeres, la aparición de nuevas herramientas de identificación y apoyo mutuo. Todo ello aparece no como discurso, sino como atmósfera histórica.

La protagonista no es un sujeto pedagógico ni ejemplar. No “representa” una toma de conciencia lineal. Más bien se mueve dentro de un tiempo de transición, donde muchas categorías todavía no están estabilizadas. Y eso produce una forma de incertidumbre que la novela no resuelve, sino que sostiene.

Quizá por eso el libro evita el cierre moral. No hay aprendizaje definitivo, ni redención clara, ni diagnóstico final. Lo que hay es un proceso de lectura de sí misma que no termina de completarse. Incluso cuando la protagonista parece entender algo, esa comprensión se muestra frágil, susceptible de volver a deshacerse en la siguiente escena.

Tras Suya era la noche, la autora desplaza el foco hacia su propio presente creativo. Nuevos poemarios en proceso, una novela en desarrollo sobre la distancia emocional —esa paradoja de la cercanía sin contacto—, y una insistencia constante en los mismos ejes: identidad, deseo, lenguaje, vínculo.

Pero lo más revelador no es la enumeración de proyectos, sino la manera en que los describe: no como obras cerradas, sino como preguntas en curso. La escritura, en su caso, no parece buscar respuestas, sino formas más precisas de formular la incomodidad.

Y quizá ahí se entiende el gesto más profundo de Suya era la noche: no contar una historia de alguien que entra en la noche para perderse, sino de alguien que descubre que la noche no es un lugar exterior, sino una construcción interna. Una forma de estar en el mundo donde la identidad se escribe mientras se deshace.

Tags: María OvelarSuya era la noche

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