El anuncio del Premio Mundial Águila de Oro 2026 ha llegado con un eco que va más allá del reconocimiento individual. En la práctica, este galardón otorgado por la Unión Mundial de Escritores (UHE) se presenta como una declaración simbólica: la defensa de la cultura como espacio de encuentro, la palabra como puente y la historia como herramienta para comprender —y, en cierto modo, reconciliar— a las sociedades consigo mismas. En tiempos de discursos fragmentados, guerras continuadas y violencias extremas, la idea de premiar la investigación histórica no solo celebra el conocimiento, sino también una forma de responsabilidad: la de construir memoria desde el rigor, pero también desde la voluntad de entendimiento, diálogo y, en el fondo, una aspiración persistente de paz con justicia social.
En ese marco se inscribe el reconocimiento al historiador español Fernando Saruel Hernández, distinguido en la modalidad de Historia. Su trayectoria no se entiende como un camino de exhibición, sino como un recorrido sostenido, hecho de archivos, aulas, conferencias y una vocación constante por desentrañar el pasado sin perder de vista a quienes lo leen en el presente.
Cuando se le pregunta por el origen de todo, la respuesta no arranca en el premio, sino mucho antes, en la decisión temprana de dedicarse a la historia. Su formación universitaria en la Universidad de Málaga, dentro del ámbito de Filosofía y Letras con especialización en Historia del Arte, marca el primer paso de un itinerario académico que pronto se amplía hacia la investigación. Completa estudios de posgrado, entre ellos el DEA y la suficiencia investigadora, en una época en la que el acceso a los archivos requería acreditaciones específicas y una relación directa, casi física, con los fondos documentales.
Aquella etapa, explica en su relato, no era solo una fase formativa, sino una escuela de método. Existía un “carné de investigador” vinculado a la Universidad de Málaga que permitía el acceso a archivos no solo en España, sino también en otros espacios europeos. Esa experiencia, que hoy ha cambiado en sus formas, dejó en él una convicción que permanece intacta: la historia solo es sólida cuando está anclada en fuentes verificables.
Desde los años noventa comienza a desarrollar sus primeras investigaciones históricas. Ya entonces, su interés no se limita a los grandes relatos, sino que se detiene en lo local, en lo concreto, en aquello que muchas veces queda fuera de los manuales. En Málaga realiza estudios que, con el tiempo, se integran en debates más amplios sobre memoria histórica y patrimonio. Entre ellos, destaca su trabajo sobre el antiguo cementerio de San Rafael, donde llevó a cabo uno de los primeros estudios históricos sistemáticos del espacio, identificando y documentando zonas de enterramiento vinculadas a episodios de violencia política del siglo XX.
Ese trabajo, recuerda, no se plantea desde la intervención directa, sino desde la constatación documental. Años más tarde, cuando la Ley de Memoria Histórica de 2007 abre nuevos marcos institucionales para el estudio y la recuperación de estos espacios, aquel conocimiento previo se convierte en una base de referencia. Pero en su discurso no hay apropiación del hallazgo, sino la insistencia en la importancia de dejar constancia y permitir que otros continúen la investigación.
A lo largo de su trayectoria, la docencia ocupa un lugar central. Más de tres décadas y media de enseñanza en distintos ámbitos —primero en Málaga y posteriormente en Melilla— configuran una parte esencial de su identidad profesional. En el aula, su enfoque siempre ha sido el mismo: ofrecer los hechos, sustentarlos en documentación y evitar introducir interpretaciones personales como verdad cerrada. La historia, en su visión, no se impone; se construye con el alumnado, a partir del análisis crítico.
Esa misma lógica la traslada a sus conferencias y actividades de divulgación, que suma ya a lo largo de casi treinta años. En ellas, insiste en la necesidad de contextualizar cada proceso histórico, evitando lecturas contemporáneas que distorsionen las condiciones reales de cada época. Para él, comprender el pasado exige aceptar su diferencia, no domesticarlo con categorías actuales.
Su trabajo también se ha caracterizado por una preocupación constante por el rigor metodológico. Frente a lo que considera un aumento del intrusismo en la divulgación histórica, defiende la importancia de contrastar fuentes, identificar procedencias y mantener una ética del conocimiento basada en la honestidad intelectual. No se trata de una postura excluyente, matiza en su discurso, sino de una exigencia básica para que la historia conserve su valor como disciplina.
En paralelo, ha impulsado actividades y encuentros de carácter interdisciplinar. Entre ellos, destaca la organización de jornadas y congresos que abordan la historia desde múltiples ángulos: político, social, económico, cultural e incluso artístico. Un ejemplo de ello fue el congreso dedicado al centenario de la Primera Guerra Mundial, donde el análisis del conflicto se amplió hacia la literatura, la música, la filosofía y las transformaciones culturales de la época. La intención, explica, no es dispersar el objeto de estudio, sino mostrar cómo un hecho histórico se sostiene siempre en una red compleja de dimensiones.
En los últimos años, su reflexión también ha incorporado una mirada más amplia sobre el presente. Le preocupa la simplificación de los discursos históricos, la polarización del debate público y la tendencia a reducir procesos complejos a etiquetas. Frente a ello, reivindica la observación, la escucha y el contraste como herramientas fundamentales, no solo para el historiador, sino para cualquier ciudadano.
El premio otorgado por la Unión Mundial de Escritores (UHE) se inserta así en una trayectoria que no busca el reconocimiento como finalidad, sino como consecuencia. En su caso, la historia aparece menos como un campo de certezas y más como un ejercicio continuo de exploración, donde cada documento abre nuevas preguntas y cada respuesta exige volver, de nuevo, a las fuentes.
Quizá por eso, más que un punto de llegada, el galardón funciona como una prolongación natural de un camino ya trazado: el de un historiador que entiende el pasado no como un territorio cerrado, sino como un espacio vivo que solo cobra sentido cuando se comparte, se discute y se reconstruye colectivamente.








