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Historia y Yoga: La diosa de los animales

Del Neolítico a la conciencia de unidad: símbolos, naturaleza y las primeras imágenes de una vida interconectada

por Inma Gaitán
13/06/2026 10:54 CEST
Historia y Yoga: La diosa de los animales
Diosa madre, estatua de terracota. 8000-6000 a.C. procedente de Çatalhöyük
Diosa madre, estatua de terracota. 8000-6000 a.C. procedente de Çatalhöyük

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Mi hipótesis como historiadora es que mucho antes de las religiones organizadas existieron formas de percepción profundamente vinculadas a la experiencia directa de la vida. No eran doctrinas ni sistemas filosóficos. Eran maneras de habitar el mundo.

 

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En los artículos anteriores hemos visto cómo los animales ocupaban un lugar central en las pinturas paleolíticas y cómo algunas interpretaciones sugieren que aquellas imágenes podían formar parte de una experiencia simbólica más compleja que la simple supervivencia.

Con la llegada del Neolítico, esa relación no desaparece. Al contrario. Por primera vez comienza a hacerse visible en esculturas, santuarios y símbolos que permiten observar con mayor claridad cómo determinadas culturas entendían el vínculo entre los seres humanos, los animales y las fuerzas de la naturaleza.

Cuando los arqueólogos comenzaron a excavar los antiguos asentamientos neolíticos de Europa y Anatolia descubrieron algo sorprendente. Miles de figurillas, objetos rituales y representaciones simbólicas parecían hablar un lenguaje común que se repetía a lo largo de amplias regiones geográficas.

La arqueóloga Marija Gimbutas dedicó gran parte de su trabajo al estudio de estas culturas de la llamada Vieja Europa, desarrolladas varios milenios antes de la Grecia clásica. A partir de cientos de yacimientos repartidos entre los Balcanes, el valle del Danubio y otras regiones europeas, propuso la existencia de un complejo universo simbólico centrado en una gran diosa asociada al nacimiento, la fertilidad, la muerte y la regeneración.

En sus dos libros, “Diosas y dioses de la vieja Europa” y “El Lenguaje de la diosa”,Gimbutas analiza detalladamente el arte neolítico desenterrando los tesoros de esta civilización que floreció entre el 7000 y el 3500 a.C.

Sus interpretaciones continúan siendo objeto de debate entre los especialistas. Sin embargo, incluso quienes discrepan de algunas de sus conclusiones reconocen la extraordinaria riqueza simbólica de estas culturas.

Lo que resulta especialmente llamativo es la presencia constante de los animales.

Serpientes, aves, ciervos, toros, cabras, jabalíes y cerdas aparecen una y otra vez en figurillas, santuarios y objetos rituales. No parecen representar únicamente especies observadas en la naturaleza. Forman parte de un lenguaje simbólico mucho más amplio.

Según Gimbutas, estos animales podían ser entendidos como manifestaciones o epifanías de la propia diosa, encarnando diferentes aspectos de sus poderes.

La serpiente aparecía frecuentemente asociada a la renovación y la transformación. Las aves parecían relacionarse con el mundo celeste y con los procesos de tránsito entre distintos estados de existencia. Otros animales quedaban vinculados a la fertilidad, la abundancia o los ciclos de regeneración de la naturaleza.

Entre las imágenes más sugerentes se encuentra la denominada diosa de la vegetación con cabeza de cerda documentada en la cultura Vinča. A ojos modernos puede parecer una representación extraña. Sin embargo, para aquellas sociedades la combinación entre figura humana y atributos animales probablemente no expresaba una separación entre ambas realidades, sino precisamente lo contrario.

En el sitio de Ayn Ghazal en Ammán, Jordania, un asentamiento neolítico habitado por unas 3000 personas que floreció desde alrededor de 7200 a 5000 a. C. , los arqueólogos en la década de 1980 encontraron cráneos de cerdo enterrados con los que pertenecían a humanos, lo que indica que las personas percibían al animal como importante en formas más allá de su utilidad como fuente de alimento.

El animal no era únicamente un símbolo externo. Participaba de una misma realidad sagrada.

Gimbutas llegó a utilizar expresiones como "Señora de los animales" o "Diosa de los animales" para describir esta relación. El término recuerda otras figuras presentes en distintas culturas antiguas del Mediterráneo y Oriente Próximo, donde determinadas divinidades aparecen igualmente vinculadas a la protección, el gobierno o la manifestación de las fuerzas de la naturaleza.

Algunos investigadores han señalado incluso posibles continuidades simbólicas con representaciones posteriores. Entre ellas se encuentra la diosa cerda del antiguo Egipto, considerada por algunos autores una figura anterior a determinadas formas que más tarde desembocarían en el complejo universo religioso asociado a Isis.

Más allá de las posibles conexiones históricas, lo interesante es la persistencia de ciertos motivos simbólicos. Una y otra vez reaparece la idea de que la vida adopta múltiples formas, pero participa de una misma fuente.

Este aspecto resulta especialmente sugerente cuando observamos algunas hipótesis sobre el final del Paleolítico. Gimbutas señala que determinadas esculturas femeninas halladas en lugares como Laussel o Lespugue podrían mantener alguna relación simbólica con las cuevas decoradas por animales. Según esta interpretación, la figura femenina situada en el exterior y las imágenes animales del interior podrían formar parte de un mismo universo simbólico.

No existen pruebas definitivas que permitan afirmarlo con certeza. Pero la hipótesis resulta interesante porque muestra una posible continuidad entre dos mundos que a menudo estudiamos por separado.

Por un lado, las cuevas paleolíticas cubiertas de animales. Por otro, las complejas representaciones neolíticas de la diosa y sus manifestaciones animales. Quizá ambos fenómenos respondan, al menos en parte, a una misma necesidad humana: comprender el lugar que ocupamos dentro de la vida. La idea no resulta completamente ajena a ciertas tradiciones contemplativas posteriores.

El yoga, cuyo significado suele traducirse como unión, no describe únicamente una práctica física o espiritual. En su sentido más profundo apunta hacia una experiencia de interconexión, una percepción en la que las fronteras entre el individuo y la totalidad de la vida dejan de experimentarse como absolutas.

No estamos afirmando que las culturas neolíticas practicaran yoga ni que existiera una continuidad histórica directa entre ambos mundos.

Lo que resulta sugerente es observar cómo, en contextos muy diferentes, reaparece una intuición semejante: la percepción de que la vida constituye una red de relaciones de la que el ser humano forma parte.

Quizá por eso los animales ocuparon un lugar tan destacado en algunas de las primeras imágenes sagradas de la humanidad. No porque fueran simples recursos para la supervivencia. Ni porque fueran dioses en el sentido moderno de la palabra.

Sino porque parecían expresar algo que aquellas sociedades reconocían constantemente a su alrededor: la presencia de la vida manifestándose bajo formas diferentes.

Tal vez uno de los grandes legados simbólicos del Neolítico consista precisamente en eso.

En recordarnos que durante milenios hubo culturas que contemplaron a los animales no solo como seres útiles o peligrosos, sino también como participantes de una realidad compartida.

Pero si aquellas sociedades percibían la vida como una red profundamente interconectada, surge una nueva pregunta.

¿Cómo evolucionó esa visión del mundo? ¿Cómo se transformaron aquellos símbolos cuando aparecieron los primeros asentamientos permanentes, los grandes santuarios y las complejas culturas agrícolas?

Las figuras de la diosa serpiente, la diosa pájaro o las poderosas imágenes de Çatal Höyük parecen sugerir que esta historia apenas estaba comenzando.

Y quizá, para comprender mejor los orígenes de ciertas formas de conciencia que todavía nos acompañan, debamos seguir observando las huellas que dejaron tras de sí.

Tags: HistoriaYoga

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