La incertidumbre, la ansiedad y el estrés acompañan estos días a muchos alumnos melillenses que este martes comienzan las evaluaciones de la PAU. Es una prueba académica, pero para muchos estudiantes también supone un momento de mucha carga emocional, porque sienten que en esos exámenes se juega una parte importante de su futuro.
Así lo explica Sara Casaña, psicóloga general sanitaria y de la salud, experta en terapia familiar y responsable del Gabinete de Psicología Sara Casaña con más de 20 años de trayectoria profesional en distintos sectores de esta disciplina. Desde su experiencia con adolescentes, señala que la PAU suele generar ansiedad porque concentra mucho peso en un solo examen y porque los jóvenes no siempre tienen interiorizado cómo estudiar una cantidad tan amplia de contenido para una prueba de estas características.
Casaña insiste en que no todos los alumnos viven este proceso de la misma manera. Depende de la personalidad de cada estudiante, de si existe alguna neurodivergencia o dificultad añadida, de cómo haya sido su trayectoria académica y de las herramientas que haya ido desarrollando. Por eso evita reducir la situación a una explicación única o a una lista de consejos válidos para todos.
La psicóloga observa que muchos jóvenes llegan a la PAU con la sensación de que el examen condiciona sus decisiones posteriores. Algunos tienen muy claro lo que quieren estudiar y necesitan una nota concreta. Otros no saben todavía qué camino seguir. En ambos casos aparece una incertidumbre que, según explica, en terapia se trabaja mucho porque puede generar ansiedad. En personas jóvenes, y especialmente en adolescentes neurodivergentes, esa incertidumbre puede resultar más difícil de sostener.
A esa presión se suma la dificultad de preparar una prueba que reúne una gran cantidad de contenido. Casaña señala que los alumnos están acostumbrados a exámenes durante el curso, pero no siempre a estudiar materias completas o varios trimestres de una vez. Esa diferencia puede hacer que se sientan desbordados, incluso aunque hayan trabajado durante el año y hayan repasado modelos de examen en clase.
En Melilla, además, la situación puede ser más compleja para quienes se plantean estudiar fuera. Casaña apunta que no se trata de ir “al pueblo de al lado”, sino de tomar decisiones que implican a toda la familia. Reservar una residencia o planificar una salida de la ciudad sin conocer todavía la nota ni saber con seguridad si se podrá acceder a la carrera deseada añade más incertidumbre al proceso.
La psicóloga también menciona los casos de jóvenes que aspiran a estudios con notas muy altas, como Medicina. Algunos pueden obtener buenos resultados y aun así no alcanzar la nota necesaria, lo que les obliga a buscar otros caminos, matricularse en otra formación o repetir la prueba más adelante. En esos casos, explica, pueden sentirse frustradas algunas vocaciones, aunque también existan alternativas para intentar llegar al objetivo.
Casaña recuerda que los cambios en el modelo de la prueba también generan ansiedad. Según explica, cualquier cambio aumenta la incertidumbre, y el curso pasado ya se notó esa inquietud en alumnos que se enfrentaban a un método distinto, con preguntas planteadas de otra manera. A su juicio, el cambio, la incertidumbre y la sensación de jugarse mucho en pocos días son factores que se suman.
Frente a este escenario, la psicóloga no cree que haya fórmulas cerradas ni pautas universales. Técnicas como la respiración o la relajación pueden ayudar a algunas personas, pero no funcionan igual para todos y requieren práctica previa. Casaña advierte de que decirle a un alumno que respire o que aplique una técnica concreta justo antes del examen puede no ser suficiente si no lo ha trabajado antes.
Para ella, muchas herramientas necesitan aprendizaje e interiorización. Lo que puede servir a un estudiante no tiene por qué servirle a otro. Incluso puede ocurrir que un consejo dado como solución rápida genere más frustración si no funciona. Por eso considera simplista reducir el manejo de la ansiedad a unos cuantos “tips” inmediatos, especialmente en una situación tan compleja y en una edad como la adolescencia.
En lugar de pautas cerradas, Casaña pone el foco en la confianza. Confiar en uno mismo, en lo que se ha estudiado y en el trabajo realizado durante el curso puede ayudar a afrontar la prueba con más seguridad. También reconoce que esa confianza no se construye de un día para otro, sino que forma parte de un proceso más amplio de aprendizaje personal y emocional.
La familia tiene un papel importante en estos días. Según Casaña, el entorno debe actuar como sostén, sin añadir más presión a la que el estudiante ya siente. Padres y madres también pueden estar nerviosos por el futuro de sus hijos, pero necesitan regularse para no transmitir esa ansiedad. El apoyo emocional, la confianza y el respeto a los tiempos del adolescente son claves para acompañar este momento.
Ese acompañamiento también es necesario si no se consiguen los objetivos. Casaña señala que, cuando el resultado no es el esperado, la familia debe sostener emocionalmente al joven y evitar que se sienta como un fracaso. No se trata de negar la importancia de la prueba, sino de acompañar la frustración y ayudarle a seguir adelante.
En estas fechas, algunos adolescentes con los que trabaja piden acudir más a terapia. La psicóloga explica que encuentran en ese espacio un lugar más neutro para hablar de lo que sienten. En la adolescencia, los jóvenes a veces no quieren preocupar a sus familias o no encuentran en ellas la forma de ayuda que necesitan en ese momento, aunque los padres intenten apoyarles.
Casaña recuerda que la adolescencia es una etapa compleja, en la que el entorno cobra mucho peso y la relación con la familia cambia. Por eso algunos jóvenes se apoyan en figuras externas, como el psicólogo, para expresar nervios, dudas o miedo sin sentir que cargan emocionalmente a sus padres.
La PAU aparece así como una prueba académica, pero también como un paso dentro del camino hacia la madurez. Casaña apunta que enfrentarse a decisiones, asumir consecuencias y comprobar que no todo depende siempre del deseo o del esfuerzo forma parte de ese proceso. Sin embargo, ese aprendizaje no elimina la presión que sienten los alumnos ni la necesidad de que estén acompañados.
Este martes, los estudiantes melillenses llegan a la PAU con el trabajo hecho durante el curso, pero también con nervios, dudas y expectativas. Algunos tendrán claro su objetivo. Otros no. Algunos necesitarán una nota concreta y otros afrontarán la prueba con más incertidumbre sobre lo que harán después.
La psicóloga insiste en que no conviene simplificar lo que viven estos días. La ansiedad, el estrés y la incertidumbre no se manifiestan igual en todos los adolescentes, ni se gestionan con las mismas herramientas. La PAU pesa porque muchos sienten que se juegan su futuro, y por eso necesitan confianza, apoyo emocional y un entorno capaz de acompañar tanto el resultado esperado como la decepción si las cosas no salen como deseaban.








