El Conservatorio Profesional de Música de Melilla celebró este jueves 14 de mayo su 40 aniversario con una gala marcada por la emoción, la memoria y el talento de varias generaciones de músicos que, durante horas, transformaron el escenario del Teatro Kursaal en un recorrido vivo por la historia del centro. No fue únicamente una sucesión de actuaciones ni una ceremonia institucional al uso. La tarde terminó convirtiéndose en una evocación colectiva de cuatro décadas de enseñanza musical en la ciudad, de alumnos que comenzaron siendo niños y acabaron dedicando su vida a la música, de docentes que han acompañado ese crecimiento y de una institución que ha terminado formando parte del paisaje cultural y sentimental de Melilla.
Los aplausos comenzaron incluso antes de que sonara la primera nota. Poco a poco fueron apareciendo en el escenario el coro, el piano y la flauta travesera. La imagen inicial ya resumía buena parte del espíritu de la celebración: voces adultas mezcladas con voces adolescentes, distintas generaciones compartiendo espacio bajo una misma música. Las primeras notas surgieron acompañadas por una batería suave al fondo, casi contenida, mientras las voces comenzaban a llenar el auditorio. Después llegaron los silencios parciales, el momento en que el coro se acalló y quedaron únicamente la base instrumental, la flauta y el piano respirando dentro de la pieza. La música avanzaba por capas, creciendo y recogiendo intensidad hasta desembocar nuevamente en la unión de voces e instrumentos. El cierre provocó una ovación inmediata y prolongada. Los intérpretes saludaron bajo la luz del escenario antes de desaparecer lentamente entre aplausos.
Fue entonces cuando apareció Claudia Rolín, directora del Conservatorio Profesional de Música de Melilla, para dar la bienvenida a autoridades, representantes institucionales, familias, profesionales y amistades vinculadas al centro. Sus primeras palabras dejaron claro que la gala no pretendía únicamente celebrar una fecha concreta. “Hoy no estamos aquí únicamente para conmemorar una fecha, sino para celebrar una historia viva”, expresó ante el público, introduciendo una idea que terminaría atravesando toda la tarde: la música entendida no solo como formación artística, sino como una forma de construir comunidad y memoria colectiva.
Rolín habló del conservatorio como mucho más que un centro educativo. Lo definió como un espacio de encuentro, de crecimiento artístico y personal, un lugar donde desde 1986 se han formado músicos, pero también personas “comprometidas, sensibles, capaces de expresar lo que a veces las palabras no alcanzan”. Sus palabras se alejaban del discurso institucional más rígido para detenerse en la dimensión humana del aprendizaje musical. Habló de la escucha, de la perseverancia, de la convivencia diaria y de la manera en que la música termina moldeando también la sensibilidad y la forma de relacionarse con los demás.
“Aquí se aprende a escuchar, a compartir, a perseverar”, afirmó. Para la directora, el talento no surge únicamente de una capacidad innata, sino de un trabajo constante sostenido durante años por alumnado, profesorado y familias. Su intervención fue construyendo así una defensa del conservatorio como espacio colectivo, como una institución donde el aprendizaje trasciende la técnica y acaba convirtiéndose también en educación emocional y humana.
La directora insistió además en la capacidad de la música para superar lo individual y transformarse en “un lenguaje común”. Esa idea parecía materializarse precisamente en lo que estaba ocurriendo sobre el escenario y en el propio ambiente del Teatro Kursaal. Había antiguos alumnos entre el público, profesores observando desde las butacas y familias que llevan años acompañando ensayos, clases y actuaciones. La gala avanzaba como una celebración compartida por varias generaciones que, de un modo u otro, han pasado por las aulas del conservatorio.
Los alumnos solistas ganadores de la tercera categoría del VIII Concurso de Jóvenes Intérpretes protagonizaron algunos de los momentos más intensos de la tarde. Uno de ellos apareció solo, guitarra en mano, ocupando el centro del escenario con la serenidad de quien conoce perfectamente el espacio que pisa. El silencio se impuso de inmediato en el auditorio. Entonces comenzaron las cuerdas. Los dedos recorrían el mástil con rapidez en algunos pasajes y con contención en otros, alternando fuerza y pausa como si la pieza estuviera contando una historia propia. El punteo acelerado parecía avanzar hacia momentos de tensión que después se deshacían en fragmentos más suaves y sostenidos. No había artificio en la interpretación, solo concentración absoluta y dominio del instrumento. Cuando terminó, el público respondió con una ovación larga y varios bravos que rompieron la solemnidad mantenida hasta entonces.
Poco después llegó el turno del piano. El joven intérprete saludó brevemente antes de sentarse frente al instrumento. Ajustó la banqueta, comprobó la altura y dejó que las manos rozaran primero las teclas antes de comenzar. Desde algunos ángulos del teatro podía observarse incluso el reflejo de sus dedos sobre la superficie brillante del piano. Una mano construía el ritmo mientras la otra avanzaba sobre la melodía con movimientos rápidos y precisos. La pieza fue creciendo poco a poco, alternando momentos de aparente contención con otros donde el ritmo se aceleraba sin perder limpieza ni claridad. Los pequeños saltos sobre el teclado y la tensión sostenida de las manos terminaron envolviendo al público, que respondió nuevamente con una gran ovación cuando cayó la última nota.
Entre actuación y actuación, el escenario cambiaba constantemente. Técnicos desplazando sillas, recolocando atriles, ajustando micrófonos y reorganizando plataformas daban continuidad a una gala que nunca llegó a detenerse del todo. Aquellos movimientos discretos también formaban parte del relato de la tarde: el trabajo silencioso que sostiene cualquier gran representación musical.
Uno de los momentos más expresivos llegó con el dúo de piano y clarinete. El piano abrió la pieza y poco después apareció el viento, entrando y desapareciendo por momentos dentro de la composición. La clarinetista acompañaba cada frase musical con un movimiento corporal casi orgánico. Flexionaba las rodillas, inclinaba el torso, se impulsaba ligeramente hacia delante y después retrocedía mientras administraba pequeñas respiraciones para sostener las notas largas. Había algo narrativo en aquella interpretación. La música avanzaba como una historia de suspense, oscilando entre la huida, el descubrimiento y cierta sensación de incertidumbre. El clarinete surgía sobre la base del piano y volvía a desaparecer antes de regresar con más intensidad. El desenlace llegó entre aceleraciones y pausas sostenidas que mantuvieron al público completamente pendiente hasta el final.
La directora del conservatorio fue hilando además distintos momentos de reconocimiento hacia entidades e instituciones que han acompañado al centro a lo largo de estas cuatro décadas. Pero incluso en los agradecimientos permanecía presente esa idea de vínculo humano construido a través de la música. Rolín mencionó la colaboración de las aulas de mayores, el centro asistencial Gota de Leche, la residencia de mayores, la Asociación Banda, Orquesta y Coro Ciudad de Melilla, la Escuela de Música Paula Guillén Gallego, la Asociación Amigos de la Música y la Universidad de Granada, insistiendo en la importancia de llevar la música “allí donde más se valora, en la cercanía, en la emoción directa y en la capacidad de acompañar y alegrar la vida de las personas”.
También dedicó palabras de reconocimiento a la Agrupación Coral Evocare y a su director Javier Simón, así como a la Comandancia General de Melilla. Sobre esta última colaboración, destacó la oportunidad que supone para el alumnado acercarse a un ámbito profesional “donde la música se vive con rigor, disciplina y una profunda vocación de servicio”. Esa relación con distintas instituciones culturales y sociales reforzaba una de las ideas centrales de la gala: el conservatorio no ha crecido aislado, sino profundamente ligado a la evolución cultural de la ciudad.
El acto reservó uno de sus momentos más emotivos para Agustín Vallejo Molina, inspector del conservatorio durante los últimos quince años y que ahora se despide de esta etapa. Claudia Rolín lo presentó como una figura cercana al centro, alguien que ha sabido acompañar las enseñanzas artísticas desde la serenidad, la escucha y el respeto por la singularidad del conservatorio. Sus palabras dibujaron el perfil de una persona presente en el día a día de la institución, capaz de orientar sin imponerse y de comprender las necesidades específicas de una enseñanza construida desde la sensibilidad y la creación artística.
Vallejo subió al escenario entre aplausos, visiblemente emocionado, en uno de los momentos más cálidos de la gala. Antes de comenzar, observó durante unos segundos al público y al escenario que tenía delante, como si repasara mentalmente parte de esos años compartidos con el conservatorio. Su intervención fue breve, pero cargada de memoria y reconocimiento hacia quienes han sostenido el crecimiento del centro durante estas cuatro décadas.
“Ha sido fácil, ha sido muy fácil acompañar durante estos años a este centro que ya cumple 40 años”, comenzó diciendo. A partir de ahí, fue reconstruyendo la evolución del conservatorio desde sus primeros años en la calle Miguel Zazo, cuando era todavía un espacio “tierno, pequeño, reducido”, hasta su crecimiento progresivo y su consolidación en las instalaciones del antiguo mercado central. La imagen que utilizó —“cogiendo vuelo y cogiendo altura”— terminó funcionando también como una metáfora del desarrollo artístico y educativo de la propia institución.
Vallejo quiso detenerse especialmente en el trabajo realizado por quienes han pasado por los distintos equipos directivos del conservatorio. Recordó a los directores “que han estado al pie del cañón desde el inicio, desde el minuto uno”, destacando no solo el esfuerzo y las ganas invertidas durante años, sino también “la sabiduría” con la que han acompañado el crecimiento del centro. En sus palabras hubo reconocimiento hacia una labor muchas veces silenciosa, sostenida desde la constancia diaria y desde el compromiso con unas enseñanzas que requieren implicación continua más allá de las aulas.
También tuvo palabras para el profesorado y para “esos compañeros ilustres compañeros” que han formado parte del recorrido del conservatorio. Su discurso fue avanzando así desde la memoria institucional hacia una dimensión más humana, centrada en las personas que han dado forma al proyecto educativo durante estas décadas.
Sin embargo, el momento más significativo de su intervención llegó al hablar del alumnado. Vallejo definió a los estudiantes del conservatorio como “la excelencia”, y animó a quienes continúan al frente del centro a seguir aprovechando “la oportunidad” de acompañarlos y enseñarles. Más allá de una referencia al nivel artístico, sus palabras parecían reconocer el valor de generaciones enteras de jóvenes que han encontrado en el conservatorio un espacio de formación, crecimiento y expresión personal.
El público respondió con un aplauso prolongado a unas palabras que terminaron funcionando no solo como despedida, sino también como reconocimiento compartido a la historia del conservatorio y a quienes han contribuido a construirla durante cuarenta años.
El escenario volvió a transformarse por completo para recibir a la Orquesta Sinfónica. Técnicos y músicos reorganizaron el espacio entre atriles, plataformas y filas de sillas que fueron ocupando progresivamente cada rincón del escenario del Teatro Kursaal. Violines, violas y violonchelos se desplegaron en primera línea mientras, al fondo, aguardaban los instrumentos de viento. La imagen imponía por su amplitud y solemnidad.
La interpretación comenzó entonces desplegando una sonoridad amplia, envolvente, capaz de llenar cada espacio del teatro. El peso de las cuerdas sostenía la composición mientras el viento aparecía por momentos reforzando la profundidad de la pieza. La música avanzaba con esa fuerza colectiva que solo alcanza una orquesta completa, donde cada instrumento deja de ser individual para integrarse en una misma construcción sonora.
Y mientras la interpretación avanzaba, el hilo musical fue acompañando el relato visual proyectado sobre la pantalla del Teatro Kursaal. Las imágenes recorrieron décadas de actividad del conservatorio: antiguas actuaciones, recitales, proyectos educativos, agrupaciones musicales, referencias a sus primeros años, noticias aparecidas en prensa y escenas que resumían el crecimiento de la institución desde sus inicios hasta la actualidad. A través de aquella sucesión de fotografías y recuerdos, la gala terminó construyendo también una memoria compartida de la ciudad y de las generaciones que han pasado por las aulas del conservatorio.
Cada imagen funcionaba como un homenaje silencioso a los miles de alumnos y alumnas que durante cuarenta años han dado forma a la entidad, a su espíritu, a su dedicación diaria, a su profesionalidad y a una comunidad educativa que ha convertido la música en un espacio de encuentro y permanencia. Cuatro décadas aprendiendo a dialogar a través de la interpretación, descubriendo nuevos lenguajes expresivos y sosteniendo una comunidad construida desde la sensibilidad, la disciplina y la creación artística compartida.
El Conservatorio Profesional de Música de Melilla quiso celebrar así algo más que su permanencia en el tiempo. La gala terminó funcionando como un homenaje a quienes han pasado por sus aulas, a quienes sostienen diariamente la enseñanza musical y a una ciudad que ha convertido esta institución en parte de su identidad cultural. Porque durante toda la tarde, entre voces, cuerdas, viento y piano, lo que realmente resonó sobre el escenario fue la historia compartida de varias generaciones que han encontrado en la música una forma de crecer, expresarse y permanecer unidas.






