Sobre las 17:00 horas el humo se eleva lentamente sobre la Avenida Juan Carlos I. Es un humo denso pero que no molesta porque anuncia la llegada del otoño a Melilla. Entre brasas y chispas, un hombre mueve con paciencia una olla ennegrecida por los años. Se llama Hassan, y su figura ya forma parte del paisaje urbano de la ciudad autónoma. Sus manos, curtidas por el fuego, giran las castañas con un movimiento que parece aprendido de memoria. Lo hace casi sin mirar, como quien ha pasado más media vida haciéndolo.
Hassan comenzó en este oficio en 1989, cuando apenas tenía 16 años. “Ayudaba a un vecino, un hombre mayor que me enseñó todo y que por desgracia ya falleció”, recuerda mientras sopla el carbón para avivar el fuego. Aquel primer puesto estaba en la calle General García Margallo, un rincón que huele a recuerdos. “Vendíamos 12 castañas por 100 pesetas”, dice con una sonrisa que mezcla nostalgia. Hoy, más de tres décadas después, sigue en pie, aunque el escenario y los precios hayan cambiado.
Desde 2012 ocupa su pequeño espacio en la avenida Juan Carlos I, donde su puesto es un punto de encuentro para vecinos, niños y visitantes que no conciben el otoño sin el sonido del carbón crujiendo. “Esta calle la pedí hace tiempo, y me dieron el permiso. Aquí me he quedado”, explica. Cada tarde, mientras el sol se esconde tras los edificios, Hassan enciende su carbón, prepara la olla y espera a sus clientes, que llegan atraídos por el olor y la costumbre. “Gracias a Dios, mis clientes vuelven todos los días. Siempre tengo cola”, dice con orgullo.
El secreto de unas buenas castañas, según Hassan, está en la técnica y en la materia prima. “Las mejores son las de Galicia. Las castañas gallegas son las más ricas de toda España y son las que tengo”, afirma sin dudar. Él mismo las corta en casa antes de llevarlas al puesto. “Hay que cortarlas una a una para que no revienten en el fuego”, explica mientras muestra el cuchillo con el que hace los pequeños cortes. Luego, el ritual se repite. Se enciende el carbón, se espera a que alcance la intensidad justa, se meten las castañas en la olla, se les echa sal y se tapan. “Después hay que moverlas, para que no se peguen”.
El oficio, sin embargo, no es fácil. El calor del carbón, el humo constante y las largas horas de pie lo convierten en un trabajo exigente. “Te quemas con el fuego. Es duro, muy duro”, confiesa. A pesar de su destreza y del cariño que recibe de sus clientes, Hassan reconoce el cansancio acumulado. “Si me sale otro trabajo, me largo de aquí. Estoy harto”.
Los tiempos también han cambiado en lo económico. “Antes vendíamos 12 por 100 pesetas. Ahora son 5 por un euro”, explica. La subida del precio del carbón y del propio producto ha encarecido su trabajo. “Han subido las castañas, ha subido el carbón, ha subido todo”, se lamenta. Aun así, la clientela sigue respondiendo. “Hay gente que compra mucho. El otro día vino un chico y se llevó 20 euros de castañas. Hay familias grandes, y a todos les gustan.”
Para poder mantener su puesto, Hassan necesita una licencia municipal, un permiso que permite a los vendedores trabajar del 1 de octubre al 31 de enero. “Después de los Reyes ya se acaba la temporada”, explica mientras sopla una última vez sobre las brasas. Durante esos meses, su pequeño rincón se convierte en un lugar de paso obligado para muchos melillenses.
A Hassan le gusta conversar con ellos mientras espera que el fuego haga su parte. Entre risas y saludos, se nota el cariño mutuo. “Hay clientes de toda la vida”, asegura. Algunos incluso han crecido con él. De niños venían con sus padres a comprar un cucurucho de papel, y ahora traen a sus propios hijos.
Quizá por eso, aunque Hassan diga que está cansado, hay algo en su gesto que lo desmiente. Cada chispa, cada nube de humo que sale de su olla, parece un fragmento de su historia. Tres décadas y media después, sigue ahí, dando al otoño el mismo olor de siempre.
Cuando cae la noche y el humo empieza a disiparse, Hassan recoge lentamente su puesto. Sus manos huelen a carbón y sal. En el aire queda suspendido ese aroma cálido que anuncia que, un año más, las castañas han vuelto a Melilla.









