Por las manos de Joaquín Callejón han pasado telas, hilos y agujas que no solo cosen vestidos, sino también la identidad de una ciudad. Melillense de nacimiento y costurero por vocación, Callejón lleva más de tres décadas dedicando su vida a un oficio que considera arte. Su historia es la de un hombre que encontró en la costura su lenguaje, su refugio y su forma de dejar huella en la historia de Melilla.
Desde muy joven, Joaquín descubrió que el sonido de la aguja atravesando la tela le resultaba familiar y reconfortante. “Empecé desde pequeño, porque en casa lo vivía”, recuerda. Su padre, guardia civil de profesión, también era guarnicionero y trabajaba el cuero a mano; su madre, modista. “De verlos en casa, me gustaba. Era algo natural para mí”, explica con la sencillez de quien sabe que el oficio también se hereda.
En 1992, decidió dar un paso más y abrir su propio taller: Mercería Entre Costuras, en la calle Álvaro de Bazán. Desde entonces, el local se ha convertido en un referente en la ciudad. “Me encanta la costura, me apasiona. Es como el que pinta un cuadro, para mí es arte”, confiesa. Durante años, combinó su trabajo en tiendas y el ayuntamiento con su verdadera pasión. Hoy, dedica la mayor parte del tiempo a su mercería y a impartir cursos de confección, transmitiendo su conocimiento a nuevas generaciones.
El valor de lo hecho a medida
En un mundo dominado por el pret-à-porter (moda fabricada en serie de forma masiva), Callejón defiende con convicción la importancia de la ropa hecha a medida. “Es una cosa exclusiva, única. Vas con la tranquilidad de que nadie más llevará el mismo traje”, afirma. En su taller se confeccionan vestidos de novia, trajes de ceremonia, prendas de madrina e invitadas. “Estoy saturado de trabajo, gracias a Dios. La gente busca exclusividad, y eso solo te lo da la costura artesanal”, añade.
Aunque el oficio de costurero ha sido tradicionalmente femenino, Joaquín nunca sintió rechazo por dedicarse a él. “No he tenido prejuicios en ese aspecto”, asegura. “Aquí en Melilla hay pocos hombres que se dediquen a la costura, pero eso no me preocupa”. Su visión es la de un artesano que valora la colaboración y el respeto por el oficio, más allá del género.
El nacimiento de un símbolo
En 1994, la historia de Joaquín Callejón se entrelazó para siempre con la de Melilla. Ese año, la Ciudad Autónoma decidió crear un traje regional que la representara en certámenes y actos oficiales. Hasta entonces, Melilla carecía de una indumentaria típica. La entonces consejera de Festejos, Mari Luz López Iglesias, convocó un concurso abierto en el que participaron 16 diseñadores locales. Entre ellos, Joaquín Callejón y su compañero Diego Piñero.
“Presentamos tres modelos distintos, y los tres quedaron clasificados entre los cinco finalistas”, recuerda con orgullo. Finalmente, el diseño ganador fue el que lució Conchi Sarmiento, la primera modelo en portar el traje regional de Melilla en el certamen de Miss España, celebrado en Canarias. “Nos inspiramos en la pesca, porque es parte de nuestra historia y de nuestra costa”, explica.
El vestido combinaba redes que simbolizaban el mar, madroños que representaban los corchos de las redes, y bordados en el mandil y las mangas que evocaban la naturaleza de los parques melillenses. La tela, similar a la de los saris hindúes, hacía un guiño a la diversidad cultural de la ciudad. “El escote tiene unas aplicaciones con flecos que emulan la Estrella de David, para homenajear a todas las culturas que conviven en Melilla”, detalla el costurero.
El traje fue presentado oficialmente en Miss España 1994, donde la representante melillense quedó entre las doce finalistas. Incluso Norma Duval, miembro del jurado, elogió la originalidad y la belleza del diseño. A raíz de ese éxito, el director del certamen encargó también un traje masculino inspirado en el femenino, completando así el atuendo regional de Melilla.
Tres décadas después, el traje regional melillense se ha consolidado como un símbolo de identidad. Sin embargo, Callejón considera que aún falta reconocimiento institucional. “En Melilla cuesta un poco que se le dé la importancia que tiene”, lamenta. “En cualquier ciudad de la península, cuando hay fiestas patronales, todo el mundo viste su traje regional. Aquí, en cambio, aún se usa poco, salvo en actos concretos como el Día de la Victoria o los certámenes de belleza”.
Aun así, su taller sigue recibiendo encargos de trajes regionales, especialmente de grupos de baile o melillenses residentes fuera de la ciudad. “Donde más noto el arraigo es entre los melillenses de las casas de Melilla que viven en la península. Echan de menos su tierra y sienten orgullo al lucir su traje”, explica. De hecho, el traje está patentado y registrado tanto a nivel nacional como europeo, lo que refuerza su valor como símbolo cultural.
En varias ocasiones, su esposa ha prestado su propio traje regional para eventos internacionales. “Lo han llevado en consulados de Francia, Roma, Italia... y siempre ha gustado mucho. La gente se sorprende al saber que Melilla tiene un traje tan bonito”.
Para Joaquín Callejón, el traje regional es una historia cosida con orgullo, paciencia y amor por su tierra. “He creado historia en Melilla”, dice sin falsa modestia. “Ahora mismo es novedoso, porque lleva 32 años y está buscando un hueco entre los melillenses. Pero dentro de 50 o 100 años, cuando se hable del traje regional, se dirá que fue diseñado por Joaquín Callejón. Y eso, para mí, siendo melillense es un honor”.
Con más de treinta años de dedicación, su aguja sigue viva, hilando no solo vestidos sino también memoria. “Yo lo que busco es que la mujer melillense se sienta guapa, que se sienta orgullosa de su traje y de su ciudad”, afirma. Porque, al fin y al cabo, cada puntada de Joaquín Callejón no solo da forma a un vestido, sino que teje identidad, cultura y amor por Melilla.








