Con la llegada del otoño, no solo cambian los colores de las calles de Melilla, también lo hace el reloj. En la madrugada del próximo domingo, 27 de octubre, los relojes se atrasarán una hora para dar paso al horario de invierno. Un gesto rutinario para muchos, pero que —según los psicólogos— puede tener un impacto más importante del que se cree, sobre todo en los niños, más aún si se añade el factor de la conocida “depresión otoñal”.
Este ajuste estacional –adelantar el reloj en primavera y atrasarlo en otoño– está regulado desde hace décadas por la Unión Europea. Aunque su objetivo inicial fue el ahorro energético, cada vez más especialistas cuestionan sus efectos en la salud, especialmente en la salud mental.
Varios expertos advierten que este cambio puede afectar sobre todo a los niños produciendo cansancio, irritabilidad y alteraciones en el estado de ánimo. La Asociación Española de Pediatría destaca que este ajuste “afecta a toda la familia, pero de forma especial a los niños y bebés, cuyo organismo es más sensible a las alteraciones de rutinas y horarios”
¿Por qué el cambio de hora afecta?
El mecanismo es sencillo pero potente. Al retrasar una hora el reloj se adelanta la oscuridad por las tardes y se altera la exposición a la luz natural. Este desplazamiento afecta directamente los ritmos circadianos —el reloj interno que regula sueño, vigilia, apetito— y puede desencadenar síntomas como dificultad para dormir, irritabilidad o falta de concentración.
Estudios señalan que tras el cambio al horario de invierno es habitual que aparezcan alteraciones del sueño (problemas para conciliar el sueño, despertares nocturnos), desajuste en los horarios de comidas, siesta, rutinas….
El agravante de la depresión otoñal
El cambio de estación añade otro factor de riesgo. La vuelta al colegio y las tardes más cortas suelen desencadenar la llamada “depresión otoñal”, nombre coloquial del trastorno afectivo estacional. El psicólogo Jorge Lareo Otero explica que las personas con este trastorno presentan síntomas típicos de la depresión —tristeza, irritabilidad, ansiedad— que aparecen en otoño/invierno y se resuelven en primavera. Se estima que este trastorno afecta al 10% de la población mundial, siendo más frecuente en mujeres, según un artículo de La Vanguardia.
La clave está en la luz solar. El otoño y el cambio de hora implican una reducción de la exposición diaria al sol, lo que produce desequilibrios hormonales. Con menos luz baja la vitamina D y el nivel de serotonina (la “hormona de la felicidad”), lo que puede inducir a estados de ánimo bajos, incluso síntomas depresivos.
Al mismo tiempo, la menor serotonina altera la producción de melatonina (la hormona que regula el sueño). En palabras de la psicóloga Saray Falcón, el descenso de la luz en otoño “puede favorecer un estado de ánimo bajo, incluso llegar a tener síntomas de un trastorno afectivo estacional”. Todos estos factores implican que el cambio de hora coincida con un periodo de mayor vulnerabilidad emocional para muchos niños.
Propuesta de fin del cambio horario
El debate público sobre esta costumbre se ha reavivado recientemente. El presidente Pedro Sánchez anunció que propondrá en la Unión Europea acabar con el cambio de hora estacional a partir de 2026, señalando que “cambiar la hora dos veces al año ya no tiene sentido”. En un mensaje en redes subrayó que el doble ajuste apenas aporta ahorro energético (unos 6 € al año por hogar) y, en cambio, provoca un “impacto negativo en la salud y en la vida de la gente”. El Gobierno español añade que, además del ahorro insignificante, el doble ajuste anual provoca “trastornos de sueño y de hábitos de vida” y otros perjuicios para la salud. Sánchez recalca además el amplio respaldo ciudadano a su supresión (en encuestas europeas más del 80% está a favor).
Eliminar el cambio implicaría que España se quedaría en un horario fijo permanente. Habría que decidir si mantener el actual horario de invierno (UTC+1) todo el año, o regresar al huso solar (UTC+0) correspondiente al meridiano de Greenwich. De momento la propuesta de Sánchez ha recibido apoyos en la UE, pero resta por concretarse cómo y cuándo se implementará en la práctica.
Consejos para sobrellevar los efectos
Para ayudar a los niños a adaptarse al cambio de hora, los expertos recomiendan mantener rutinas estables y consistentes en todos los aspectos del día a día, desde los horarios de sueño hasta las comidas y las actividades escolares y de ocio, ya que la previsibilidad ofrece seguridad y ayuda al organismo a ajustarse de forma más rápida al nuevo horario.
Es fundamental que los menores se expongan a la luz natural, especialmente durante la mañana, porque la luz del sol ayuda a regular el reloj biológico y a mantener el estado de ánimo equilibrado, por lo que los paseos al aire libre y el juego en espacios abiertos son muy beneficiosos. Fomentar la actividad física regular ayuda a gastar energía y también contribuye a mejorar la calidad del descanso y la estabilidad emocional. Asimismo, se aconseja limitar el uso de dispositivos electrónicos antes de acostarse, dado que la luz de pantallas puede retrasar la producción de melatonina y dificultar la conciliación del sueño.
Además, los especialistas insisten en la importancia de introducir los cambios de forma gradual, adelantando o retrasando la hora de acostarse y de despertar de manera progresiva unos minutos cada día antes del ajuste oficial del reloj para que el cuerpo tenga tiempo de adaptarse sin un impacto brusco. Mantener una alimentación equilibrada y ligera en las cenas, evitando comidas muy copiosas o ricas en azúcares y excitantes, también contribuye a que los niños concilien el sueño de manera más natural y se levanten con más energía al día siguiente.
Por último, la paciencia y la comprensión de padres y educadores son esenciales durante estos días de transición, ya que la irritabilidad y los cambios de humor son frecuentes y temporales, y ofrecer acompañamiento emocional, comprensión y apoyo en las actividades cotidianas permite que los menores se adapten al horario de invierno con mayor facilidad y sin que estos efectos afecten de manera significativa su bienestar y su rutina diaria.
Cada tarde que cae antes, cada despertar con sueño acumulado y cada gesto de irritabilidad se sienten con intensidad en los hogares melillenses, recordando que esta transición no es sencilla. La atención, la paciencia y el acompañamiento de familias y educadores son más necesarios que nunca para proteger el bienestar emocional de los más pequeños y evitar que el otoño deje una huella prolongada en la rutina y el ánimo de los melillenses.







