Tras una semana en la ciudad, los dos artistas continúan trabajando en sus proyectos creativos, aunque la mañana del martes la expresión artística de Abramo se despertaba pintarrajeada por encima. Sin saber por qué ni tener sentido concreto, su mural amanecía con pintadas que estropean no solo el trabajo realizado por la artista, sino la dimensión artística y cultural de este barrio melillense, cuyos diferentes edificios no solo tienen —algunos de ellos— características de arquitectura modernista, sino que muchos muralistas y asociaciones trabajan para dar color y representación, mediante expresiones artísticas, a la vida de la zona, a la vida de los vecinos y las vecinas que la habitan.
La obra de Chiara Abramo adquiere un estilo natural a través de unos tallos que se alargan de forma horizontal con hojas y frutos del granado. Este árbol resulta de una dimensión compleja, que profundiza sobre las culturas mediterráneas y el mestizaje cultural bañado por las aguas que conectan las tierras europeas, asiáticas y africanas, convirtiéndose en un símbolo neutral, positivo y de convivencia. Tonos verdes se funden sobre un fondo blanco reflectante, que crea cierta incomodidad al pintar sobre él, pero cuyo sentido encarna la simbiosis y la integración en el espacio de la plaza del Rastro, donde, entre los pequeños comercios, se aprecian espacios vegetales que crean bienestar y dan color a este entorno vecinal. Allí, en esta zona, está pensado que un futuro museo dedicado al patrimonio inmaterial y a la oralidad tenga cabida. De esta forma, el granado, símbolo de las culturas, podrá sostener una percepción de salvaguardar los diferentes resquicios culturales de una ciudad como Melilla, y extrapolable a todas las áreas bañadas por el Mediterráneo de la que forma parte la localidad. Ella trabaja a pincel y pintura sobre un andamio y, a partir de líneas definidas del dibujo, la artista introduce el pigmento generando luces y sombras y dando veracidad a los tonos creando claros y oscuros que resaltan las vetas de la planta.
Un poco más arriba, subiendo unas pequeñas escaleras, el trabajo de Edoardo Dodici acapara la atención, pues, como si fuese el centro de fuga entre las callejuelas que suben de forma empinada, el mural presenta un eje visual atractivo que genera que las miradas se crucen con él. Su obra reconstruye la naturaleza del espacio mediante la reflexión y tratando de plasmar la inspiración que el barrio genera sobre el arte final y el proceso creativo. Aunque ambos artistas vienen documentados, a través de su relación con el entorno generan sus bocetos tratando de transmitir una experiencia, una idea o resaltar algún aspecto que se relaciona directamente con la zona donde ejercen su actividad artística. Dodici ha centrado su inspiración en los pequeños comercios, la artesanía y las relaciones familiares. Con este pequeño homenaje, en el que aparece un padre zapatero enseñando a su hijo, el mensaje no solo reivindica la actividad manufacturera y trata de representar a los pequeños negocios del Rastro, sino que permite que los muros hablen y generen espacios para los recuerdos y las experiencias, vinculando la relación paternofilial, en este caso, generada a partir de la transmisión del conocimiento y las habilidades, en un encuentro que relata la cercanía familiar y denota la alabanza a esos pequeños negocios que sostienen la actividad artesanal y que tuvieron un antes y un después, habiendo desaparecido muchos de ellos, pero que esta zona melillense sigue manteniendo. Una forma de fijar y hacer valer el pequeño comercio. Dodici trabaja con spray sobre un dibujo previo lleno de pequeños elementos que sirven de guía para plantear el boceto final. No utiliza la grilla con la que establecer las proporciones, sino que las figuras se sitúan en base a la línea concreta y punto de unión explícito de un primer marco abarrotado de figuras.
Edoardo Dodici relata que, durante este fin de semana, un niño se acercó a él, permaneciendo a su lado, acercándole sus herramientas de trabajo y preguntando sobre su mural. De esta forma, el muralista vivió una nueva experiencia, por la que nunca anteriormente había trascendido, y puso de relieve el significado de su obra. No eran un padre y un hijo, pero eran dos personas de diferentes generaciones compartiendo tiempo y estimulando un aprendizaje colectivo en base a una profesión ,la de artista, y en base a las emociones que un niño que se acerca para conocer la práctica del arte mural, logra trasmitir al autor de la obra.

No es la primera vez que vienen a Melilla ni participan dentro de esta actividad de residentes artistas, dentro del marco de colaboración entre la asociación Oxígeno Laboratorio Cultural y la Consejería de Cultura, que no solo deja huellas en muros que hablan a través de sus pinturas, sino que realizan otras actividades en colegios o colaboraciones con otras organizaciones como, el pasado lunes, con IWA Fest. Chiara Abramo vino la primera vez a través del proyecto Youhood en el año 2019, y regresó en el año 2024. Esta vez su obra es un granado, pero de sus manos y su creatividad nacieron otras que visten el barrio, como la cigüeña o la composición figurativa de una mujer sosteniendo unas vasijas. Tal vez Melilla podrá disfrutar de nuevo de estos dos artistas, o tal vez, el año próximo, dentro de este proyecto de residencia de artistas que se realiza de forma anual, otros artistas visiten Melilla y entreguen parte de su creatividad a los barrios de la ciudad, continuando esta línea de arte en las calles, sostenido por la reflexión y la inspiración que estas zonas generan en los muralistas.








