En cada rincón de la Feria de Melilla hay casetas que se convierten en parada obligatoria para los melillenses y visitantes. Entre ellas, la de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli y María Santísima del Rocío, popularmente conocida como la caseta de Los Costaleros, es una de las más queridas.
Con más de veinte años de presencia en el recinto ferial, ha logrado consolidar un sello propio basado en el ambiente familiar, la implicación desinteresada de los voluntarios y la fuerza de los valores cofrade.
Gregorio Castillo, Hermano Mayor de la Cofradía, reconoce que este año la caseta se enfrenta a un importante cambio. "Ahora es complicado, porque hemos cambiado la fórmula. Antes teníamos una carta muy extensa y una cocina bastante grande, pero este año no hemos podido montar un espacio de esa envergadura. Las cocineras, los cocineros y los camareros ya no pueden dedicarse exclusivamente a ello: unos por edad y otros porque tienen hijos pequeños y nuevas responsabilidades", explica.
Ante este panorama, la hermandad ha optado por reinventarse. "Hemos decidido darle una vuelta. Este año vamos a ofrecer menús cerrados para grupos y nos vamos a centrar un poco más en la cuestión de las copas. El restaurante, tal y como lo teníamos antes, con tanta oferta gastronómica, no lo podemos mantener. Pero el ambiente familiar sigue siendo exactamente el mismo", subraya Castillo.
Una caseta con alma cofrade
Lo que distingue a la caseta de Los Costaleros de otras del recinto es precisamente ese carácter comunitario y solidario. Según su Hermano Mayor, "siempre nos hemos caracterizado por un ambiente familiar. La gente que trabaja en la caseta lo hace de forma desinteresada para recaudar fondos destinados a la cofradía. Son necesarios para poder seguir aumentando el patrimonio y, sobre todo, para atender a la acción social que desarrollamos durante el año".
La decoración y el ambiente también remiten la identidad de la hermandad. "Siempre hacemos algo que tenga que ver con nuestra cofradía. Eso prima en la caseta, para que el visitante sepa dónde está y qué valores la sostienen", afirma.
No se trata únicamente de ofrecer un espacio de ocio, sino de mantener vivo el espíritu de convivencia cofrade en un contexto festivo.
Una de las más visitadas
El éxito de la caseta radica en esa mezcla de hospitalidad, valores compartidos y un ambiente distendido que atrae a todo tipo de público. "Lo que la gente busca aquí es un ambiente entrañable, con tranquilidad, sin problemas. Nosotros, con nuestro entusiasmo y ganas de trabajar, contagiamos a quienes vienen. Eso es lo que nos convierte en una de las casetas más visitadas", señala Castillo.
Hasta este año, además, la caseta se había distinguido por ofrecer una carta 'gluten free', una iniciativa pionera en el recinto feria. "Siempre lo hemos hecho porque queríamos participar de esa forma inclusiva, pero este año no podemos atenderlo. Lo sentimos mucho, pero al no tener una cocina tan grande ni personal suficiente, no podemos garantizarlo como antes", lamenta.
Convivencia como pilar
Más allá de la gastronomía o la bebida, lo que define a 'Los Costaleros' es el sentimiento de hermandad. "Lo más importante es la convivencia entre todos: los que trabajamos en la caseta y la gente que nos acompaña. Pueden ser hermanos de la cofradía o no, pero todos saben que al divertirse aquí también están colaborando con nosotros", comenta Castillo.
Esa complicidad refuerza la dimensión social de la caseta: lo recaudado contribuye a la vida y acción solidaria de la hermandad durante el resto del año.
Dos décadas de historia
La caseta de Los Costaleros lleva activa desde el año 2000, cuando se inauguró la feria en la plaza multifuncional. Desde entonces, ha mantenido su sello personal. "Seguimos con el ambiente de siempre: familiar, acogedor, cercano. Ese es el espíritu que no queremos perder", recuerda Castillo.
Con los años, este rincón ha sido escenario de múltiples anécdotas que reflejan la importancia que tiene para los melillenses.
Familias enteras que han visto crecer a sus hijos dentro de la feria, jóvenes que comenzaron sirviendo como voluntarios y hoy acuden con sus propios pequeños, o visitantes que, sin ser cofrades, se sienten como en casa al entrar.
Pese a las limitaciones de este año, la hermandad no pierde la ilusión ni la vocación de servicio. "Nuestra prioridad era poder seguir estando presentes en la feria, aunque no puede ser con la misma fórmula. No queríamos perder ese contacto con la gente ni dejar de ofrecer un espacio donde convivir. Lo importante es mantener el espíritu y seguir adelante", apunta Castillo.
'Los Costaleros' buscan demostrar que la esencia de una caseta no está en la amplitud de su carta, sino en los valores que transmite y en la acogida que brinda a cada visitante. Aunque la oferta gastronómica sea más reducida, el calor humano y el ambiente fraternal siguen siendo el motor que impulsa a esta caseta, una de las míticas en la Feria de Melilla.
Y es que, la feria volverá a abrir sus puertas en pocos días, y entre las luces, la música y el bullicio, la caseta de Los Costaleros volverá a ofrecer ese rincón de convivencia donde lo cofrade se funde con lo festivo, y donde cada visitante, sea o no hermano de la cofradía, encuentra siempre un espacio de bienvenida.







