Ya amilana y somete, verano. Bullicio y calor, diáspora y desconexión no han podido en su pulso frente a las emociones que acontecimientos de lo interno y lo externo por doquier viene marcando el ritmo de este calorífico y cruento estío naciente pero ya patente. Emociones que transitan en toda su panoplia, como el reencuentro de quienes por el capricho del tiempo compartieron su vida en los trascendentales inicios y una vez transcurridos los muchos años y con los cuerpos encanecidos, notan de la inalterabilidad de los sentimiento; emociones, también, desde las que infunden la victoria, como las que se suceden tras la derrota, aunque ya se sabe, hoy en día lo que es sentirse perdedor, no se siente nadie, todo y cualquiera se inviste de victoria y ganador.
Se ha prodigado, y continuará, el antagonismo; el choque de dos conceptos en el estilo de vida, cuando realmente es uno mismo y, aunque con lógicos matices, no hay una severidad en la distancia pero si un ansia en la supremacía. El conmigo o contra mí, lejos de perder fuelle y pese a la madurez de la sociedad en su avance, sigue siendo una herramienta útil cuando en la búsqueda del poder se reclama. Las instituciones públicas, claro objeto en su lógico deseo de control, siempre deben de ser fuertes en su ecuanimidad pero no “fuertes” como reductos inexpugnables frente a la generalidad que representan.
Continúa el déficit de la autocrítica y mucho más la deuda con la necesaria crítica externa, que se ve más como una afrenta que como una aportación, mucho más. Sin tiempo a ser analizada e, incluso, aprovechada, es “bombardeada” por todo método, el más frecuente, el desafuero o el vilipendio.
Nuestra perplejidad sigue manteniéndose intacta y tiene potencial pese la irreductibilidad del mercurio, por el aroma y tacto tórrido que nos brinda; no derrite ni la contrariedad y que se asoma con lógica frecuencia a la indignación acompañada de la impotencia ante la insensibilidad radical que, entre otras consecuencias, sigue hurtando. Sustrayendo la dignidad de muchas personas inocentes, cuando no les arrebata la vida en un número que a veces olvida incluso el recuento. La infancia de lugares de iracunda tribulación cuenta y sin pausa con el terrible palmarés de su preponderante protagonismo anclado en la negación de lo más elemental y la pérdida de casi todo o todo, incluida la vida. No deja de haber quienes lo justifican y muchos otros que solo ofrecen indiferencia y distancia mor de extraños conceptos creados a “su medida” y conveniencia que no dejan de ser meros sucedáneos de convivencia. Falta humanidad y sobra egoísmo, egocentrismo e idealismo extremo. Los hechos son tercos.
Pedir disculpas es una de las expresiones y emociones humanas más complejas y difíciles, pero es también un ejercicio de redención para quien lo realiza. Excusarse va más hoy en día en la creación de escenarios que disfracen una realidad que por acallada no deja de existir y que tiene en su haber, como siempre, el “privilegio” de los más débiles. Salvando las lógicas distancias, hay más similitudes de las que se reconocen con la actitud y ejemplo de algunos césares en su intento de mantener el mayor grosor de su rebaño bajo la falta de pensamiento, opinión y discrepancia. Aquello del “pan y circo” no fue solo fue rescatado como argucia literaria o recurso cinematográfico, sino algo que existiendo como existió, tuvo vocación de persistir a lo largo de los siglos. Ahora, y en su proporción, versión siglo XXl.








