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Pobreza

Por Antonio Ramírez
18/05/2025 10:33 CEST
Pobreza
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Ser débil y, por ello, marginado en muchos casos puede ser un signo de valentía, al igual que pedir ayuda. La pobreza siempre es la batalla perdida de los más vulnerables y el fracaso absurdo del mundo actual; es el relato de las humillaciones y sufrimientos que, en general, se intenta (y tantas veces se consigue) acallar. Es anacrónico, al no ser lógico por la época que vivimos, y contradictorio al tiempo que “sobre” tanto y tanta gente viva de “sobras” cuando las alcanzan, cuando no se desperdician o destruyen.

La pobreza deconstruye a la persona, pero también a la sociedad donde vive porque en ella sobrevive y no realmente vive participándola. Pobreza social por tantas injusticias, contra la dignidad, quizás por pertenecer a un mundo más egoísta que nunca. Un mundo que se configura así por ambiciones desmedidas de, realmente, unos pocos, y que apenas palian las buenas intenciones y acciones, la voluntad decidida y prioridad en valores que diferentes instituciones públicas o privadas y particulares tienen como reto. Donde no hay conciencia la riqueza es un bien atroz, desequilibra y desiguala.

Pero también hay una pobreza de espíritu, aquella que desde la posesión de la riqueza, y por tanto el poder, pretende dar a entender que la comparte con quienes son notorios en la debilidad y como gesto de compasión traducido, con mucha frecuencia, en migajas. Así mismo, negándoles su propio potencial u oscureciendo la posibilidad de que lo puedan ver por sí mismos y emprender su rendimiento. Es la cautividad de la miseria y la precariedad y así el sometimiento de la voluntad.

En mayor o menor medida lo anterior se agudiza en el ámbito mundial, pero también en el cercano o local. La indigencia espiritual tiene como fértil aliada a la inmoralidad que acompañada, a su vez, de la penuria informativa (pese al sinfín de avances tecnológicos de la comunicación) no solo mantiene interesadamente, por manipulable, el status de pobreza de muchos, sino que angosta su capacidad de saber, quedando a expensas de las estridencias de la codicia. Y de ahí condicionar, cuando toque, lo más posible el ejercicio del voto, casos hay por doquier, repartidos.

De triste realidad cercana son los cientos de “personas de la calle” que malviven en salas de aeropuertos. Las administraciones competentes (competentes porque tienen la competencia) se lanzan el reproche y esquivan el problema sacudiéndose la responsabilidad. La pobreza “molesta” dando a entender de su carácter inevitable. Las migraciones, aún desde su complejo tratamiento (el mundo a lo largo de la historia se conforma de continuo por ellas), en creciente avance y en lugares de tradición cosmopolita incluso, son perseguidas y en algunos casos sin compasión.

En el ángulo extremo y fruto de la ambición, la respuesta desmedida y la falta de esfuerzo humanitario, a consecuencia de ciertos conflictos, la pobreza es inducida, obligada y que lleva a derroteros de dislocación y muerte. La diversidad, acusada por algunos proyectos políticos como una de las causas de la pobreza, es ninguneada y aprovechada por estos en su denostación a sabiendas que en algunos, no pocos, pasajes de la historia dio resultado. La historia vuelve a tener similitudes, acusa repetición.

La pobreza es variada, puede que sea el ciclo de una era. Una era en el que las diferencias y las injusticias rebaten a la modernidad con sus algoritmos y se agudizan. Nadie objetivamente pretende un paisaje bucólico, la condición humana es la de la búsqueda de la riqueza y la confrontación también, pero si honestamente, cuanto menos, más justo.

Tags: Callepobreza

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