"Septiembre, ¿yaaa?" titulaba El Roto una de sus tiras cómicas hace unos días en el periódico nacional donde colabora. Tal vez esa haya sido la expresión más sencilla y, al mismo tiempo, más punzante para resumir la percepción del tiempo y de esa realidad que, inevitablemente, termina por alcanzarnos. Porque septiembre siempre llega. Con esa expresión, revestida de cierta perplejidad, comenzamos a divisar el puerto de la vuelta al cole y a encarar un mes cargado de ambivalencias. Por una parte, aparece la necesidad de regresar a un cierto orden, menos flexible que la fluidez que el verano nos concede. Por otra, se hace inevitable visualizar el ritmo vertiginoso que madres y padres tenemos que asumir cuando vuelve a sonar el timbre. Esa primera campanada que anuncia el final de algo y el comienzo de otra cosa. No es que no hayamos experimentado antes esta sensación, con su inevitable aroma contradictorio, pero cada septiembre parece transformarse y borrar parcialmente la imagen del anterior. Lo relega a un recuerdo difuso, como si hubiéramos olvidado por completo la velocidad con la que se suceden los días durante el curso y necesitáramos enfrentarnos de nuevo a ella para recordar en qué consiste.
Este momento tiene algo de retrospección y, por qué no decirlo, de montaña rusa. En estos días la mirada se dirige inevitablemente hacia esa lista mental que comenzó a sacudirme la cabeza en junio, cuando terminó el curso, y que lleva semanas instalada en algún rincón de mi ser. Una lista que ha permanecido ahí, discreta pero persistente, mientras los días avanzaban sin que yo reparara demasiado en que el calendario seguía su curso y la apertura de las puertas del colegio estaba cada vez más cerca. A la vuelta de la esquina, diría. Al finalizar el curso, la enumeración de tareas y objetivos para llegar a septiembre era amplia. No excesiva, pero sí existía una clara intención de planificación: repasar sin atormentar el ritmo vacacional de los niños, estar pendiente del periodo de inscripción en las actividades extraescolares, reservar los libros de texto, comprar los zapatos y la ropa necesaria para el inicio del curso, etiquetar las prendas y preparar las habitaciones para que el espacio volviera a invitar a dedicar tiempo a las tareas.
Allá, por junio quedo cierta organización del espacio, que el verano ha sucumbido con un aire de dispersión y fantasía. Las mesas y los suelos adquieren su propia lógica. Durante el verano se convierten en una especie de territorio conquistado por la infancia. Un sinfín de objetos se acumula día tras día sobre ellas hasta el punto de que apenas se distingue el color real del material que los sostiene. Juguetes, juegos, libros, libretas y materiales de manualidades aparecen en casi cualquier rincón y sin demasiado orden. Ha sido un tiempo dedicado al disfrute, a la exploración y a la creación infantil y, por eso, todo permanece unido en esos pequeños universos construidos a base de estructuras de cartón, libros que hacen de muros, piezas de construcción que dibujan paisajes, papeles recortados que imitan objetos o prendas de vestir y figuras que habitan aquellos espacios imaginados. Todo está disperso y, al mismo tiempo, todo parece tener sentido para ellos. Es un caos que responde a una lógica propia, difícil de comprender desde la mirada adulta. Ahora, sin embargo, comienza la necesidad de poner cierto orden en ese pequeño universo que ha ido creciendo durante semanas. Volver a estructurar y crear el espacio propicio para llegar del colegio y afrontar el estudio.
En junio llegaron las expectativas, altas como cada año y acompañadas de la firme convicción de que esta vez la gestión sería impecable. Julio se hizo largo. Agosto, en cambio, pasó volando. Y ahora, además, tocaba Feria. Dos meses y medio después, hacer balance se parece bastante a un pequeño desplome frente a la realidad acontecida. Poco está al día. Los libros, sí. Ahí están, en sus bolsas, esperando el momento de ser trasladados a las mochilas. El repaso... bueno, escueto y salpicado entre unos días y otros. Los zapatos continúan pendientes de adquirir. Las actividades extraescolares siguen todavía sin demasiado rumbo. Las habitaciones... digamos que esta semana hemos decidido pegar el acelerón. Pero el colegio empieza igualmente. Las tareas pendientes no detienen la llegada del principio de curso y, a estas alturas, ya no sirve de demasiado volver a aquella lista de expectativas de principios de verano. Ahora toca ser prácticos y resolver los flecos que, a tres días del inicio del curso, siguen sueltos. Comienza la carrera final.
En este punto admiro profundamente a esas personas que poseen la maravillosa habilidad de tenerlo todo organizado y, además, transmitir esa sensación de llegar con los deberes hechos. Uniformes preparados, libros forrados, la despensa y la nevera acondicionadas para los desayunos escolares, fiambreras recién adquiridas con sus botellas de agua a juego, las inscripciones realizadas y todo dispuesto para afrontar la vuelta al cole. Estas semanas, cuando una se encuentra con otro semejante, busca cierta complicidad. "¿Qué tal el verano?", comienza la conversación. Después llega el recorrido por todas esas tareas pendientes y, ahí, de algún modo, cada uno desde su propia realidad y con sus propias metas, se siente arropado en esa pequeña indefensión que provoca comprobar que no se han cumplido todos los objetivos previstos. Una descubre que no está sola en su particular carrera contra el calendario. Que los zapatos pendientes, los libros sin forrar, las inscripciones paralizadas y las habitaciones por organizar forman parte, en mayor o menor medida, del paisaje de muchas casas. Después llega la despedida: "Nos vemos en unos días". Y, ciertamente, así será.
En el fondo, casi todas estas cosas son lo que menos me preocupan porque, de una u otra manera, y con el paso de los años vinculada a la maternidad, una aprende a convivir con cierta incertidumbre y con un halo permanente de cuestionamiento propio. No sé si es correcto. No sé si llego a todo lo que debería llegar. No sé si los ritmos que no imponemos son los adecuados o si, en ocasiones, nos exigimos demasiado. Pero esa duda, lejos de desaparecer, se ha convertido en una especie de compañera de viaje. Y quizá también ayuda a naturalizar esta bendita aventura a la que me lancé hace casi ocho años. Sin embargo, mi nota mental sigue siendo la misma: "Acelera, que te ha pillado el toro". Y así es. En mi caso, casi cada año se ha convertido en una especie de encierro particular. Coge aire y avanza, que hay que llegar a la meta. La cornamenta te persigue.
Pero, más allá del sprint final, concentrado en unos pocos días inciertos y vividos con cierto frenesí, lo que más me afecta cuando llega septiembre es el vértigo del tiempo. El ritmo acelerado del que una ya no puede escapar durante el curso escolar. El despertador volverá a sonar dos horas antes. Café rápido y a despertar a los pequeños, que duermen plácidamente y que, además, se han acostumbrado a otro ritmo. Han llenado sus días de otros pasatiempos, de otros horarios, de otras formas de entender el tiempo. Ellos vuelven a madrugar. Tú, en el fondo, tampoco notas una diferencia tan grande porque el trabajo ha seguido formando parte de los meses de verano. Pero con la alarma regresan también las primeras regañinas de la mañana. "Venga, que se enfría el desayuno". "Date prisa". "¿Te has lavado los dientes?". "Ponte los zapatos". Mientras tanto, los adultos intentamos dejar la casa en condiciones, preparar desayunos, revisar las mochilas para asegurarnos de que llevan todo lo necesario y no olvidarnos, de paso, de nuestro propio avituallamiento.
Durante estos últimos meses, salvo en la etapa de campamentos, el desayuno casi se ha dado la mano con la comida. Las mañanas han transcurrido entre conversaciones, bromas, juegos y continuos movimientos por la casa en busca de una nueva actividad. Las tostadas se quedaban frías, las galletas se disolvían lentamente en la taza y los cereales terminaban formando una especie de capa sobre la leche. Nadie parecía tener demasiada prisa. Aquello ahora queda atrás. Ahora, "vamos, que no llegamos" se convierte en la frase bandera de una velocidad que aturde desde primera hora de la mañana y que marca el ritmo del cuerpo y de la mente durante el resto del día. Después de dejar a los niños en el colegio toca trabajar o realizar las tareas del hogar y, de manera permanente, estar pendiente del reloj. "Que no se me pase la hora". Esa frase nos acompaña durante horas mientras echamos mano del reloj una y otra vez, como si mirarlo pudiera detener el tiempo o, al menos, ayudarnos a mantenerlo bajo control y ajustado a nuestras propias necesidades.
Comienza entonces un cálculo casi obsesivo de los minutos que necesitamos para regresar a las puertas del colegio. Y no es que el verano haya anulado el paso de las horas. Pero entre ese pequeño puzzle diario para garantizar el cuidado de los niños —campamentos, abuelos, teletrabajo... distintas opciones para una misma realidad— el reloj podía relajarse medianamente. O, al menos, podía hacerlo esa sensación de tiranía permanente que el tiempo ejerce sobre nuestras vidas durante el curso. Sin embargo, ¡ya es septiembre! Y hay que organizarse de la manera que sea para llegar a la hora de salida. "Madre mía, si no me ha dado tiempo a nada". Segunda frase destacada del sofoco. Algunas tareas y obligaciones quedan aparcadas para la tarde. Ahora toca recoger a los niños y conseguir que abandonen ese juego al que se entregan después de la jornada lectiva junto a otros compañeros. Después, poner rumbo a casa para preparar la comida. Si hay suerte, se dejó lista el día anterior y solo hay que calentar. Pero, si no ha ocurrido... la cocina entra también en la carrera.
La comida comienza a convivir con las actividades extraescolares cuando el calendario avanza hacia octubre. Es cierto que septiembre y junio mantienen un ritmo algo más amable para ellos. Horario de verano. A la una estás como un clavo en la puerta del colegio para recogerlos, con cierta ansiedad, pero con una sonrisa y unas ganas enormes de achucharlos y preguntarles: "¿Qué tal el cole?". Esa magnífica pregunta puede regalarte un monólogo detallado e impecable o quedar reducida a un simple: "Bien, mamá". Y ahí termina todo, por mucho que insistas. Lo cierto es que ese momento de volver a verlos es una pequeña torre de buenas vibraciones. Todo lo demás, las tareas acumuladas, las prisas y las obligaciones, desaparece durante un instante al verles salir de clase. Al regresar al colegio, además, vuelves a encontrarte en sociedad. Mamás, papás y pequeños a los que ves crecer junto a tus propios hijos. Es tiempo de reencuentros para todos.
Para ellos, probablemente, sea lo que más ilusión les hace de volver al aula: reencontrarse con sus amigos. Verlos otra vez. Volver a jugar con ellos. También está la emoción de regresar junto a sus profesoras, esas personas que forman parte, de manera indiscutible, de su crecimiento. Personas que dejan una huella imborrable en cada pequeño y cuyos nombres siguen recordando con el paso del tiempo. También se escapa alguna ilusión por aprender, aunque sospecho que, en la balanza, pesan más las relaciones sociales que las fichas y los ejercicios. Y no los culpo. Es normal. En el fondo, también disfrutan aprendiendo. Les gusta descubrir, enfrentarse a nuevos desafíos y adquirir conocimientos que después muestran orgullosos en casa. Pero quizá, en el momento de pensar en la vuelta al colegio, esa no sea la escena que más ilusión les provoca.
Durante el verano se han cruzado con algunos amiguitos en la playa, en el parque, en algún cumpleaños, en la Feria. Pero ahora es diferente. A partir de septiembre regresan a esa otra gran familia que llevan construyendo desde los tres años. Con sus tira y afloja, por supuesto, pero importantísima para ellos. Y ahí reside, quizá, una de las partes más bonitas de este regreso. Volver a formar parte de un grupo. Recuperar las rutinas compartidas, las bromas que solo ellos entienden, los juegos del recreo, los pequeños conflictos y las reconciliaciones que forman parte de ese aprendizaje paralelo que también sucede en el colegio. Porque allí no solo aprenden a leer, a sumar o a escribir. También aprenden a convivir, a compartir, a esperar, a perder y a volver a intentarlo.
Es un regreso agridulce. Atrás queda la relajación del verano y ponemos rumbo hacia unos horarios infinitos, marcados a golpe de minutero. Sin embargo, también existe la necesidad de volver a un cierto orden, a una cierta rutina. Para ellos, también. Regresar al aprendizaje guiado, no solo al exploratorio de estos meses en los que, mejor o peor, más o menos, hemos ido acompañándolos e incentivándolos desde casa. Llega un momento en el que la batería del verano comienza a agotarse y nos invade cierta inconformidad con todo. Ellos se muestran más irascibles o desmotivados. Nosotros seguimos vagando, a veces, sin demasiado rumbo. Pequeños y mayores hemos disfrutado de otras actividades, de otra sintonía con el paso de las horas, de paisajes pasados por agua y de días que parecían no exigirnos demasiado. Pero el verano ha sido largo. Y regresar al aula se vuelve necesario e inevitable.
En algún momento, septiembre también me invade de recuerdos. Pienso en aquellos días de mi infancia en los que acompañábamos a mi madre a recoger los libros en la papelería o a comprar los uniformes a la tienda del barrio. Ella los reservaba y los pagaba poco a poco. También la vestimenta. Para una familia trabajadora y numerosa no había posibilidad de afrontar todos aquellos gastos en un único pago. El agujero en la cartilla era evidente durante todo el verano. Pero el curso comenzaba con los libros en la mochila, el chándal ajustado a la talla y los materiales pendientes de recoger cuando la escuela confirmaba qué necesitábamos. Aquellos días, mi casa parecía casi un colegio. Montones de manuales se acumulaban sobre la mesa, cada uno con el nombre de alguno de los hermanos. Forros y celo aparecían por todas partes mientras intentábamos dejar los libros preparados. Las tardes se convertían en una especie de cadena de trabajo dedicada a forrar aquellos libros, mientras la plancha hacía su labor para fijar los nombres en sudaderas y jerséis.
Recuerdo aquel tiempo con cierta admiración. Siempre fui un poco desastre para todo aquello de llegar a tiempo, pero en casa todo acababa, de una manera u otra, dispuesto y listo para comenzar. Todos aportábamos y, de algún modo, incluso nos ilusionaba formar parte de aquella tarea compartida. Había algo casi ceremonial en aquellos preparativos. El curso todavía no había empezado, pero ya comenzaba a instalarse en el hogar. Ahora ya no es mi madre quien tiene que gestionar toda esa farándula. Ahora somos nosotros. Y ahí siento, casi con cierta resignación, que el aprendizaje no me llegó del todo. Que sigo siendo un poco desastre para sostener los tiempos. No obstante, llegamos. Como cada año a base de empeño y de acelerones. Tal vez en mi casa también fuera así y yo no lo recuerde. Simplemente permanece en mí esa sensación de planificación que envolvía aquellos veranos cuando septiembre comenzaba a divisarse en el horizonte.
Los gastos han cambiado y se agradece que, en algunos casos, las listas de libros ya no sean tan interminables. Aun así, la economía familiar se resiente notablemente cuando cientos de euros desaparecen de la cuenta para afrontar el inicio del curso. Cualquier bolsillo lo nota, pero en algunas familias, aquellas con sueldos reducidos o ingresos insuficientes, supone un verdadero estruendo y una enorme frustración. Si hay varios hijos, la situación se complica todavía más. Por norma general, todos queremos ver llegar a nuestros pequeños durante la primera semana de curso con todo lo necesario. Que no les falte de nada. Que no sientan desazón porque los libros todavía no estén sobre su pupitre. Que puedan comenzar, desde el primer minuto, a seguir las lecciones con sus propios materiales. A veces no es tan sencillo. La realidad económica de muchas familias convierte la vuelta al colegio en una carrera que también se libra en las cuentas bancarias. Pero, de una u otra manera, los días avanzan y cada niño va adquiriendo todo lo necesario a lo largo de las primeras semanas.
Y así septiembre nos alcanza. Nos obliga a recorrer el camino pasado y, al mismo tiempo, nos empuja hacia delante. De nuevo las mochilas llenas, los aprendizajes por descubrir, los deberes para casa, los saludos en las filas, los juegos en el patio y las despedidas entre abrazos y "hasta mañana". Una despedida que, en realidad, se convierte en un simple paréntesis de unas horas y permite a los pequeños regresar al día siguiente a su gran familia: el colegio, el aula, su grupo de amigos. Nuevas aventuras, nuevas experiencias, nuevos retos y nuevas amistades. Cada año es diferente para ellos y cada septiembre parece destinado a hacernos vivir, una vez más, esa particular montaña rusa de llegar a tiempo.
Atrás quedaron los horarios más suaves, las visitas a la playa, las comidas interminables y las mañanas sin demasiada prisa. Ahora toca recuperar el ritmo. De la mejor manera posible. Toca volver a organizarse, a correr cuando sea necesario y a respirar cuando encontremos un pequeño espacio para hacerlo. Toca acompañarlos en sus nuevos desafíos, escuchar sus historias al salir del colegio, celebrar sus aprendizajes y sostener sus dificultades. Y, mientras tanto, nosotros también volvemos. Porque siempre, de una manera u otra, llegamos. Quizá no con todo perfectamente preparado. Quizá no con los deberes hechos. Quizá con el acelerón de última hora. Pero llegamos. Y entonces, cuando el verano empieza a quedar definitivamente atrás y el primer timbre anuncia que una nueva etapa comienza, no queda más remedio que sonreír ante la evidencia y preguntarse, una vez más, con esa mezcla de sorpresa, resignación y perplejidad: "Septiembre, ¿yaaa?".








