Categorías: Opinión

Una mano desde la oscuridad

Sabía que aquella mano que emergía desde la penumbra, desde la parte más oscura de la habitación, sería capaz de manipular y empezar a curarme. Me explicaron que era un curandero, ya moribundo y que me recibía por un favor especial a mis abuelos. Pasados los años no sé si fue esa mano, mi creencia en su poder, la infusión de hojas de saúco recetada, el reposo… O un tiempo que se me antoja que era aún propicio a que cualquier cosa pudiera pasar, si se creía en ello.

Tuve un pequeño accidente de montaña a la edad de 17 comenzando los años 80 del pasado siglo. No estaba claro si estaba roto el menisco y había que operar o era cuestión de más tiempo de escayola y que “aquello soldara”. Solo sabía que después de retirada la escayola iba con muletas un par de meses después. Dolía y se hinchaba.

Y de un médico a otro. La operación, en aquellos tiempos, suponía bastante tiempo en completo reposo y mis padres me aconsejaban que había que estar seguros.

Por mi parte yo creí (o quise creer) en el tío Antolín, curandero en aquel pueblo de Extremadura. Superé ese miedo ancestral a lo oscuro (y a la posible nigromancia) al entrar en aquella estancia y me dejé hacer. Las manos, a pesar de ser las de un hombre muy viejo y enfermo eran potentes y me apretaron firmemente en la rodilla (el dolor me producía un sudor frio por la espalda). Reflexionaba, así lo recuerdo, que tampoco tenía mucho que perder. Iba cojo desde hacía meses. No creer no era una opción.

No había nada esotérico en su forma de trabajar. Simplemente sabía mucho de músculos y huesos y como curar. Su reputación de sanador alcanzaba a muchos kilómetros a la redonda.

Dio una solución a base de plantas, infusión con hojas de árboles de la región, algún ungüento y paciencia. Era verano. Al cabo de unas semanas, empecé a cojear menos.

Pienso que antes todos creíamos en muchas cosas y en el combate que siempre ha existido entre la última decepción y volver a creer siempre ganaba lo segundo. En opinión del que escribe fue el último cambio de siglo por estos occidentes el que significó el fin de la inocencia. Es decir, lo de creer así de primeras. A partir de ahí, se fue imponiendo paulatinamente la duda sobre todo y sobre todos y ahí andamos ahora. Imposible saber sin bastante esfuerzo lo que es real, lo que es falso, inteligencia artificial… Y por tanto creer en ello.

Creíamos en la educación, la autoridad del maestro, que la policía nos iba a proteger, que en Europa ataban a los perros con longaniza y que un día cercano acabaríamos con las guerras y los dictadores. También creíamos en la hipoteca, el sacrificio por pagarla y que un día al final se acababa.

También creímos (porque así nos lo dijeron) que la OTAN era mala para nosotros y luego el buen pastor de aquel momento nos dijo que era buena cosa. Creíamos (en cierta medida) en los gobiernos y hasta en los políticos.

Esto ha cambiado. Lo de que alguien crea en una institución o persona se ha vuelto inusual porque la decepción campa por sus respetos o porque cuántas veces escuchamos una opinión y al cabo de pocos días la contraria por parte del mismo personaje.

El contribuyente español de hoy se debate entre estar atento “a ver si nos la están metiendo” y un festival de los medios de comunicación que van hacia el puro entretenimiento para atontarnos.

Duele ver que hay una parte de ciudadanos que se sienten libres porque reciben una pensión que aumenta, viajan por España y extranjero y casi siempre hay alguna fiesta popular que celebrar.

Creer se está convirtiendo al final tan solo en votar. Tantas veces con la nariz tapada.

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