Dúo Reguera-Piqué durante su concierto este domingo en el Teatro Kursaal Fernando Arrabal. -AGC-
Un único foco descendía desde lo alto para iluminar el centro del escenario del Teatro Kursaal Fernando Arrabal. Bajo él, un piano de cola y un atril aguardaban inmóviles mientras el público terminaba de acomodarse en sus asientos. La penumbra envolvía la sala. Era el comienzo de una nueva temporada de Amigos de la Música, un ciclo que durante los próximos meses volverá a convertir las mañanas de los domingos en una cita con la música de cámara en Melilla.
La presentación corrió a cargo de la organización, que explicó las líneas maestras de una programación integrada por ocho conciertos, principalmente dominicales, y dos citas especiales, las correspondientes al Día Europeo de la Música y a Santa Cecilia, ambos programados en sábado. El propósito, señalaron, es seguir acercando a la ciudad distintas formaciones, repertorios y estilos de la música camarística de "primer nivel nacional e internacional", ocupando una franja horaria poco habitual dentro de la agenda cultural melillense.
Las palabras de bienvenida dieron paso a los protagonistas de la mañana. El violinista Alberto Reguera y el pianista Marc Piqué aparecieron entre los aplausos del público y ocuparon sus posiciones sobre el escenario. A partir de ese momento, todo quedó en manos de los instrumentos que aportaron variedad, estética, belleza y contraste.
El recital, bajo el título El violín y el piano español, proponía un recorrido por algunas de las principales composiciones de músicos españoles para esta formación que recorrieron desde el clasicismo hasta la música contemporánea. La primera en sonar fue Oració al maig, de Eduard Toldrà. El piano abrió el camino con suavidad y poco después el violín se incorporó a la melodía. La obra avanzó con delicadeza, alternando momentos de recogimiento con otros de mayor luminosidad. Las notas parecían expandirse lentamente por la sala mientras el público permanecía inmóvil, atento a cada frase musical.
La atmósfera cambió con la Sonata para violín y piano de Gaspar Cassadó. Desde los primeros compases de Fantasie apareció una energía distinta. El violín y el piano se persiguieron, se encontraron y se separaron en un discurso marcado por constantes contrastes. La intensidad de algunos pasajes dio paso a momentos de aparente fragilidad, donde las manos de Marc Piqué apenas parecían rozar las teclas mientras Alberto Reguera moldeaba cada frase con movimientos precisos y expresivos.
Pastorale introdujo un clima diferente. Más contemplativo, más sereno. La música avanzó entre episodios de melancolía y otros de mayor ligereza hasta desembocar en Finale, donde el ritmo adquirió un protagonismo creciente. Los aplausos que siguieron fueron más largos y más sonoros que los anteriores. Entre ellos comenzaron a escucharse los primeros “bravos” de la mañana.
Fue entonces cuando se produjo uno de los momentos menos habituales de la actuación. Alberto Reguera tomó la palabra. El violinista explicó que tanto él como Marc Piqué visitaban Melilla por primera vez y reconoció que la ciudad les había sorprendido desde su llegada el día anterior. Habló de los paisajes, de la arquitectura y de la acogida recibida. También compartió con el público algunas claves del programa que estaban interpretando.
Según explicó, el concierto había sido concebido como un viaje por distintas expresiones de la música española del siglo XX. Una travesía que partía de lenguajes más reconocibles para llegar a otros más experimentales. Con ese contexto presentó la siguiente obra del repertorio, la Paráfrasis Concertante para violín y piano de Xavier Montsalvatge.
La pieza introdujo nuevos colores sonoros en la sala. El piano inició el recorrido y el violín se sumó poco a poco a una melodía que por momentos generaba una sensación de tensión y suspense. A lo largo de sus movimientos aparecieron recursos tímbricos y efectos que rompían con las sonoridades escuchadas hasta el momento, aportando una escena sonora rupturista y experimentativa. Hubo instantes en los que el violín quedó solo, suspendido sobre el silencio, evocando sonidos que recordaban al canto de los pájaros mencionado previamente por Reguera. En esos instantes, el pianista aguardaba atento, con la vista fija en la partitura y los brazos bajos e inamovibles, hasta encontrar el instante preciso entre las notas para reincorporarse al diálogo musical.
La compenetración entre ambos intérpretes resultó constante durante toda la actuación. Apenas necesitaban mirarse. Los cambios de ritmo, las pausas y las entradas parecían surgir de manera natural, fruto de una comunicación construida a través de años de trabajo compartido.
Tras el descanso llegó uno de los momentos centrales del concierto con la interpretación de la Sonata para violín y piano n.º 2 Op. 82, conocida como Sonata Española, de Joaquín Turina. La obra, eje del programa según había anunciado la organización al inicio de la mañana, sirvió para articular el recorrido por un repertorio que buscaba mostrar distintas perspectivas de la creación musical española para violín y piano.
La recta final estuvo reservada para la Romanza andaluza de Pablo Sarasate y para la Suite Popular Española de Manuel de Falla en el arreglo de Kochansky. El Paño Moruno, Asturiana, Jota, Nana, Canción y Polo fueron sucediéndose hasta completar el cierre del recital. En cada una de ellas aparecieron ecos de tradiciones populares y melodías que pusieron en valor la identidad del paisaje sonoro español y mediterráneo.
De esta manera, el primero de los ocho conciertos previstos para la nueva temporada de Amigos de la Música había concluido. Quedaban atrás cerca de dos horas de viaje por el repertorio español y quedaba inaugurado un ciclo que volverá a llenar de música las mañanas dominicales del Kursaal durante los próximos meses.
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