Antes que nada, la desnudez. Cuatro maniquíes aguardan sobre el escenario, cada uno custodiando un objeto —unos libros, una pandereta, un cuadro—. Las columnas del fondo permanecen a la vista. Una tarima apenas elevada basta para dibujar el espacio. No hay telones tras los que ocultarse ni bastidores donde desaparezcan los personajes. Todo sucede frente al espectador. Cada cambio de vestuario, cada transformación y cada desdoblamiento forman parte del propio relato. Así comienza La dama boba, de Lope de Vega, en la adaptación de Pablo Calvo para Mirrolde Teatro, bajo la dirección de Miguel Escutia: haciendo del teatro un acto transparente, donde el artificio se revela sin perder un ápice de magia.
En el corral del Hospital del Rey, la voz en verso de Sonia Rubiano abre el camino hacia un Siglo de Oro que no necesita grandes escenografías para hacerse presente. Solo la palabra, la cadencia del verso y tres intérpretes capaces de levantar un universo de personajes. La adaptación conserva la esencia del texto de Lope de Vega, pero lo acerca al espectador desde la cercanía y la naturalidad, desprendiéndolo de cualquier monólogo poético para devolverle su condición más viva a través del diálogo. Bajo la ligereza de la comedia laten asuntos universales: el amor, los celos, el interés, la inteligencia y esa misteriosa capacidad del sentimiento para transformar a quien lo experimenta.
Tres actores sostienen la arquitectura de seis personajes. Raquel González alterna entre las hermanas Nise y Finea; Pablo Calvo da vida a Laurencio y Liseo; mientras Lara Megía transita entre Octavio, el padre, y el narrador que acompaña la representación. Una dificultad interpretativa que la compañía convierte en uno de los grandes aciertos del montaje.
El espectador contempla cada una de esas transformaciones. Los maniquíes guardan las prendas que identifican a los personajes y se convierten también en un recurso pedagógico que ordena las transiciones entre actos y facilita el seguimiento de la acción. No existe voluntad de esconder el mecanismo teatral; al contrario, la adaptación lo exhibe sin titubeos. El público observa al personaje nacer delante de sus ojos y descubre, al mismo tiempo, el oficio del actor que lo construye.
Los cambios se completan con el vestuario diseñado por Javier Muñoz, concebido como un auténtico lenguaje visual al servicio de la narración. Los colores, los cortes, los sombreros, los libros y los pequeños elementos que acompañan la confección construyen su identidad de cada personaje antes incluso de pronunciar la primera palabra. Dispuestas sobre los maniquíes, las prendas forman parte de la propia dramaturgia y convierten cada transformación en un gesto visible y natural. Esa caracterización encuentra su culminación en el trabajo interpretativo del elenco. La modulación de la voz, la expresión corporal, el ritmo y los pequeños matices hacen el resto: basta un cambio de postura, una mirada o una inflexión para que el escenario se llene de otra personalidad sin necesidad de mencionarla.
Especialmente destacable resulta el trabajo de Raquel González en la composición de dos hermanas tan opuestas. Nise representa el conocimiento y la razón; Finea, la aparente torpeza que da nombre a la obra. Dos mujeres antagónicas en carácter, pero inevitablemente unidas por un mismo viaje de transformación en sus destinos. Porque, en realidad, esa es la gran historia que cuenta Lope de Vega. Laurencio busca la dote de Finea y abandona a la culta Nise; Liseo entra en el juego de conveniencias, agravios y celos donde el dinero parece marcar el destino de todos. Sin embargo, poco a poco, el amor altera el rumbo previsto y modifica aquello que parecía inmutable. Finea despierta al entendimiento, se entrega a "los palacios de la divina razón" al mismo tiempo que despierta al sentimiento, convirtiéndose en la mejor demostración de que el amor también educa.
La adaptación encuentra otro de sus aciertos en la figura del narrador y de los personajes despojados de su vestimenta. Vestidos de blanco, los intérpretes rompen la cuarta pared para dialogar con el público, explicar los cambios de acto y conducir la acción sin romper el ritmo de la representación. El recurso genera una complicidad constante con los espectadores, que siguen la trama con facilidad y se dejan llevar por un texto escrito hace más de cuatro siglos como si hubiese sido concebido para esta misma noche.
Esa cercanía alimenta también el tono cómico de la función. Los enredos amorosos y los constantes cambios de identidad encuentran en el elenco un ritmo preciso que sostiene la risa desde la inteligencia y el dominio del verso. El humor nace del propio texto, pero encuentra en la interpretación el impulso necesario para llegar con frescura al público.
En esa búsqueda de la sencillez reside también el acierto de la dirección de Miguel Escutia. La puesta en escena rehúye cualquier exceso para situar toda la atención en el elenco, en la palabra y en el juego teatral. Cada elemento cumple una función dramática y nada resulta accesorio. La escenografía, el vestuario y la interpretación dialogan entre sí para demostrar que la imaginación del espectador sigue siendo el mejor escenario posible, y que se involucra directamente cuando se le interpela.
Una propuesta que convierte la desnudez escénica en su mayor virtud, así Mirrolde Teatro demuestra que el teatro continúa encontrando su fuerza en la palabra y en quienes la encarnan. Quedando la sensación de haber asistido a un ejercicio de teatro en estado puro, donde Lope de Vega vuelve a recordar que el amor, más allá de cualquier conveniencia, posee la extraordinaria capacidad de transformar a quienes se atreven a sentirlo.








