Aquella mañana nadie encontraba la palabra exacta. La buscaban mientras la jornada transcurría entre fogones y tablas de cortar, primero en el interior de las casas y después en la pequeña carpa instalada en la calle para dar forma a la tradicional paella popular. Unas vecinas terminaban de cortar los pimientos; otras pelaban ajos, rallaban tomate o removían con calma el sofrito que, unas horas más tarde, daría sabor a una paella para cerca de doscientas personas.
El trabajo había comenzado mucho antes. Desde primera hora, varias mujeres se reunieron en distintas casas del barrio para limpiar los pollos, retirar los huesos, preparar los chopos ya cocidos y dejar listos todos los ingredientes antes de trasladar la cocina a la calle Teniente Casaña. Allí, alrededor de la paellera, la faena continuaba con la misma naturalidad con la que fluían las conversaciones. Las palmas marcaban el compás de algún cante improvisado, las bromas se cruzaban entre cucharones y las risas acompañaban una organización casi intuitiva. Todo desprendía el ambiente de una reunión familiar, con la única diferencia de que, durante esos días, las paredes de la casa parecían ensancharse hasta ocupar toda la calle.
Fue entonces cuando las vecinas intentaron explicar qué tiene el barrio de Corea durante estas fiestas. Hablaron de historia, de hermandad, de convivencia, de ese sentimiento que resulta difícil nombrar y que, sin embargo, también perciben quienes llegan desde otros puntos de Melilla sin haber vivido nunca allí. Ninguna palabra terminaba de contenerlo. Hasta que una de ellas sonrió, miró al resto y encontró la expresión que todas buscaban. —Tiene solera.
No era la solera de los años, sino la que deja el tiempo compartido. La de las personas que han construido una comunidad donde los vínculos sobreviven a las generaciones. La de quienes nacieron en el barrio y regresan cada verano aunque hace décadas que viven en otro lugar; la de quienes encontraron aquí su familia sin haber nacido entre estas calles; la de quienes llegan invitados por amigos o familiares y terminan sintiéndose parte de la celebración. Una solera que no se explica únicamente desde la memoria, sino desde una forma de vivir el presente.
Porque durante unos días Corea dejó de comportarse como un barrio para hacerlo como una gran casa abierta. Lo que habitualmente ocurre alrededor de una mesa familiar se traslada a la vía pública. Las puertas parecen ensancharse hasta ocupar la calle. Se cocina entre todos, se comparte la comida, se entra y se sale con naturalidad, aparecen familiares, vecinos y amigos, y siempre parece haber una silla más para quien llega. Una invitación sincera. Esa familiaridad difícil de describir es, quizá, el verdadero patrimonio de unas fiestas que cualquiera puede sentir como propias.
Apenas habían transcurrido unas horas desde que la Gran Verbena en honor a la Virgen del Carmen cerrara la noche con el concierto de Los Soniketes cuando el barrio volvía a hacer suya la calle. Desde primera hora de la mañana, vecinos y vecinas regresaban con mesas y sillas para continuar la celebración entre juegos infantiles y la tradicional paellada popular. La noche había sido de música y alegría. La mañana volvía a ser de convivencia.
El pequeño José, que ayer se sumó a la percusión con los músicos, esta mañana disfrutaba esperando la comida. Los niños se paseaban en bañador, tras haber disfrutado de los juegos de agua preparados por La Casa del Detalle. La ropa de baño acompañaba a los asistentes en un día más azotado por el calor y las altas temperaturas. El mar, aunque prácticamente al lado, parece no dejar que su brisa llegue del todo, pero sí su historia de vínculo con el barrio y con la patrona de los marineros.
Las fiestas de Corea trascienden el programa de actividades. Son el reencuentro de "los coreanos" de toda la vida; de quienes permanecieron siempre en el barrio; de quienes un día marcharon y aprovechan estas fechas para volver a sus raíces; de quienes crecieron aquí sin haber nacido entre estas calles y de tantos melillenses que llegan desde otros barrios porque saben que encontrarán un ambiente difícil de reproducir en cualquier otro lugar. El barrio deja de pertenecer únicamente a quienes lo habitan para convertirse en un espacio compartido por toda la ciudad al que regresar un año más.
En el centro de esa convivencia volvía a situarse la gran paella popular. Desde hace más de veinte años, un grupo de vecinas mantiene viva una tradición que exige organización, experiencia y muchas horas de trabajo. Ana Mari coordina una cocina en la que cada una conoce su papel. "Sobre todo se hace con mucho cariño", explicaba mientras supervisa el sofrito. "Y no es una frase hecha. Aquí todo el mundo ayuda. Unas tenemos más ideas, otras menos, pero todas cooperamos. Nos conocemos de toda la vida, por nuestras familias. Esta es una fiesta nuestra y una tradición que espero que nunca se pierda", añadía.
Las propias vecinas restan importancia al esfuerzo, aunque entre ellas no dudan en señalar a Ana Mari como la persona que mantiene el orden entre los fogones. Ella desvía el mérito hacia el grupo y recuerda con cariño a quien durante años fue la referencia de la cocina y este año no ha podido estar presente. "Poco a poco hemos ido cogiendo su testigo", comentan mientras continúan removiendo el arroz.
Pero la cocina nunca es solo cocina. Es el reflejo de cómo funciona el barrio. Nadie parece desempeñar un papel más importante que otro. Mientras unas limpian el pollo, otras preparan las verduras, organizan las cantidades, vigilan el fuego o remueven el caldo. Cada gesto encuentra su lugar dentro de un trabajo compartido en el que el resultado pertenece a todos. La paella acaba siendo el símbolo visible de una forma de entender la convivencia.
Ese mismo espíritu se extiende mucho más allá de los fogones. Es el que sostiene cada jornada de las fiestas. El que hace posible que las calles amanezcan preparadas un día tras otro, que las actividades se desarrollen con naturalidad y que siempre haya alguien pendiente de colocar una mesa, buscar unas sillas, instalar una pantalla o resolver cualquier necesidad antes de que llegue a convertirse en un problema. La programación no permanece viva por inercia. Tampoco crece la cantidad de personas involucradas por casualidad. Detrás hay reuniones, planificación y gestión de muchas personas que dedican su tiempo para que el barrio siga reconociéndose en sus propias tradiciones.
En esa labor desempeña un papel fundamental la Asociación de Vecinos del Hipódromo. Su trabajo va mucho más allá de coordinar un calendario de actividades. Es la estructura que permite que cada verano el barrio vuelva a encontrarse consigo mismo. Recuperar las tradiciones, organizar propuestas, implicar a vecinos de todas las edades y crear los espacios donde la convivencia pueda surgir de manera natural es también una forma de cuidar el patrimonio inmaterial de Corea. Gracias a ese esfuerzo, esta misma tarde los vecinos y vecinas compartirán también la final del Mundial frente a una pantalla instalada para vivir el partido como viven todo lo demás: juntos.
Quizá esa sea, al final, la verdadera solera de Corea. No la antigüedad de unas fiestas ni la repetición de unas costumbres, sino la capacidad de una comunidad para seguir transmitiendo una manera de vivirlas. Un legado que pasa de unas manos a otras casi sin darse cuenta, igual que ocurre con la receta de la paella. Alguien enseña, alguien aprende y, cuando llega el momento, toma el relevo para que nada de lo esencial se pierda. Quizá por eso ninguna de aquellas vecinas encontraba al principio la palabra exacta. Porque hay sentimientos que no caben en una definición. Solo pueden evocar. Y en Corea, cada mes de julio, vuelven a compartirse.









Con €uros públicos todo es posible y teniendo de invitados de honor a Imbroda y su mafia pues más virgen saldrá la virgen y sin prueba de pañuelo....Se da por sentado. Feliz dia del Carmen Marineros del Mundo. Lo de Melilla es un trampantojo y hasta con viales públicos cortados al tráfico rodado y al peatonal con 4 guarros haciendo uso del tramo cerrado de Tt Casaña para los Orines y Escrementos de sus mascotas. La Fiesta donde la porquería el resto de los 365 días del año. Eso sí, nicho de voto al PP... Ay si levantáran cabeza los verdaderos marineros a los q honran en trampantojo.