Cuando las mejores rosas, las primeras, las mas presumidas se abren en primavera, las abejas vecinas las besan robándoles su néctar para hacer su miel, saliendo a continuación desde el interior dulce que el sol les brinda llevándo en sus patitas el amarillo polen que derraman en su vuelo. Mas tarde pétalo a pétalo van entregando sus vidas al viento silencioso que las acaricia sin querer hacerles mal.
Cuando los grajos negros los veía revolotear por las fronteras azoteas de Duque de la Torre, Castellón y de Ataque Seco, iban acompañados de sus primas las gaviotas que volvían de pesca de las cercanas aguas de La Purísima y de la “Piedrahogá”, la de los grandes mejillones. Había meses que se podían ver los pájaros frioleros que venían de la Península de paso para el sur de nuestra frontera. Siempre era el otoño con el sol colorado pintado de nubes grises. También se oía el viento que dejaba su placidez aprendiendo a ser gritón en los altos barrios de Melilla.
Yo tuve algunos grillos, en especial uno de ellos, que mi hermana Marisol decía que era una cucaracha, cuando comenzaba a “cantar”, al principio vacilaba cambiando de tono, pero al final se encuadraba en la clave y en la escala musical que deseaba, llegando a ser siempre la misma nota del diapasón. Aquél grillo parecía comer solo tomate.
El llanto del clarinete de aquél músico militar sonaba en el balcón abierto; parecía volar, gritando y buscando el remanso del pentágrama en su viejo atril de madera gastada (de cuando la República, decía) de donde salió. El solo buscaba a sus parientes de la banda militar porque con su sonido solitario no sabía volar; solía perderse entre las voces del “ropa vieja”, el que cambiaba un vaso de duralex por unos pantalones viejos de tu padre, o el de los “chumbosmáuros” que te daba dos y pelados por tres chicas (15 céntimos de peseta), o la voz de Juan, el arropiero: “¡Cañaú, a gorda el cacho!”, cruelmente llamado “meona”, por su incontenible micción clamando sus chucherías a la chiquillería que le rodeaba.
El aire cansado del verano en la calle sin arboles parecía quebrarse sin llorar apenas. Era cuando la noche le decía a la lluvia que guardara silencio para ponerse reluciente con las estrellas; y de verdad que era para retenerlo en alguna hondonada de tu memoria. Cuando me tocó, con mi corta edad, ordenar mis emociones me gustaba el paisaje que veía: las calles siempre limpias y llenas de gente, guardaba como un tesoro todo lo que almacenaba en mi cerebro de niño. Era como un hontanar de vivencias, por eso declaro con rubor que tengo buena memoria.
El viejo de la boina y bastón nos comentaba las maneras que en sus tiempos de mozuelo tenían de enamorar a las muchachas. “Con saladísimos decires enamorábamos antes los hombres, “zagá” (zagal-muchacho), no como ahora, que donde aquí te veo aquí te mato”. Si viviera en los tiempos que corren echaría a correr o mas bien se quedaría, porque garañón era bastante el abuelo. A los niños traviesos siempre les decía: “Niño cuando te parió tu madre se le olvidó de darte los apoyos de la vergüenza”. No deseaba ver a ningún médico, decía que desde que se inventaron los médicos se acabaron los matusalenes. Si alguno de nosotros se desmadraba le decía que tenía la vergüenza en ultramar y cinco cigarrones por los cinco sentidos. Era una enciclopedia viviente; decía que a él le habían pasado más cosas que celdas tiene un panal y avellanas un avellano y cuando se le iluminaba el sentido (el decía sentío) o le venía la memoria no paraba de contar los cuentos y chascarrillos de su niñez. Decía que era la época en que se fabricaban los hombres con mas lacha (vergüenza) que los de ahora. Otras veces nos aconsejaba a los niños para que no fuéramos a bañarnos a los cortados, por el peligro que entrañaba alguna bajada que: “Mas allílla (allá) del cementerio, como a la espalda de sus tapias es por donde se ahogó un niño moreno con un jersey colorao”. Aquél niño era de las Canteras del Carmen, cercano a Horcas Coloradas y se ahogó, al parecer, en el sitio llamado “Agarraero”, donde muchos de los niños de esa barriada y de las calles cercanas aprendimos a nadar a escondidas de nuestras sufridas madres, y quien esté libre de pecados que tire la primera piedra, y con cuidado no le vaya a dar a alguien inocente.
Todo esto ocurría en los años en que existía una banda infantil en el Mantelete dirigida por D. Julio Moreno. Y ya ven, me ha venido a la memoria al ver en un periódico local, retratados los componentes de la orquesta sinfónica de Melilla los años que también nosotros, los niños como ellos, actuábamos en el templete del parque Hernández los domingos a las doce del mediodía. Entonces no había dinero para muchas cosas. Nosotros, lo mas lejos que viajamos fue a Tarfcsit y Drius a amenizar a las fuerzas destacadas allí. En Nador a veces ofrecíamos varios conciertos y pasacalles por el paseo principal, cuando las palmeras eran enanas y su club marítimo estaba bonito. Recuerdo que D. Julio siempre mendigaba a sus superiores para que reparasen el retrete pestilente del local de la calle Medina Sidonia, actual Francisco de Miranda, donde ensayábamos, ya que no quería que ninguno de nosotros orinásemos allí, mayormente por los paseos de las ratas, grandes como conejos.
Con mi grano filarmónico de arena musical, a los componentes de la orquesta sinfónica y de la banda municipal les deseo los mayores éxitos en todos sus conciertos.
Y cómo no recordarle a la Sra, Mohatar, que retire a Napoleón de la Cuesta de la Shell y coloque el nombre de D. Julio Moreno. Lo digo porque Napoleón, como muy bien sabe ella, no hizo absolutamente nada por nuestra ciudad, pero D. Julio enseñó el bello arte de la Música a varias generaciones de melillenses, y sin cobrar ni un céntimo.
Yo pienso, y algún que otro lector también, que sería de justicia, pero claro que algunos políticos prefieren que los nombre de algunos “mindundis” figuren en nuestras calles, en vez de un prócer con toda su dignidad.








