Las playas de Melilla son una de las joyas más valiosas de la ciudad autónoma. “Vívelas”, rezan los carteles colgados por todo el litoral. Y eso es lo que hacen los melillenses cada día desde que se inaugura el buen tiempo. Incluso en un domingo cualquiera como podría ser este, del 23 de agosto, ya con la última quincena que se suele aprovechar del verano bastante avanzada, sigue habiendo grupos que montan auténticos campamentos en la arena.
El sonido que suele escucharse es el de las risas tras las anécdotas, el de las latas y bebidas frías abriéndose, y el de alguna que otra regañina fruto del día de convivencia bajo el sol. Pero nada que dure, todo pasajero. Y al día siguiente, si el trabajo lo permite, vuelta a empezar. Llegar a pie hasta la playa porque, si algo bueno tiene Melilla, es que todo está cerca. O, quizá, con tanto cachivache, que si sillas, mesas, neveras e incluso toldos, la logística se complica y hay que subirse al coche. En algunos casos, haría falta una furgoneta y de las grandes. Menos mal que existen los carritos estos de ahora que salvan a más de uno (y de dos).
Después están los que bajan con un bolsito, una toalla y poco más. Las chanclas, que son casi obligatorias, quizá un tupper recién preparado o algo rápido para picar, y listo. No necesitan mucho para pasar un placentero día veraniego. Agradecen la sombra, y como opinión general, visitantes y residentes están muy satisfechos con las cientos de sombrillas clavadas a lo largo del litoral. Dos turistas nacionales, dos gallegos de cuna aunque uno de ellos dice que viene desde Madrid, le dan un diez a las playas de Melilla.
Son una maravilla, han asegurado, y aunque todavía no habían podido darse un chapuzón, estaban deseando que ese momento llegase. Por el momento, se habían conformado con dar un paseo y observarlas desde lejos. Pero ese baño llegaría antes o después. Estaban en Galápagos, una de las playas más bonitas y apreciadas por los melillenses. Afirmar que es la favorita es difícil, porque hay tantos gustos y opiniones como personas en la ciudad autónoma.
En San Lorenzo, una madre confirmaba que es la playa a la que acuden todos los domingos. Esta zona es perfecta para el público infantil, sobre todo, en términos de seguridad: el agua apenas cubre a los bañistas por mucho que avancen hacia el interior. Es el mismo motivo por el que otros no la pisarán, pero las familias lo agradecen. Ahora que los niños son mayores, ya no se complican tanto para el almuerzo, sino que se limitan a pedir algo de comida en cualquier local cercano y con eso el plan sale redondo.
El cuerpo de socorristas, por su parte, subraya que no ha habido incidencias a lo largo del fin de semana. Solo algún que otro corte y picadura de medusa, que hay pocas, pero alguna hay. Desde Horcas Coloradas hasta La Hípica, las playas siguen estando muy concurridas, en especial por las mañanas. Parece que va por turnos, porque cuando algunos regresan a casa para comer, otros llegan dispuestos a hacerse un hueco en la arena, plantar las sillas y, si es a la sombra, mejor.
En un vistazo rápido desde el Paseo Marítimo, la playa de Los Cárabos es la que parece concentrar a todo el público en esta jornada de domingo. El resto, están todas las sombrillas ocupadas, pero hay muchos huecos libres. Los socorristas explican que, por las mañanas, el ambiente es más familiar en la Ensenada de los Galápagos, pero que, a la tarde, se llena de adolescentes y de gente más joven. En el resto de playas, sin embargo, predominan los pequeños con los padres atentos hasta que se va el sol. Una lástima que se esconda a espaldas del mar, porque es la única pega que podría ponerse a la experiencia de pasar un día playero en Melilla.
Bandera verde, pocos turistas y nacionales, y cientos de melillenses que permanecen en la ciudad intentando que el verano no se les escape. Es un buen resumen del día. No había niños jugando en las pistas de arena ni al fútbol ni al voleibol. Sí había amigas compitiendo a las palas, o echándose unas cartas, o teniendo momentos de tranquilidad y soledad con un buen libro en la mano. Gorras, mucha crema y gafas de sol porque el calor ha apretado en las horas centrales de la jornada, pero con el agua del mar tibia o fría, según se mire, que apetecía un montón.
No se están recogiendo tantas quejas por el incivismo de los usuarios como al principio de la temporada. Solo algunos comentarios sobre los temerarios saltos que se siguen repitiendo en la playa de la Alcazaba y que preocupan y sorprenden a partes iguales a los que pasen allí la tarde. Siguiendo con la lista de ocio, a nivel acuático, las familias vienen preparadas para hacer esnórquel o perderse con el paddle surf por la calita de Trápana y alrededores. La tortilla de patatas triunfa como almuerzo estrella, y lo hace con la ensaladilla de siempre, la ensalada de pasta para los niños y un picoteo protagonizado por unas aceitunas y un paquete de patatas.
Entre flotadores y miles de conchas enterradas, los que han pasado por el litoral melillense le dan el visto bueno en esta recta final del verano. Una pareja que viene todos los días en los meses estivales habla de esta experiencia y de las playas como “gloria bendita”. Pero “hay que saber cuidarlas”, reiteran. El caso es que a la playa se va para despejar la mente, o para ocuparla; para charlar con el de al lado o para guardar silencio; para nadar y sumergirse en el agua o para quedarse tumbado en la orilla; da igual el propósito. A veces, no hay siquiera un propósito. Porque el verdadero lujo de Melilla es poder improvisar y decidir sobre la marcha que se va a la playa. Y allí, ya se verá.








