Categorías: Opinión

Pido compasión y pasión por obrar acorde al níveo amor

Las aparentes victorias logradas con los artefactos, sembrando muerte y destrucción, son en realidad derrotas y nunca trasfieren conciliación ni seguridad

La única exactitud que nos habita, lo hace en el contexto de la realidad, donde tenemos un montón de goteras, que originan soplos de turbulencias, agitación e incertidumbre, por lo que es vital que todos emprendamos acciones concretas para movilizarnos en favor de la concordia. Nos merecemos otra tierra más tranquila; y, por ello, tenemos que actuar, comenzando por dar consuelo a las gentes que caminan con el llanto continuo y en la desesperación permanente. Quizás tengamos que aprender a compartir lágrimas, un lenguaje que expresa los sentimientos profundos del alma herida, implorando humanidad y desahogo. Desde luego, no hay que ruborizarse de sollozar, es una manera de articular nuestra tristeza y de proferir la necesidad de un mundo nuevo.

Ciertamente, todos los individuos tenemos una misión que cumplir, una tarea que llevar a buen término, con la certeza de que el dolor no debe generar violencia, lo que nos demanda a saber perdonar, con el níveo amor que todos hemos de laborar. Tender puentes para apoyar el hombro en un ser que te reanime, es una medicina de la que nadie puede privarse, porque es signo de luz y vida. De las brutalidades e inhumanidades nadie estamos a salvo. Nos requerimos mutuamente para revivirnos y poner fin al mal, restableciendo la ecuanimidad. De lo contrario, nos destruiremos. Sin duda, hoy más que nunca, debemos alzar la voz y relanzar el castigo contra la violencia, el odio, la discriminación y la desigualdad; practicar el respeto y abrazarnos entre sí, es otra de nuestras asignaturas pendientes.

Vuelva la consideración hacia toda existencia, no critiques por criticar, se pausado a la ira y fulminante a la hora de practicar el corazón. Indudablemente, aprender a cultivar el amor de amar amor, ha de ser lo prioritario. Estoy convencido que este buen decir y mejor obrar, aminora el dolor colectivo de pueblos enteros que, hundidos por el peso de la intimidación, del hambre y de la invasión, ruegan quietud y piden otro futuro menos sangriento. No olvidemos que el mantenimiento de la armonía, se inicia con nuestra propia autosatisfacción. Tampoco fabriquemos más armas, pongamos alma en los caminos y alivio en los caminantes. Pensemos, que todo está interconectado; y, como consecuencia, también podemos aportar nuestro propio granito de arena para reconstruir un planeta más sereno.

En efecto, la estabilidad empieza conmigo, con cada uno de nosotros, lo que nos exige protegernos entre sí, promoviendo los derechos humanos y fortaleciendo la justicia. Precisamente, la principal motivación para la creación de las Naciones Unidas, cuyos fundadores habían sufrido la devastación de dos guerras mundiales, fue salvaguardar a las generaciones venideras del flagelo de las mil absurdas contiendas. Ahora nos toca que, allí donde el rencor parece impregnar cada aspecto existencial de nuestro andar, nos convirtamos las gentes de bien, en audaces servidores del aprecio por el semejante y de la estima hacia toda subsistencia, por insignificante que nos parezca. Lo sustancial radica en no desfallecer fusionados, para ser levadura de una humanidad de buen carácter y poder hermanarnos.

Las aparentes victorias logradas con los artefactos, sembrando muerte y destrucción, son en realidad derrotas y nunca trasfieren conciliación ni seguridad. Quiero la comprensión que trae la alianza, una disposición a la benevolencia, la confianza y la entereza, lo que conlleva a entendernos y a atendernos. Sí, además, nos consta que un gasto militar excesivo no garantiza la paz; y que una política social sana, en cambio, al promover una distribución equitativa de los recursos, puede ofrecer un servicio eficaz a la unión. Practiquemos esta poética de unidad, tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Al fin y cabo, es el ejercicio del encuentro y no del encontronazo, lo que nos acerca, para estar en amistad. ¡Por algo se empieza a hacer hogar y a sentirnos familia!

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