Hay voces que no gritan, pero resuenan. Hay personas que, sin pretenderlo, se convierten en espejo y guía. La entrevista a Paco Gámez, publicada hoy en estas páginas, no es sólo un testimonio poético de vida, sino también una declaración silenciosa de resistencia: a la indiferencia, al olvido, a la prisa.
En su libro Últimos peldaños, Gámez no se despide. Se reafirma. Asume que está en el "invierno" de su existencia con una serenidad luminosa. Y es esa aceptación la que nos interpela a todos: ¿Qué hacemos con el tiempo que aún nos queda? ¿Cómo lo llenamos? ¿Qué decimos cuando ya no nos apura el ruido?
A través de la poesía, la música, el magisterio y la vida pública, este melillense ha tejido puentes donde otros levantan muros. Nos recuerda que la Cultura no es un ornamento, sino una tabla de salvación emocional. Que la fe -sea cual sea su forma- no es un dogma, sino una fuerza para sostenerse en la intemperie. Que la diversidad no es una amenaza, sino una promesa. Y que la ternura, sí, también es una forma de resistencia.
En un tiempo en el que los referentes parecen difuminarse, escuchar a alguien hablar de amor, de gratitud, de comunidad y de perdón no es solo reconfortante: es urgente.
Desde este espacio y con motivo de la semana del Libro, celebramos el valor de quienes, como Francisco, para los amigos, Paco, siguen subiendo los peldaños de la vida con esperanza, generosidad y poesía. Porque los últimos peldaños, quizás, sean los más sabios.
A sus 75 años, Paco -poeta, músico, melillense de alma entera- sigue subiendo escalones. Los llama "peldaños", como su último libro. Pero no son pasos hacia el final, aunque el título pueda insinuarlo. Son tramos de vida, de memoria, de amor, de lucha, de poesía. "Estoy en el invierno", dice, “pero tengo un espíritu muy rockero. No tengo ninguna prisa por bajarme de esta escalera.”
Lo dice con una sonrisa tan clara como “la luz del Mediterráneo que baña Melilla” (me permito parafrasearle), su ciudad y también su causa. Porque si algo le duele a Paco, además del tiempo que no vivió junto a sus hijos por culpa del trabajo, es ver cómo la cultura necesita aún un empujón fuerte. Y él está decidido a dárselo. Desde su puesto en el departamento de Artes Escénicas de la Unesco Melilla, lucha por acercar la poesía, el teatro y el pensamiento a los jóvenes. "Cuesta, cuesta mucho traerlos a una presentación o a una conferencia", confiesa. Pero el día que presentó Últimos Peldaños, el salón del campus estaba lleno. “Se me cayó un peso encima. Dije: madre mía, si están todos aquí”.
El miura y la fe
La vida de Paco no ha sido fácil. A veces, confiesa, ha pisado en falso, ha sentido vértigo, ha caído. Pero siempre ha encontrado una mano que lo ayudaba a levantarse. También cuando le diagnosticaron cáncer. Él, que ama la metáfora, comparó aquella lucha con un toro bravo. “Era un miura. Y yo estaba en medio del ruedo. Pero el miura se asustó al verme y se fue”. Se lo dice riendo, con el humor que solo tienen los que han estado muy cerca del abismo.
En ese momento se aferró a la fe y a su Virgen de la Victoria. También al amor de su familia, de sus nietos, y a la poesía. “No tengo miedo. La muerte no es el final”, dice. “Esta vida es prestada”.
Últimos Peldaños no es solo un poemario. Es un espejo de su vida. En él, se entrelazan su infancia, la madurez, las derrotas, los logros, las anécdotas cotidianas y las batallas interiores. Pero no es un libro dramático, insiste. Es nostálgico, sí. Reflexivo. Y lleno de agradecimientos.
En sus páginas hay versos propios y de otros poetas invitados: Encarna León, Enrique Morón, Antonio César Morón, Paco Díaz (quien falleció antes de que se publicara el libro) y muchos más. “Son poetas nacionales e internacionales que han querido acompañarme en esta subida”, explica con una media sonrisa dibujada en su rostro.
El poemario tuvo una primera edición breve, casi íntima: solo diez ejemplares, regalados al público de la presentación. Se agotó enseguida. La segunda edición llegará, espera Paco, para el mes de octubre. Esta vez sí estará en librerías y en Internet. “Quiero que sea muy económica. Que todo el mundo pueda acceder a ella”.
Melilla, la sangre que no distingue
Durante la entrevista, aquel 5 de mayo, sentados en una mesa de cafetería junto a amigos VIP, no faltaron referencias constantes a Melilla. A su gente, su música. A sus paisajes. Pero, sobre todo, a su esencia: la multiculturalidad. “Aquí convivimos hebreos, musulmanes, gitanos, cristianos, evangelistas… Lo único que me falta es un amigo chino, porque no conozco a ninguno todavía”, bromea.
Recuerda una escena que le pareció una lección de vida mientras esperaba a que le sacaran sangr. Vio a su lado a una chica musulmana y a un chico hebreo. “La misma sangre, el mismo color. ¿Dónde está la diferencia?”. Reflexiona… y se hace silencio.
Cree firmemente que todo empieza en casa. “La casa es la cuna de la educación. Si hay amor, hay respeto, hay tolerancia. Y ese amor se mama desde pequeños”. Por eso apuesta por una educación en valores, por reforzar el trabajo con/de los docentes desde las emociones porque "Una casa sin amor está destinada al fracaso", argumenta
Subir con alegría
Pero lo más lindo que pude escuchar es que para él, para Paco, cada día es un peldaño más. Uno que quiere subir con calma, con alegría. No quiere mirar atrás con tristeza. Prefiere mirar hacia arriba, hacia lo que le queda: escribir, tocar con su grupo Café a las Once, leer a sus poetas, seguir luchando por la Cultura y disfrutar de sus nietos como no pudo disfrutar de sus hijos.
En una ciudad como Melilla, donde las culturas conviven como versos entrelazados, la Semana del Libro se convierte en algo más que una celebración y oportunidad para volver a leer a los autores autóctonos que nos recuerda que la poesía no es solo literatura, sino una manera de mirar el mundo con amor y memoria.
Paco tiene claro que lo que le da fuerza para seguir adelante son “mis ganas de vida y de que ese peldaño que me toca subir tenga metros y metros de altura. Y… cuando llegue, coger su bajo y seguir tocando rock."








