Este jueves, en la Caseta de la Juventud, no cabía un alfiler. Mucho antes de que Omar Montes apareciera sobre el escenario, el ambiente ya anunciaba que la tarde iba a ser especial. Desde las 16:30 horas, la sesión de DJ Tare fue calentando motores y, poco a poco, la caseta joven comenzó a llenarse de público. La entrada se desarrollaba sin grandes colas. En la puerta, los miembros de seguridad canalizaban los accesos y revisaban bolsos y mochilas. El vidrio no tenía sitio en aquella celebración. Dentro, mientras tanto, el calor seguía apretando y la multitud continuaba creciendo. Niños, niñas, jóvenes y adultos compartían espacio, unidos por una misma espera: la aparición de Omar Montes.
Y a partir de las seis y media llegó el momento. El cantante madrileño subió al escenario entre el júbilo de un público que respondió inmediatamente con aplausos, gritos y una energía que ya no decaería durante el resto de la tarde. En primera fila, algunos de los seguidores más jóvenes levantaban sus pancartas de cartulina. "Súbeme a cantar contigo" podía leerse en una de ellas. Era el deseo de quienes habían llegado hasta allí con la ilusión de vivir el concierto desde dentro del escenario. La primera canción bastó para hacer estallar la caseta. Desde entonces, el ambiente fue creciendo en intensidad y complicidad. Cada tema encontraba una respuesta inmediata entre los asistentes, que conocían las letras y las coreaban prácticamente de principio a fin.
Montes apareció con un vendaje en el brazo derecho. En algún momento, aquello pareció convertirse incluso en un pequeño desafío: el cantante animaba al público a acompañarle con las palmas, mientras él apenas podía hacerlo con su brazo. No importó. Las manos se levantaron igualmente y la respuesta fue unánime. Tampoco necesitó grandes desplazamientos por el escenario. Le bastaban sus canciones, reconocibles desde los primeros acordes, para mantener conectada a una multitud que cantaba, saltaba y respondía a cada gesto. El espectáculo estaba tanto arriba como abajo.
Omar Montes, nacido el 22 de junio de 1988 en Pan Bendito, en el distrito madrileño de Carabanchel, ha convertido precisamente esa mezcla de raíces y modernidad en una de sus principales señas de identidad. Su música fusiona el flamenco tradicional con géneros urbanos como el reguetón, el trap y el hip-hop, una combinación que ha contribuido a convertirlo en uno de los artistas más reconocibles de la música urbana española. Su historia también forma parte de esa identidad. Creció en un entorno humilde y multicultural, donde las dificultades económicas convivieron con una fuerte vinculación a las raíces. La música terminó convirtiéndose en una vía de expresión y en una forma de contar experiencias, recuerdos y vivencias desde un lenguaje propio.
En Melilla, ese lenguaje encontró una respuesta multitudinaria. Llegaron las míticas canciones como "El patio de la cárcel", "El pantalón" y "La sevillana", uno de los momentos más celebrados de la tarde. En esta última, Montes decidió llevar parte del espectáculo al público e invitó a subir al escenario a un grupo de jóvenes para bailar junto a él. Cinco niñas fueron elevadas entre los brazos de los miembros de seguridad para poder alcanzar el escenario. Subieron con una mezcla de emoción y nerviosismo. Alguna lágrima se escapó incluso de sus ojos. Para ellas, aquel instante era mucho más que una canción: era la oportunidad de estar junto al artista al que habían ido a ver.
Desde el escenario, Omar Montes continuó repasando algunos de sus éxitos y canciones que forman parte de su trayectoria, marcada también por numerosas colaboraciones con artistas como C. Tangana, Farruko, Lola Índigo o Las Chuches. Su repertorio, además, se alimenta de versiones y reinterpretaciones de canciones conocidas del repertorio español, adaptadas a su particular manera de entender la música.
Y mientras avanzaba la tarde, la Caseta de la Juventud seguía siendo una sola voz. Miles de gargantas —jóvenes y no tan jóvenes— acompañaron al madrileño, demostrando que sus canciones han conseguido atravesar generaciones y estilos. Entre el calor, las pancartas, los móviles levantados y los coros constantes, Melilla terminó rindiéndose al ritmo de Omar Montes.







