El temporal que ha azotado Melilla durante el fin de semana obligó a tomar decisiones difíciles. La más visible y dolorosa fue la cancelación de la cabalgata de Carnaval, uno de los actos con mayor capacidad de convocatoria y uno de los momentos más esperados por pequeños y mayores. La prudencia, en esta ocasión, debía imponerse a la tradición. La seguridad siempre está por encima de cualquier celebración.
Sin embargo, sería un error reducir el balance del Carnaval a esa suspensión. Porque, pese al viento y la lluvia, la ciudad no renunció a su fiesta. El programa pudo desarrollarse prácticamente en su totalidad, demostrando que cuando existe organización, compromiso y voluntad, ni siquiera la meteorología adversa logra desbaratar meses de trabajo.
Desde el jueves, el escenario del Teatro Kursaal acogió los concursos previstos, con una participación notable y una respuesta del público que estuvo a la altura. Las coplas, el ingenio y el humor encontraron su espacio bajo techo, recordando que el Carnaval es también palabra, crítica y creatividad. El viernes, la gala de adultos volvió a resaltar el esfuerzo que hay detrás de cada propuesta, con fantasías cuidadas al detalle y una puesta en escena fruto de muchas horas de dedicación detrás de los escenarios.
El sábado, el tiempo volvió a condicionar la agenda y obligó a reubicar el concurso infantil. Lejos de suponer un contratiempo insalvable, el aplazamiento al domingo permitió que los más pequeños pudieran disfrutar de su momento. Y lo hicieron con la naturalidad y la alegría que caracterizan a la infancia, ofreciendo una lección de entusiasmo que contagió a todos los presentes.
La cabalgata no pudo recorrer las calles, y esa imagen ausente deja un vacío inevitable. Pero el Carnaval no se sostiene únicamente sobre un desfile. Se construye durante meses en talleres, locales de ensayo y hogares; se alimenta del esfuerzo colectivo y del deseo de mantener viva una tradición que forma parte de la identidad de Melilla.
Este fin de semana, el viento sopló con fuerza. Aun así, la ciudad supo adaptarse sin perder el pulso festivo. El temporal fue un obstáculo, sí, pero no un impedimento. El Carnaval se celebró, con responsabilidad y con convicción. Y eso, en tiempos donde cualquier contratiempo parece suficiente para paralizarlo todo, dice mucho de la madurez y el compromiso de una ciudad que no renuncia a sus raíces.








