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Mujeres

Por Antonio Ramírez
09/03/2025 10:01 CET
Mujeres
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Aún todavía, su pulsión en esa competición que es vivir sigue siendo como jugar con mucha más ocasión en campo contrario. Siguen teniendo que demostrar más en frentes de disputa para hacerse con el mérito y cuando este, tantas veces labrado con dosis de sufrimiento, brilla justamente, se le celebra y reconoce. Mujeres. Ahí, quizás, esté el camino aún por andar, en el que la excepcionalidad homenajeada algún día no sea necesaria porque la justicia social hizo su trabajo, el mérito dejó de tener género.

Mujeres sin recortes, los recortes aún obligados por políticas y conciencia de conciliación y que tan a menudo, por su debilidad, derivan en renuncias. Renuncias que poco tienen que ver con ese principio máximo de igualdad: “El derecho de todos los seres humanos a ser iguales en dignidad, a ser tratados con respeto y consideración a participar sobre bases iguales en cualquier área de la vida económica, social, política, cultural o civil”.

Mujeres fuente de vida y cuidado de la misma, que comparten (o intentan compartir) con los hombres sin tener que desistir a participar, crear y competir, desde su propia voluntad, en una sociedad, aún con algunos roles que se le resisten. Pronunciamientos sin acciones más decididas, a veces, no llegan más que a la corrección y belleza de las palabras.

Alumbrar y criar, venero de la vida y esencia de la sociedad o el cuidado de personas dependientes, más allá de los capítulos inherentes a la naturaleza de la mujer, pese a los avances, no deja de ser un reto inalcanzable para muchas mujeres y su unidad familiar si se quiere conveniar con el desarrollo profesional. Es una realidad palpable. La natalidad se atrasa con consabidas consecuencias y que empiezan por la algo más que sensación de un fracaso intimo con destacada frecuencia. En el ámbito de la conciliación largo es el recorrido que se puede y se debe andar, empresas y administraciones públicas aún tienen mucho que hacer. Fortalecer a la mujer en el círculo privado y en relación con la sociedad es fortalecer a esta misma. Comenzando con el respeto porque en los preludios de su falta, se atisban ya los síntomas del desprecio y, tras ello, la cruel enfermedad de la violencia. Una dolencia que, con compromiso, recursos y educación, es tratada sin duda cada día con la efectividad que le permite el seguir siendo un mal crónico de nuestra sociedad.

Respeto e igualdad de oportunidades son términos equivalentes que por sí solos no significan nada o, en todo caso, conceptos erróneos. El vaivén de algunas ideologías negacionistas que actualmente radicalizan el discurso (y no solo él) en la persecución del voto y por ello el poder, empiedran también el camino hacia una igualdad real, hacia un equilibrio y una justicia social, la disputa sigue estando servida. Abiertamente incluso se persigue desde la teoría y la práctica la inclusión o la diversidad, un campo abonado para el crecimiento de la injusticia. Todo lo que sea combatir lo anterior no es ser de izquierdas o derechas, es ser humano, parte de la civilización correcta. Es esencial la complicidad de los hombres, no basta con la imprescindible sororidad entre mujeres.

La literatura no salva del desvarío, pero lo intenta corregir y sanar de sus malos efectos. Así vino, como otros, un bello poema de la escritora y abogada cubana Dulce Maria Loynaz que dejó palabras y su intención tan claras como estas:

“Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra. Si me quieres, quiéreme negra y blanca, y gris, verde y rubia, y morena…Quiéreme día, quiéreme noche. ¡Y madrugada en la ventana abierta! Si me quieres, no me recortes. ¡Quiéreme toda! ...o no me quieras.”

Tags: igualdadrespeto

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