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Montse Artero, una semilla que echó raíces antes de florecer sobre el escenario

De la confección al escenario, la actriz ha hecho de la creación, el estudio y el cuidado el hilo conductor de una vida entregada al arte y a los demás

por Alejandra Gutiérrez
21/08/2026 13:29 CEST
Montse Artero, una semilla que echó raíces antes de florecer sobre el escenario

Montse Artero, en el montaje de 'Cinco horas con Mario'. de Paco Casaña -Cedida por Artero-


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"Si lo que me estás preguntando es cómo nace mi historia de arte, pues tengo que volverme bastante tiempo atrás", comienza. Montse Artero vuelve la mirada hacia Córdoba, hacia aquella infancia en la que, siendo hija de padres militares, tuvo la oportunidad de estudiar Arte Dramático y, sin embargo, no se atrevió. Había demasiados complejos, demasiadas inseguridades y una vergüenza que entonces parecía tener la última palabra. "A veces nos hace pensar en determinadas cosas que no son para nosotros", reconoce ahora. Ella era una niña que bailaba en casa y convertía a sus padres en su público particular, que dejaba escapar allí, en la intimidad del hogar, todo aquello que no se sentía capaz de mostrar fuera. La posibilidad de formarse en las artes escénicas estuvo delante de ella, pero Montse no cruzó aquella puerta. No fue falta de inclinación artística; más bien al contrario. Quizá precisamente porque ya llevaba dentro demasiado de aquello que años después terminaría convirtiéndose en su forma de vida.

El camino que tomó entonces fue otro. Se hizo modista, estilista y confeccionista de alta costura, y durante años construyó su vida profesional entre telas, patrones, máquinas de coser y encargos. Cuando llegó a Melilla, la tierra de sus padres, fue desarrollando aquí su negocio y comenzó a vestir también a quienes estaban al otro lado del escenario. Las compañías y grupos teatrales empezaron a pedirle confecciones para sus espectáculos; trabajó para escuelas y artistas como Pilar Muñoz, Merche Hurtado, Gonzalo Carmona y Mari Carmen Florido, confeccionó trajes para bailarinas, intérpretes... participando con su oficio en diferentes propuestas de danza, teatro y disfraces. Su actividad profesional también incluía ropa deportiva, indumentaria para colegios y prendas destinadas a empresas de limpieza. Era su trabajo, su manera de ganarse la vida y su forma de aportar al espectro creativo de la ciudad a través de sus manos y su mente. Pero entre aquella actividad aparentemente alejada de la interpretación, estaba construyendo también algo que terminaría siendo decisivo: Montse comenzó a imaginarse dentro de los trajes que confeccionaba.

"Entre prenda y prenda, en cada una de ellas me veía yo", cuenta. Miraba un vestido y no veía únicamente una pieza de vestuario destinado a formar parte del universo de una obra de teatro; imaginaba cómo quedaría sobre un escenario, qué personaje se escondía detrás de él, qué historia podría contar quien lo llevara. Soñaba despierta. Tanto que, como ella misma reconoce, si le hubieran ofrecido el papel para interpretar un árbol, lo habría hecho. La modista estaba ya mirando hacia las tablas mucho antes de pisarlas. Su profesión le había permitido entrar en el universo escénico desde uno de sus márgenes más creativos, y durante años permaneció allí, cerca de los focos pero todavía entre bastidores. Hasta que llegó el momento que llevaba tiempo esperando. Siempre había dicho que cuando se jubilara encontraría espacio para perseguir sus sueños. Pensaba que aquel momento llegaría a los 65 años, pero el desgaste de tantos años utilizando las manos hizo que la jubilación se adelantara. Y entonces decidió que ya no había motivo para aplazar más aquello que llevaba dentro. "A la vida no hay que ponerle fechas", reflexiona ahora.

El primero que terminó de abrirle aquella puerta fue Paco Casaña. Montse ya había confeccionado para sus proyectos en Melilla y durante años le repetía que algún día se subiría con él sobre las tablas. Él le decía que se animara, pero ella todavía tenía que sostener su negocio, atender a sus trabajadores y mantener una actividad profesional que no podía abandonar de un día para otro para dedicar tiempo a ese sueño. Un buen día, el tiempo permitió que se produjera ese contacto con el escenario; directamente ella, no su vestuario. "Llegó el momento. Y me fui. Y Paco apostó por mí", relata. Casaña la incorporó a la compañía IV Recinto y junto a ellos, comenzó a ponerla sobre las tablas, hasta convertir aquella antigua aspiración en una realidad.

Montse entró en escena con una intensidad que se corresponde con la manera en que aborda cada cosa que emprende. Uno de sus grandes retos fue Cinco horas con Mario, una obra para la que trabajó durante cerca de seis meses y que coincidió con una etapa especialmente exigente de su vida, mientras cuidaba a su madre. Salía por las mañanas, llegaba a los ensayos con los ojos pegados por el sueño y regresaba después a sus obligaciones para, de nuevo, sumarse a los ensayos. Cuando llegaba la noche, en lugar de descansar, estudiaba. Hacía borradores, repetía, memorizaba. Estudiaba una y otra vez porque había algo que tenía muy claro: no podía salir mal. El día de la representación, Paco Casaña, recuerda Artero, estaba nervioso; ella terminó tranquilizándole. "No estoy nerviosa, pero tú me estás poniendo", recuerda con cariño. Después llegó la reacción del público y una ovación de casi cinco minutos que Montse recuerda con mucha emoción.

Con El diccionario de María Moliner volvió a enfrentarse a otro desafío de enorme intensidad. Allí el teatro se mezcló todavía más con su propia vida: interpretar a un personaje sentado en una silla de ruedas y con cierta distorsión en la menta. Aquel papel le hizo sentir que entraba, de algún modo, en la piel de su madre, a quien había cuidado durante años. Aquella experiencia condensaba buena parte de lo que ha sido su recorrido: el cuidado, el aprendizaje, la observación y la capacidad de convertir lo vivido en materia artística. Su madre no fue únicamente una persona a la que cuidar. Fue también quien le enseñó a escribir y a adquirir valor. Durante aquellos años, Montse escribió poesía, comenzó a desarrollar libros y acumuló obras y proyectos que todavía conserva. La mujer que no se atrevió a estudiar interpretación de joven terminó formándose por otros caminos, acumulando cursos y másteres en artes escénicas, dramaturgia, rodaje y locución, y continuando todavía hoy con sus estudios.

 

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Estudiar, para Montse, no es una etapa que haya quedado atrás al comenzar a actuar. Es casi una manera de vivir. Ahora continúa con su formación en Dirección de Arte y con un máster de Arte Dramático en modalidad online. Su relación con el aprendizaje tiene que ver con la necesidad de comprender aquello que hace. Por eso insiste tanto en el estudio del texto, en conocer el contexto y en entender al personaje desde dentro. Cuando interpreta, no quiere limitarse a aprender unas palabras. Quiere saber por qué las dice, cómo debe decirlas, qué ocurre con el cuerpo mientras las pronuncia y qué sucede incluso cuando permanece callada. "Hasta guardar silencio es importante", afirma. Lo descubrió especialmente en Fuenteovejuna, la última obra en la que ha formado parte este verano junto a Ceres Machado, donde formó parte del pueblo sin pronunciar una sola palabra. Allí todo dependía de la expresión, del gesto, de la presencia y de la capacidad para estar dentro de la escena sin necesidad de tener texto. Para Montse, no existe un papel pequeño, todo forma parte del mismo camino y requiere el mismo respeto, atención y cuidado.

Ese principio atraviesa también su forma de construir personajes. Se lanza, lo da todo y después acepta las correcciones de los directores. Es consciente de que hay personajes que le cuestan más que otros y no siempre sale de un trabajo convencida de haber alcanzado aquello que buscaba. Le ocurrió con la interpretación de la reina de Inglaterra, un personaje que le exigió un esfuerzo especial y del que ella misma reconoce no haber quedado completamente satisfecha. Sin embargo, quienes la rodeaban encontraron en aquella interpretación elementos que ella no veía. Esa contradicción forma parte también de su carácter: es exigente, inconformista y capaz de detectar sus propios fallos antes incluso de que se los señale un director. Y, al mismo tiempo, tiene una enorme capacidad para disfrutar del proceso. Ama el teatro, ama la interpretación, incluso cuando ella es espectadora siente la fuerza de lo que ocurre sobre el escenario y celebra junto a los compañeros de profesión el resultado final de un trabajo enorme que hay detrás de cada función.

Esa entrega se extiende más allá de la interpretación. Montse canta como soprano en la Escuela Municipal bajo la dirección de María del Carmen Gálvez, ha formado parte del coro rociero y ha colaborado con distintas compañías y proyectos. Su vínculo con el escenario no es exclusivo. Está en la voz, en el cuerpo, en el vestuario, en la escritura, y en la capacidad de imaginar una escena antes de que exista. De hecho, cuando escribe, suele comenzar por una imagen. "Lo primero que hago es un cartel". La imagen le ayuda a descubrir qué quiere contar y, desde ahí, empieza a construir. Su formación como diseñadora y confeccionista vuelve a aparecer en la dramaturgia: antes de que exista el texto, ya existe una atmósfera, una forma, una idea visual.

Su manera de trabajar también parte siempre de la raíz. Para una propuesta desarrollada junto a Fundación Melilla Ciudad Monumental en el Mercado Medieval, estudió, junto a otros compañeros, las murallas y todos los elementos que componían el espacio: las piedras, el suelo, el escudo, el cañón. No quería limitarse a contar una historia sobre aquel lugar; querían comprenderlo desde sus cimientos para poder transformarlo después en relato. "Me gusta la base, imagínate una semilla que echa raíz antes de aparecer por la tierra", explica. Es una definición que sirve tanto para su dramaturgia como para su interpretación y, en realidad, para buena parte de su trayectoria. Montse necesita ir al fondo antes de salir a la superficie.

De esa necesidad de crear nace también Coloquio Teatro, la asociación que ha puesto en marcha para dar forma a algunas de las ideas que llevaba tiempo acumulando. El proyecto surge con la vocación de abrir caminos, buscar nuevas formas de hacer cultura y generar espacios en los que el público pueda encontrarse con el teatro desde otros lugares. Melilla es el primer territorio al que quiere llegar, aunque la asociación tiene vocación nacional y ya mira hacia otras ciudades. Dentro de ese universo ocupa un lugar especial "Las mil sonrisas", un proyecto pensado para llevar espectáculos, color y alegría, especialmente a los más pequeños, pero también a los adultos que los acompañan. Porque Montse no quiere limitar la experiencia a los niños. Quiere que los padres, los tíos y los abuelos también vuelvan a casa habiendo reído. "Yo creo que ya la vida tiene muchísimo sinsabor", dice. Su respuesta a ese sinsabor es el escenario y la alegría.

Por eso quiere llevar Coloquio Teatro a los barrios, acercarlo a la gente y, sobre todo, dar oportunidades a quienes sienten que tienen algo que ofrecer pero no se atreven. Ha encontrado personas que le dicen que les encantaría participar, pero que les da vergüenza o no tienen tiempo. Y su respuesta siempre es la misma: hay que empujarlas. Ella conoce bien ese miedo porque lo llevó consigo desde niña. Sabe lo que significa sentir que algo no está hecho para una y también sabe que, a veces, lo único que hace falta es que alguien diga: ven, aquí tienes espacio. En ese sentido, su proyecto tiene una dimensión que va más allá del espectáculo. También busca despertar vocaciones, sacar de casa a quienes esconden su creatividad y construir una comunidad alrededor del arte. Reconoce que en Melilla existe mucha creatividad, mucho arte, mucho brillo en las personas y cultura. A veces solo necesitan oportunidades y manos tendidas para dar un paso al frente.

En su camino, Montse sigue contando con las compañías y personas que han formado parte de su recorrido. Habla de Paco Casaña con especial cariño y asegura que, si él la necesita, allí estará. También menciona a Sibila y a otros compañeros de la escena melillense. Su compromiso no parece depender de ocupar un lugar concreto. Puede actuar, ayudar, confeccionar, escribir o ponerse al servicio de una producción. El escenario, para ella, es colectivo. Lo importante es que funcione el conjunto. Esa concepción explica también por qué reivindica con tanta fuerza los papeles sin texto, los gestos y todo aquello que sucede alrededor de quien pronuncia las palabras. El teatro es una maquinaria en la que cada pieza importa.

Y, mientras todo eso ocurre, su vida continúa a un ritmo que difícilmente permite hablar de pausas. Montse no para. Estudia, escribe, ensaya, prepara proyectos, atiende a su asociación, ayuda a sus compañeros y cuida de los suyos. Su madre ha ocupado un lugar fundamental en esa historia de cuidado y aprendizaje, y ese mismo sentido de responsabilidad se extiende hoy a su vida cotidiana. Sus mañanas comienzan antes de que aparezcan los primeros rayos de sol. En su entorno doméstico convive con caballos, yeguas, patos, gallinas y ganado, además de un huerto del que obtiene parte de los alimentos con los que atiende a los animales. Antes de que comience el movimiento del día, ya está trabajando. Hay tierra, hortalizas, animales, tareas domésticas y seres queridos que atender. Y sobre todo ello, aparece el teatro.

Es difícil separar en ella unas facetas de otras porque todas parecen alimentarse mutuamente. La mujer que cuida de los animales es la misma que cuidó de su madre; la confeccionista que durante años vistió a los actores es la misma que ahora se pone delante de un público; la niña que bailaba para sus padres es la misma que hoy puede emocionarse hasta las lágrimas viendo un espectáculo; la estudiante que llena sus noches de apuntes y borradores es la dramaturga que busca una imagen antes de escribir una escena. Todo parece formar parte de una misma corriente.

Artero no llegó por el camino previsto a postrarse sobre un escenario. Llegó a través de las telas, del cuidado, del estudio, de la insistencia y de una vida en la que nunca dejó de crear y amar esa profesión. Y ahora, a sus 62 años, todavía tiene demasiadas cosas en la cabeza como para detenerse. Sigue llamando a puertas, planteando proyectos, viviendo con intensidad cada cosa que hace en su vida. Y, cuando llegue la mañana siguiente, mucho antes de que el sol termine de desprender sus primeros rayos, volverá a estar allí, ocupándose de su huerto y preparando los alimentos para sus animales. Después vendrá todo lo demás. Porque en la vida de Montse Artero el escenario no está separado de la tierra: nace de la raíz que sostiene cada personaje y cada historia.

Tags: Montse ArteroTeatro melillense

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