Miércoles 22 de abril, el día en que Melilla se llenó de mundo

La llegada simultánea de dos cruceros, con más de 4.000 pasajeros de distintos continentes, transforma el centro de la ciudad autónoma en un hervidero de idiomas, compras y escenas cotidianas marcadas por la hospitalidad melillense

Era miércoles, sí, pero no uno cualquiera. Era el día en que la ciudad iba a ponerse a prueba frente al mundo. Y el mundo, esta vez, venía en forma de dos cruceros. Bastaba con poner un pie en el centro para notar que algo distinto flotaba en el aire, como si la ciudad se hubiese sacudido la rutina de un plumazo y se hubiese vestido (literalmente) para la ocasión. Y es que no todos los días desembarcan más de 4.000 personas casi a la vez, ni mucho menos lo hacen desde dos gigantes del mar como el Norwegian Dawn y el Azamara Quest, que han convertido el puerto melillense en una puerta de entrada al mundo.

A primera hora de la mañana, el centro ya no era solo de los melillenses. Era de todos. De los que hablaban inglés con acento de Texas, de los que se movían en francés, de los que consultaban mapas en alemán o en italiano, de los que mezclaban idiomas con la naturalidad de quien mezcla colores en una paleta.

Sombreros de paja, camisetas de “Port Melilla”, gafas de sol de todos los tamaños y alguna que otra combinación imposible de chanclas con calcetines componían un mosaico humano un tanto pintoresco.

Pero si algo ha definido la jornada no ha sido solo la cantidad, sino la manera. Melilla no se ha limitado a recibir. Se ha volcado. Y eso se notaba en cada esquina.

Las calles General Chacel, General O’Donnell y General Pareja parecían un río continuo de gente, pero también de oportunidades. La feria outlet había sacado literalmente las tiendas a la calle. Percheros, mesas, cajas y expositores ocupaban las aceras en una especie de mercadillo improvisado pero perfectamente organizado, donde el comercio local se mostraba sin escaparates de por medio, cara a cara con el visitante.

Los comerciantes no esperaban dentro. Salían fuera, llamaban, ofrecían, negociaban. Y los cruceristas respondían. Tocaban las telas, preguntaban precios, se probaban gafas, regateaban con una sonrisa. La feria se mantuvo abierta de manera ininterrumpida durante toda la jornada, como una invitación constante a detenerse, curiosear y, por supuesto, comprar. Y compraban. Vaya si compraban.

A pocos metros, en el número 11 de la calle General Pareja, la Asociación Nana aportaba otra dimensión al bullicio. Desde las nueve de la mañana, su propuesta artística rompía con el ritmo puramente comercial para introducir algo más profundo. Bajo el lema “El arte nos salvará”, el grupo desplegaba música, teatro y emoción en plena calle.

Niños, niñas y jóvenes en riesgo de exclusión social encontraban allí un escenario, pero también una voz. Cada gesto, cada canción, cada intervención tenía algo de reivindicación y de esperanza. Algunos turistas se detenían sin entender del todo el idioma, pero comprendiendo perfectamente la emoción. Otros dejaban monedas en la caja solidaria. Muchos grababan. Todos, de una forma u otra, participaban.

Mientras tanto, los bares, restaurantes y cafeterías vivían su particular prueba de resistencia. No quedaba una mesa libre. Ni una. Las terrazas estaban desbordadas, las barras llenas, los camareros multiplicándose como podían entre comandas, idiomas y prisas.

Había escenas que lo resumían todo. Un camarero intentando explicar un plato a base de gestos, un turista asintiendo sin entender pero confiando, ambos riendo al final del intercambio. La hospitalidad, esa palabra tan repetida, cobraba aquí una forma tangible. Y los visitantes lo notaban.

De hecho, era un comentario recurrente. Más allá de la belleza (que también), lo que más destacaban muchos cruceristas era el trato. “Very friendly”, repetían algunos. “So kind”, insistían otros. Melilla les sorprendía. Esperaban, según confesaban, una ciudad más tranquila, quizá más apagada. Y se encontraron justo lo contrario. Una ciudad viva, preparada, volcada en hacerles sentir parte de ella, aunque solo fuese por unas horas.

Y luego estaba el descubrimiento.

Porque Melilla, para muchos de estos viajeros llegados de Estados Unidos, Europa, Latinoamérica, Asia o Australia, era casi una desconocida. Y de pronto aparecía el modernismo, con sus fachadas imposibles y sus detalles caprichosos; aparecía Melilla la Vieja, con su historia en piedra; aparecía, inesperada y contundente, la plaza de toros, que se convertía en uno de los puntos más fotografiados del día.

Los autobuses lanzadera de la COA funcionaban como arterias que conectaban el puerto con el corazón de la ciudad. Diez vehículos en constante movimiento, con paradas en la Puerta de la Marina y la Plaza de España, además de un servicio específico hacia la plaza de toros, facilitaban que el flujo no se detuviera.

Todo estaba lleno. Pero no era una saturación incómoda. Una ciudad pequeña, sí, como reconocían muchos visitantes, pero también (y esto lo decían con sorpresa) muy bonita.

Era, en cierto modo, un ensayo general. Una prueba de funcionamiento de un modelo turístico que aspira a consolidarse. Y si había nervios, no se notaban. Lo que se veía era una ciudad que, por un día, se había abierto al mundo sin complejos.

Quizá mañana todo vuelva a su ritmo habitual. Quizá las calles recuperen su cadencia conocida, los comercios vuelvan a sus escaparates y los camareros respiren con algo más de calma. Pero algo habrá cambiado.

Porque hoy Melilla no solo ha recibido turistas. Se ha mostrado. Y, a juzgar por las miradas, las risas y las bolsas llenas, ha gustado.

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