Opinión

Memoria del corazón y de la razón

Son fechas de recuerdo de difuntos en nuestra vida de costumbre, en el ámbito coloquial, de nuestros muertos; de quienes un día, por una u otra razón, se apearon de este tren en marcha que es la vida y que, aunque a veces transite por parajes en calma, está preñada de emociones y sentimientos que ahora vuelven a aflorar, se renuevan. Se acude a la memoria callada o a los cementerios, que no son lugares de pena, sino de silencio, reposo y orden dotados de su peculiar belleza. La pena afluye a su encuentro.

Días en los que al ejercitar la memoria alimentamos su importancia en lo que acontece en el existir, en la vivencia diaria tan punzada de acontecimientos. Al igual que hay personas a las que no olvidar, hay hechos que es necesario recordar. El bien se nutre de la experiencia y el mal, el mal del olvido y de ahí a la indolencia y posterior lamento.

Memoria para hacer justicia con los sentimientos hacia quienes realmente añoramos, más allá de lo institucional o estandarizado. El tiempo pasa y pesa; la memoria, el recuerdo sincero y objetivo ayuda a portar el bagaje que, aún con dosis de melancolía y nostalgia, es una mano cierta y certera para asir el equipaje.

La memoria permite y ayuda a recordar de dónde venimos, hacia donde vamos y como hemos evolucionado. La remembranza de la verdad siempre reparará. La memoria sana, cura, a veces molesta y otras incluso hiere, pero siempre restaura. La perspectiva que el tiempo en su transcurrir ofrece, cuando hay veracidad, siempre se concilia con el reconocimiento y la justicia.

La memoria está hecha de cicatrices, son su piel, se aprovechan o se desprecian, pero siempre recuerdan. Conviene que la memoria sea objetiva, ecuánime, no por el contrario, selectiva, En su amplitud, se avanza hacia la verdad y por ello a la realidad. Hoy, el presente, es de herida abierta también. De una herida ocasionada por la fatalidad de un accidente ferroviario, de vidas arrebatadas cruel y anticipadamente. Una terrible fatalidad que se alimenta del error, lo improbable, lo imponderable y, también, en lo extraño por inexplicable. Decenas de personas de la diversidad no han llegado a su destino, que ha sido arrebatado, su rutina desprendida. Cayeron en el abismo del fin de la vida o, en su caso, el deterioro difícil de reparar. Sus vidas, truncadas en Los Yébenes de Toledo, merecen el respeto de su duelo, la compasión por el dolor ajeno al convertirlo en empatía, la claridad de lo sucedido en aras del futuro y la asunción de responsabilidades. Todo eso y nada sobra, sobra la especulación, venga de donde venga, que es experta en ahondar el daño y la ignominia. Sin abonar ese sincretismo que deviene de la lógica tristeza, rabia y dolor y que puede llevar a la sensación de vulnerabilidad, a la parálisis y el conformismo.

El escritor Eduardo Mendoza determinó que “la memoria es como un reloj de arena, que deja caer el pasado en pequeñas gotas hacia el presente. El pasado es como una herida que no termina de cicatrizar, pero que nos hace quienes somos”. Quizás no se deba obstruir el conducto y que los recuerdos fluyan, aun lentamente para que las heridas recuerden que el mal que supone el abuso no se debe banalizar ni despreciar. La evocación es dosis de sanación.

En fechas en las que reforzamos la memoria, sobre todo de aquellas personas que por diferentes motivos son parte de nuestra vida, es un buen momento para no olvidar recordar que lo único que no puede repararse es la vida, que no vuelve. Memoria del corazón y memoria de la razón.

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