EFE/Ismael Herrero
"Si a un policía, a un guardia civil o a un bombero le quitas el uniforme, te encuentras con una persona normal, como las que iban en el tren", explica Juan Manuel Fernández, miembro del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Catástrofes (GIPEC) del Colegio de Psicólogos de Melilla.
En un accidente ferroviario como el de los trenes de Urda, los profesionales de emergencias se enfrentan a escenas duras, pérdidas humanas y momentos en los que, pese a todos sus esfuerzos, no siempre es posible salvar una vida.
La experiencia y la preparación ayudan, pero no garantizan que una intervención de estas características no deje huella. De hecho, hay circunstancias personales que pueden hacer que una escena afecte especialmente a un profesional.
"Hay un factor que es tu propia vida, es decir, el momento vital en el que te encuentras. Si tienes un hijo pequeño y de pronto tienes que sacar a un niño que se ha ahogado, pues te va a impactar más. A pesar de toda la experiencia que tengas, te puede afectar", señala.
Las primeras reacciones pueden aparecer justo después de terminar el trabajo. Temblores, imágenes que vuelven una y otra vez a la cabeza, dificultades para dormir o problemas para hablar de lo ocurrido. Son respuestas que pueden formar parte de un trastorno de estrés agudo y que, en muchos casos, van desapareciendo con el paso de los días.
El problema llega cuando esos síntomas no remiten y se mantienen en el tiempo. Es entonces cuando puede desarrollarse un trastorno de estrés postraumático. Por eso, el psicólogo considera fundamental que los servicios de emergencias cuenten con mecanismos de apoyo psicológico una vez finalizada la intervención.
Entre ellos están los debriefings, reuniones en las que los profesionales pueden compartir lo vivido y expresar las emociones que han experimentado durante el servicio.
Y es que no todo es negativo. Fernández recuerda que ayudar a otra persona también puede convertirse en una experiencia muy gratificante. Conseguir que alguien salga con vida, atender una herida o acompañar a una víctima en sus últimos momentos puede reforzar la autoestima y la sensación de que el trabajo realizado tiene sentido.
Como ejemplo, menciona la imagen de un guardia civil que, durante la intervención del accidente en Urda, permaneció junto a la única mujer que salió con vida del vagón ocho, le cogió de la mano y trató de tranquilizarla. Al profesional se le saltaban las lágrimas. Una reacción que, según Fernández, demuestra que detrás de la actuación policial también hay emociones.
Pero ¿cómo se prepara mentalmente a alguien para enfrentarse a una situación así? Para Fernández, la formación es una de las claves. Quienes eligen estas profesiones suelen tener una vocación de ayuda que ya supone un punto de partida.
Sin embargo, no basta con aprender a apagar un incendio, rescatar a una persona de un vehículo o atender una herida. También hay que saber reconocer las propias reacciones emocionales. El psicólogo defiende que los profesionales reciban formación para identificar cuándo están sufriendo un nivel de ansiedad o estrés que supera lo habitual.
A esto se suma otra cuestión que considera esencial: la comunicación. Saber acercarse a una víctima, escucharla, cogerle de la mano o explicarle que hay personas trabajando para ayudarla puede marcar la diferencia.
"Todo este trabajo tiene que ir acompañado de una comunicación afectiva con la persona", apunta. Una preparación que, según lamenta, todavía tiene poco peso incluso en algunas profesiones, donde no siempre se enseña cómo comunicar malas noticias o acompañar emocionalmente a alguien que acaba de sufrir una tragedia.
Hay profesionales que, aparentemente, terminan una intervención sin mostrar signos de malestar. Pero eso no siempre significa que hayan conseguido gestionar lo ocurrido.
"No lo han gestionado bien, se lo han tragado", advierte Fernández. En ocasiones, intentan evitar cualquier recuerdo relacionado con el accidente, dejan de hablar con sus compañeros, se aíslan o recurren al alcohol y a los fármacos para adormecer las emociones.
El problema es que ese malestar no desaparece por ignorarlo. Se acumula y puede terminar pasando factura tiempo después.
Por eso, su mensaje para quienes han participado en el accidente de Urda es de agradecimiento. Les pide que no midan su trabajo únicamente por las vidas que han conseguido salvar. También deben recordar que estuvieron allí cuando otras personas necesitaban ayuda. "Su trabajo siempre sirve y es importantísimo".
Fernández va más allá y defiende que la preparación ante las emergencias debería extenderse a toda la sociedad. Considera que los colegios tendrían que ofrecer formación en primeros auxilios y deberían practicarse de manera periódica para no olvidarlas.
Porque las emergencias no avisan. Un día puede ser un accidente ferroviario, otro una inundación, un incendio o una catástrofe natural. Y cuando llega ese momento, saber cómo actuar puede marcar la diferencia. También para quienes, bajo un uniforme, tienen que enfrentarse a lo ocurrido sin dejar de ser personas.
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