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Medio siglo después, el IES Enrique Nieto vuelve a reunir a su primera promoción

El instituto celebra sus 50 años con un emotivo reencuentro de antiguos alumnos, recuerdos compartidos y un homenaje a quienes construyeron su historia desde las primeras aulas de 1976

Por Alejandra Gutiérrez
01/11/2026 18:48 CET
Medio siglo después, el IES Enrique Nieto vuelve a reunir a su primera promoción

Antiguos alumnos durante el acto este domingo. -AGC-

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El reloj marcaba las 10:30 de la mañana y las puertas del IES Enrique Nieto permanecían cerradas, casi como en un domingo cualquiera. En la fachada, una cartela parecía resumir, con una frase y su punto final, el sentido de toda una trayectoria: "La educación nos hará libres." A su lado, el nombre del instituto y una fecha: "Desde 1976". Un poco más abajo, una pancarta anunciaba la efeméride. Cincuenta años habían transcurrido desde que el centro abrió sus puertas y, aquella mañana, la historia regresaba en forma de rostros, nombres y recuerdos.

Poco a poco, la calle comenzó a llenarse de antiguos alumnos. Llegaban en solitario, acompañados o en  pequeños grupos y enseguida se reconocían entre saludos, abrazos, besos y conversaciones que parecían retomarse justo donde habían quedado. "Buenos días" se repetía entre sonrisas y alguna expresión de sorpresa. Los años habían cambiado los rostros, habían dejado su huella en las miradas y en las voces, pero los nombres de pila seguían intactos. Aquellos nombres que medio siglo atrás comenzaron a entrecruzarse en las aulas del Enrique Nieto continuaban encontrando su sitio en las conversaciones. Era una mañana para hablar de los años transcurridos, de los que se compartieron y de las vidas que cada uno había construido después. Tal vez algunas amistades habían resistido intactas el paso de las décadas; otras quizá habían quedado suspendidas en aquella adolescencia, esperando una ocasión como esta para volver a encontrarse.

Pasadas las diez y media, las puertas comenzaron a abrirse desde el interior. La espera en la calle dio paso al tránsito hacia el vestíbulo, donde el bullicio de los reencuentros encontró un nuevo escenario. Al poco tiempo, algunos avanzaban hacia el salón de actos, mientras otros se desviaban por los pasillos y se acercaban a los cristales de las puertas de las aulas. Asomaban la cabeza hacia el interior, como si buscaran en aquellos espacios alguna señal que les permitiera reconocerse de nuevo en su interior. Quizá una ventana, un rincón o la disposición de las mesas bastaban para despertar una imagen del tiempo transcurrido. Eran lugares que habían habitado mucho tiempo atrás y que, sin embargo, seguían ocupando un espacio en su memoria. En aquel recorrido, cada puerta podía convertirse en una pequeña entrada al pasado.

Una vez reunidos los asistentes, comenzó el acto conmemorativo. El director del IES Enrique Nieto, Joaquín Carrillo Gracia, tomó la palabra para dar la bienvenida a quienes regresaban a un centro que también era suyo. Antes de adentrarse en la historia del instituto, quiso detenerse en el recuerdo de Lola Valverde Martínez, fallecida el viernes anterior. Sus primeras palabras estuvieron dedicadas a quien definió como un ejemplo de lo que debe ser un buen docente: vocación, empatía, trabajo, dedicación al alumnado, especialmente al más vulnerable, sensibilidad, ternura y compañerismo. Carrillo aseguró que quienes la habían conocido no la olvidarían y anunció que el centro le rendirá un homenaje durante este curso, con la intención de que su memoria permanezca también para las generaciones venideras. Asimismo, trasladó a su familia las condolencias de toda la comunidad educativa.

El director quiso hacer extensivo ese sentimiento de pertenencia a quienes habían sido alumnos del instituto. Aunque hubieran transcurrido cincuenta años, señaló que los antiguos estudiantes seguían formando parte de esa comunidad educativa. Después, dio las gracias a los integrantes de la primera promoción por regresar y participar en una celebración que suponía el inicio de los actos previstos a lo largo del curso.

En su recorrido por los orígenes del centro, recordó que nació como Instituto Nacional de Bachillerato Mixto número 2 y que en 1981 pasó a denominarse Enrique Nieto. Incluso hubo distintas propuestas para elegir su nombre, entre ellas la de John Lennon, hasta que la sugerencia de bautizarlo con el nombre del arquitecto encontró un consenso que terminó por imponerse. También ofreció algunas cifras que permiten medir la transformación experimentada durante estas cinco décadas. De los aproximadamente catorce profesores y 262 alumnos de sus comienzos se ha pasado a un claustro de más de 120 docentes y una comunidad escolar que ronda los 1.300 estudiantes, después de haber llegado a alcanzar los 1.600. Un crecimiento que también se refleja en el propio edificio, muy distinto al de aquellos primeros años. Carrillo reconoció que el instituto necesita una renovación integral, por tratarse de un centro antiguo, aunque aseguró que se trabaja para mantenerlo en las mejores condiciones posibles con los recursos disponibles.

No olvidó agradecer el trabajo de todas las personas que habían hecho posible la celebración, desde quienes participaron en el diseño del encuentro hasta quienes se ocuparon de preparar la placa conmemorativa. Detrás de cada detalle, recordó, hay esfuerzo y dedicación. Su bienvenida cerró con una invitación sencilla: regresar a casa y disfrutar del reencuentro.

La jornada en fotos

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A continuación, el cronista oficial de Melilla, Antonio Bravo, tomó la palabra. Su intervención, apoyada en imágenes proyectadas en la pantalla, propuso un viaje por el contexto histórico, tecnológico, político y cultural de 1976. Antes de comenzar, recuperó una anécdota de otro encuentro celebrado veinticinco años atrás en el mismo lugar, cuando también le encargaron una conferencia. Entonces, alguien se acercó para preguntarle cuánto tiempo iba a durar. Respondió que una hora, aunque tenía previsto hablar solamente quince minutos. El público se acomodó pensando que tendría que escuchar una larga exposición y, cuando terminó mucho antes de lo anunciado, recibió uno de los aplausos más intensos de su vida. No tanto por la conferencia, bromeó, sino por su brevedad. Una pequeña historia que sirvió para anticipar el carácter conciso de su intervención.

Bravo situó a los asistentes en aquel año de 1976, cuando el país comenzaba a recorrer una transformación política decisiva. Recordó el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, el 3 de julio, y la aprobación de la Ley para la Reforma Política, que abrió el camino hacia la transformación democrática. También se detuvo en algunos acontecimientos tecnológicos y culturales que marcaron aquella época, desde los avances de la exploración espacial hasta la cultura popular y el cine. Entre las referencias cinematográficas aparecieron Rocky y Novecento, dos películas que evocaban, desde perspectivas muy distintas, una época que muchos de los presentes habían vivido en primera persona.

La mirada se trasladó después a Melilla y a los alrededores del instituto, cuando el entorno todavía tenía una configuración muy diferente a la actual. Las imágenes permitieron reconocer la evolución de un espacio que terminaría integrándose en un conjunto educativo más amplio, junto a otros centros e instalaciones. Entre las fotografías hubo también lugar para una de esas escenas que permanecen vivas en la memoria de quienes estuvieron allí: la nevada que sorprendió a la ciudad. Bravo recordó cómo aquel día los alumnos se lanzaron al patio, desbordados por la excepcionalidad del acontecimiento, mientras los profesores contemplaban la escena sin apenas posibilidades de recuperar la normalidad de las clases. Una imagen que provocó, sin duda, el reconocimiento de quienes vivieron aquella experiencia.

La intervención concluyó con una referencia al trabajo que sigue desarrollándose en el instituto y al compromiso de su claustro, enlazando aquella historia con el lema que preside el centro: la educación como camino hacia la libertad. Tras sus palabras, Joaquín Carrillo anunció que los asistentes podrían visitar posteriormente la exposición de cartelería, coordinada por Bravo, preparada para la ocasión, con materiales que permitían continuar ese recorrido por la memoria.

Llegó entonces uno de los momentos más vinculados a la emoción del recuerdo. Jorge Antón, hijo de José María Antón y María Teresa Jornet, ambos directores del centro durante sus primeros años, ofreció una intervención de tono lírico y poético. Antes de comenzar, recogió incluso una propuesta que algunos antiguos alumnos habían comentado el día anterior: que el instituto llevara el nombre de José María Antón. Una sugerencia que encontró respuesta en la mesa institucional, donde el consejero de Educación, Miguel Ángel Fernández, manifestó su disposición a estudiar posibles fórmulas para honrar su memoria.

Jorge Antón construyó su intervención desde una doble mirada, la del antiguo alumno y la del profesor que conoce desde dentro la responsabilidad de educar. Para preparar sus palabras, explicó que había acudido al proyecto de dirección de Joaquín Carrillo, profesor de Lengua Castellana y Literatura, como lo fueron también sus padres. Desde aquella referencia abordó la identidad de un instituto que, en sus comienzos, fue concebido como un espacio de libertad, sin rejas, donde el pensamiento pudiera desarrollarse y cada estudiante encontrara la posibilidad de construir su propia identidad.

Su evocación regresó a 1976, en un país que estrenaba una nueva etapa democrática y en el que la educación también vivía un proceso de transformación. Recordó los comienzos del centro, con catorce profesores y 262 alumnos, y relacionó aquel proyecto educativo con los principios de la Institución Libre de Enseñanza y el pensamiento pedagógico de Francisco Giner de los Ríos. La libertad de conciencia, la razón, la dignidad humana, el pensamiento crítico, la igualdad entre chicos y chicas y una formación integral eran algunos de los principios que ayudaban a entender el espíritu de aquella experiencia educativa.

Pero su discurso no se quedó en las ideas. También recuperó las vivencias concretas que dieron forma a aquellos años: el grupo de teatro, las representaciones, las excursiones y las actividades que permitieron que el instituto fuera mucho más que un lugar al que acudir para recibir clases. Recordó especialmente el grupo de teatro, por el que pasaron muchos de los alumnos, y las salidas que les llevaron incluso a Marruecos, con representaciones en Tánger y Alhucemas. Experiencias que, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en parte de una memoria compartida.

En ese recorrido, Jorge Antón encontró también un espacio para el presente. Aludió al grupo de WhatsApp en el que los antiguos compañeros han recuperado el contacto y que se ha convertido en un lugar de reencuentro, donde cada mensaje parece devolver algo de aquella ilusión compartida. Una conversación que ha atravesado las décadas y que ahora encontraba su expresión física en aquel salón de actos.

Su reflexión desembocó en una frase que resumía la huella de aquellos años: "Nos llenaron los bolsillos de palabras y nos echaron a hablar". Una expresión que vinculó con unas palabras de su hermana Alejandra, también antigua alumna del instituto y presente en el encuentro. La palabra, la cultura y la educación aparecieron así como elementos que habían acompañado a toda una generación mucho después de abandonar las aulas.

La parte final de su intervención adquirió un carácter especialmente íntimo al recordar a sus padres, José María Antón y María Teresa Jornet, fallecidos pocos meses después de aquella última representación teatral de 2017. Jorge Antón evocó entonces unos versos de Juan Ramón Jiménez, de su poema El viaje definitivo, en una despedida poética que hablaba de la permanencia de la vida, de la naturaleza y de aquello que continúa cuando uno ya no está. La memoria familiar se fundió así con la memoria del instituto, en un instante en el que la historia colectiva encontraba un rostro y una emoción personales.

El director agradeció aquellas palabras y reivindicó también la trayectoria de José María Antón, su esfuerzo y su dedicación al centro hasta el último momento de su vida profesional. Después, introdujo otro de los momentos más singulares de la jornada: un encuentro entre generaciones que iba a tomar forma a través de Darío Hoyo Vega, alumno de primero de ESO, acompañado por su amigo Javier Riolobos.

Darío comenzó aclarando que no pertenecía a la primera promoción, como algunos podían haber pensado, sino a la quincuagésima. Su presencia allí tenía, sin embargo, una razón muy especial. Su abuelo había entrado en el instituto precisamente en 1976, junto a los alumnos que aquel día celebraban sus cincuenta años de historia. Su padre también había pasado por el centro tres décadas atrás, al igual que su madre, su abuela, sus tías y, próximamente, su hermano. Una familia entera vinculada a las aulas del Enrique Nieto.

Contó que antes de comenzar el curso estaba algo nervioso y que las historias de su familia, especialmente las de su abuelo, le habían ayudado a imaginar cómo sería el instituto. Le había hablado de un ambiente extraordinario, de la cercanía entre alumnos y profesores y de una vida escolar que continuaba incluso los fines de semana, cuando algunos regresaban para hacer teatro, celebrar fiestas o bailar. También le había contado que donde hoy se encuentran algunas aulas existió una especie de sede social en la que se reunían los estudiantes.

Darío escuchaba aquellas historias con la curiosidad de quien descubre que un lugar cotidiano para él fue, décadas atrás, el escenario de experiencias fundamentales para otra persona. Su abuelo le había dicho que aquella había sido una de las mejores épocas de su vida, sobre todo porque allí conoció a los amigos que conservaría para siempre. Y también porque allí conoció a su abuela, el amor de su vida.

El joven no pudo evitar introducir una nota de humor al hablar de aquella historia de amor. Él todavía tenía seis años de instituto por delante para encontrar, quizá, a alguien con quien compartir una experiencia semejante. Pero más allá de la broma, su intervención dejó una reflexión especialmente emotiva: esperaba que dentro de otros cincuenta años pudieran volver a reunirse y contar que aquellas amistades seguían vivas, que los años en el instituto habían marcado su futuro personal y profesional y que todavía podían sentirse orgullosos de haber pertenecido a la familia del Enrique Nieto.

El aplauso que siguió a sus palabras tuvo algo de reconocimiento colectivo. En aquel instante, la primera promoción y la quincuagésima habían encontrado un punto de encuentro. Entre ambas quedaban cinco décadas de cambios, generaciones y experiencias, pero también una misma historia educativa que seguía escribiéndose en las aulas.

El turno institucional correspondió al consejero de Educación de la Ciudad Autónoma, Miguel Ángel Fernández, quien agradeció la invitación y reconoció el privilegio que suponía participar en una celebración tan vinculada a la historia de Melilla. Aunque no había sido alumno del centro, explicó que el Enrique Nieto había formado parte de la vida de muchas personas de su entorno y de la propia evolución de la ciudad.

El consejero recogió especialmente el sentido de las intervenciones anteriores, tanto la evocación poética de Jorge Antón como las palabras de Darío, en las que encontró una muestra de la continuidad generacional del instituto. También manifestó su disposición a estudiar las posibilidades de rendir un mayor homenaje a José María Antón. En su intervención agradeció el trabajo de Joaquín Carrillo y de todo el claustro, y recordó que el Enrique Nieto fue el origen de buena parte del ecosistema educativo que se desarrolló posteriormente en el barrio de Victoria Grande. Un centro que, durante décadas, ha contribuido a formar a miles de melillenses y cuya trayectoria forma parte de la propia historia de la ciudad.

A continuación intervino la directora provincial de Educación, Elena Fernández Treviño, que comenzó sumándose al recuerdo de Lola Valverde, a quien definió como una gran profesional, compañera y persona. También quiso expresar su recuerdo hacia las víctimas del trágico accidente que han conmocionado a la sociedad durante estos días, una circunstancia que había obligado a trasladar la celebración al domingo para respetar el luto oficial decretado.

Su intervención encontró, sin embargo, un equilibrio entre el dolor y la alegría que convivían aquella mañana. Porque, como señaló, el aniversario también era una celebración y resultaba emocionante comprobar la felicidad de quienes habían regresado para reencontrarse. Cincuenta años no representaban únicamente una cifra, sino una trayectoria de dedicación, esfuerzo profesional y trabajo educativo. Y también una oportunidad para que quienes habían compartido aquellas aulas volvieran a mirarse a los ojos y reconocieran en los rostros actuales al niño, la niña o el adolescente que un día ocupó aquellos mismos espacios.

Fernández Treviño habló de la transformación experimentada por el centro y por las necesidades educativas de Melilla, pero también de aquello que permanece: el sentimiento de haber formado parte de una comunidad. Desde su propia experiencia docente, reivindicó la importancia de quienes ejercen la enseñanza y la capacidad de la palabra para transformar a las personas y, a través de ellas, el mundo.

En ese punto recuperó el sentido del lema que acompañaba la celebración, "La educación nos hará libres", y lo vinculó con la necesidad de ofrecer a los alumnos una formación humanística que les permita desarrollar su pensamiento y construir su futuro. También evocó a Gabriela Mistral y su defensa de la ternura como una cualidad irrenunciable de la profesión docente. La enseñanza, recordó, no puede ejercerse desde corazones secos, sino desde la esperanza, la ilusión y la capacidad de seguir acompañando a quienes se forman en las aulas.

Sus palabras se proyectaron hacia los desafíos que afronta actualmente la educación, en un mundo que cambia con rapidez y exige nuevas respuestas pedagógicas. Los docentes, señaló, tienen la responsabilidad de adaptarse a esos cambios y asumir los retos que se presentan, sin perder la esencia de su labor. Por parte del Ministerio de Educación, trasladó al centro su disposición a seguir acompañándolo y prestándole apoyo.

Concluidas las intervenciones, los asistentes abandonaron el salón de actos y emprendieron el camino de regreso por los pasillos hasta el vestíbulo. Allí les esperaba otro de los momentos señalados de la jornada: el descubrimiento de la placa oficial conmemorativa del aniversario. Después, la visita continuaría con la exposición preparada para la ocasión, un nuevo espacio para detenerse en fotografías, documentos y recuerdos de la trayectoria del instituto.

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