Hay mañanas que parecen no terminar nunca. Y eso es exactamente lo que están viviendo este viernes decenas de residentes de Melilla que decidieron cruzar la frontera de Beni Enzar en coche.
Muchos llegaron a las seis de la mañana. Pensaban que madrugar les permitiría evitar las colas. Se equivocaban.
Cuando El Faro de Melilla llegó a la frontera, a las doce y media del mediodía, algunos seguían esperando. Más de seis horas después de incorporarse a la fila, todavía no habían conseguido cruzar a Marruecos.
Lo más sorprendente no era el número de vehículos. Era el tiempo.
Porque la cola de coches de los residentes no era especialmente larga. Ni mucho menos. Apenas llegaba hasta la puerta de acceso del paso peatonal hacia Marruecos. No ocupaba kilómetros de carretera ni daba la impresión de encontrarse ante una frontera completamente colapsada.
Sin embargo, la realidad era otra.
Los coches apenas avanzaban unos metros cada cierto tiempo. Los conductores arrancaban el motor, recorrían una pequeña distancia y volvían a detenerse. Una hora después, repetían el mismo movimiento. Y así durante más de seis horas.
Era una espera lenta. Muy lenta.
En la frontera había dos carriles perfectamente diferenciados. Uno estaba reservado para los residentes de Melilla y otro para los viajeros de la Operación Paso del Estrecho (OPE). Ambos accesos funcionaban de manera independiente.
Mientras tanto, el puerto mantenía la llegada habitual de pasajeros. A esa hora todavía estaban terminando de pasar los vehículos desembarcados del barco procedente de Motril y, después, lo harían los que llegaban desde Almería. Era el movimiento habitual de la OPE en pleno mes de agosto.
Pero la imagen que dejaba el carril de los residentes seguía siendo difícil de entender para quienes aguardaban dentro de sus vehículos.
La fila era relativamente corta. La espera, interminable.
Con el paso de las horas, el interior de los coches se convertía en un lugar complicado para permanecer, especialmente para las familias que viajaban con niños pequeños.
Y ahí aparecía una escena que se repetía una y otra vez. Los padres aprovechaban cada parada para sacar a sus hijos del vehículo. Como el tráfico permanecía inmóvil durante largos periodos, los pequeños encontraban cualquier excusa para jugar.
Un balón bastaba para improvisar un partido de fútbol entre los coches. Otros preferían correr unos metros, jugar con una pelota o inventarse cualquier entretenimiento que hiciera olvidar, aunque solo fuera unos minutos, que llevaban media mañana esperando para cruzar.
Mientras ellos jugaban, los adultos miraban constantemente hacia delante. Esperaban que la fila se moviera. Cuando algún coche arrancaba, todos volvían rápidamente a sus vehículos. Se avanzaban unos metros y, de nuevo, el silencio. Otra parada. Otra espera.
La escena tenía algo de cotidiano y de resignación. Nadie parecía alterado. Tampoco se registraban incidentes. Los conductores simplemente asumían que les tocaba esperar.
Algunos conversaban apoyados en la puerta del coche. Otros aprovechaban para beber agua o buscar un poco de sombra antes de volver a sentarse al volante.
La paciencia era el recurso más utilizado de la mañana. El contraste era evidente cuando se observaba el paso peatonal.
Mientras los coches permanecían prácticamente inmóviles, las personas que cruzaban andando lo hacían con normalidad. El flujo era constante y apenas se producían retenciones.
De hecho, tampoco había personas esperando fuera del recinto para acceder caminando a Marruecos. Una imagen muy distinta de la que ofrecen otras jornadas de gran afluencia, cuando las colas llegan incluso al exterior de las instalaciones.
En esta ocasión, el acceso a pie era fluido. El de los vehículos, no. Esa diferencia era precisamente la que más comentarios provocaba entre los residentes. Muchos no entendían cómo una fila de coches relativamente reducida podía traducirse en una espera superior a las seis horas.
No era una cuestión de kilómetros de cola. Era una cuestión de tiempo. Porque quien llegaba a la frontera veía una fila que, a simple vista, no parecía excesiva. Sin embargo, quienes ya estaban dentro sabían que esa distancia podía convertirse en toda una mañana perdida.
El reloj avanzaba mucho más deprisa que los vehículos. A las doce y media todavía seguían entrando coches en el carril de residentes. Algunos conductores llevaban allí desde primera hora. Otros acababan de incorporarse y preguntaban cuánto tiempo podían tardar. La respuesta no era sencilla. Nadie se atrevía a hacer cálculos.
Durante toda la mañana la imagen apenas cambió. Los coches continuaban avanzando muy despacio mientras los niños seguían buscando maneras de entretenerse fuera del vehículo.
La jornada volvió a demostrar que la longitud de una cola no siempre refleja la realidad. A veces basta una fila relativamente corta para obligar a cientos de personas a esperar durante horas.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió este viernes en Beni Enzar. No había una interminable hilera de coches perdiéndose en el horizonte. No había grandes aglomeraciones en el paso de peatones. No había personas esperando fuera del recinto para cruzar caminando. Pero sí había decenas de residentes que acumulaban más de seis horas dentro de sus vehículos sin comprender por qué una cola tan corta avanzaba tan despacio.
Una mañana marcada por la paciencia. Por el calor. Por los niños jugando para combatir el aburrimiento. Y por una pregunta que se repetía entre muchos conductores mientras esperaban su turno para cruzar. Cómo era posible que una fila de apenas unos 30 coches pudiera convertirse en una espera de toda una mañana.








