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Los lunáticos que conversan entre boleros bajo la luna

Pepe Rivero y Manuel Machado protagonizan este viernes una noche de boleros cubanos, jazz e improvisación dentro del ciclo Música a la Luna

por Alejandra Gutiérrez
23/07/2026 15:49 CEST
Los lunáticos que conversan entre boleros bajo la luna

Pepe Rivero, Kiriko Gutiérrez y Manuel Machado en el Hotel Melilla Puerto. -AGC-


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Eran las doce del mediodía. Los músicos ya habían aterrizado en Melilla. La cita estaba fijada en el hotel Melilla Puerto, donde el pianista Pepe Rivero y el trompetista Manuel Machado fueron apareciendo con la naturalidad de quienes regresan a un lugar conocido. Primero uno, después el otro. Los saludos se suceden mientras Kiriko Gutiérrez, programador de Música a la Luna y compañero de tantas ediciones compartidas, también en las Jornadas de Jazz, completa el pequeño círculo. Entre taburetes, mesas altas y el rumor constante de la entrada del hotel, la conversación comienza sin protocolos, como si simplemente retomara una charla interrumpida el verano anterior.

Y, casi sin proponérselo, Melilla ocupó el centro del diálogo, como quien tiene la memoria activa y no ha dejado que el tiempo transcurra. Sus calles aparecen antes incluso que la música. Los recuerdos de conciertos pasados se entrelazan con paseos por Melilla la Vieja, con la arquitectura modernista, con las murallas y con esa mezcla de culturas que sorprende a quienes la descubren por primera vez y termina atrapando a quienes regresan una y otra vez. Ambos conocen bien la ciudad, sus escenarios y el público que cada verano llena la Plaza de Estopiñán o la Plaza de Armas para escuchar en silencio. Hablan de ellas con el afecto de quien ya la siente un poco suya y la reconoce, por muchos escenarios que hayan pisado a lo largo de su vida.

Rivero sonríe cuando reconoce que se considera casi un embajador de Melilla. Le sorprende que muchos continúen reduciendo la ciudad a una imagen incompleta, asociándola únicamente a la frontera. Él responde siempre del mismo modo: hablando de su historia, de las cuevas, de las fortificaciones, del contraste de culturas y de esa sensación de caminar entre siglos distintos en apenas unos metros. La sensación se traslada a toda la mesa. La gran desconocida, aquí tiene nombre y presencia. Sostiene recuerdos y también inspira.

Porque sí, Melilla también inspira. Lo hace en sus caminos de piedra, en el perfil de sus murallas, en sus edificios modernistas, en la cercanía de sus gentes y en ese diálogo permanente entre Europa y África que parece respirarse en cada esquina. Rivero lleva años intentando convertir todo ese universo en música. Desde 2019 trabaja lentamente en una composición dedicada a la ciudad. No tiene prisa por concluirla. Cada regreso añade una melodía nueva, un acorde diferente, un matiz que antes no existía. Los paseos junto a Kiriko Gutiérrez y al guía José Oña siguen alimentando una partitura que, según reconoce, intenta capturar aquello que Melilla transmite y que solo quien la camina despacio consigue escuchar y traducir.

La conversación continúa fluyendo alrededor de la mesa. El ruido del hotel nunca consigue imponerse a un diálogo que cruza el Atlántico con absoluta naturalidad. De Melilla se viaja a La Habana; de las murallas al Malecón; de la Plaza de Estopiñán a los cafés donde el bolero comenzó a escribir su propia historia. Nadie fuerza el rumbo. Simplemente ocurre. Las palabras encuentran el mismo ritmo que este viernes a las 22 horas encontrarán las notas sobre el escenario elevado a 40 centímetros del suelo.

En algún momento de la mañana, entre bromas y complicidades, Manuel Machado encuentra la palabra que termina definiendo a todos los que comparten aquella mesa: "lunáticos". Nadie la discute. Al contrario. Todos sonríen y se reconocen en el apodo. Son lunáticos porque llevan años reuniéndose alrededor de la música bajo el cielo de Melilla. Porque este viernes volverán a levantar la vista hacia la luna mientras interpretan boleros cubanos en la Plaza de Estopiñán. Y porque existe algo inevitablemente romántico en seguir creyendo que un conjunto de canciones pueden detener el tiempo durante una noche de verano y permitir respirar a otra velocidad.

El repertorio parte del origen del bolero, pero no permanece inmóvil en él. Las canciones conservan su memoria, su raíz, y, al mismo tiempo, dialogan con el presente y con la trayectoria musical. Cuando alguien utiliza la palabra "fusión", Machado introduce un matiz que acaba explicando toda una filosofía artística. No le gusta ese término. Prefiere hablar de "mezcla". La diferencia parece mínima, pero encierra una manera muy concreta de entender la creación y la interpretación. No se trata de transformar el bolero en otra cosa, sino de dejar que tenga presencia, que incorpore nuevas armonías sin perder nunca aquello que lo hizo nacer.

Y entonces comienza un viaje por la historia de un género que es, en realidad, la historia de una isla. Rivero recuerda que el primer bolero reconocido nació en Santiago de Cuba de la mano de Pepe Sánchez, a finales del siglo XIX. Después llegaría el feeling, aquel movimiento que abrió la puerta a las armonías del jazz y encontró en músicos como Bebo Valdés, José Antonio Méndez o Marta Valdés una nueva manera de entender la canción. Ese deslizamiento musical es el que estos músicos proponen para su interpretación, a través de melodías conocidas por el público. Más tarde aparecerían Pablo Milanés, los grandes boleristas mexicanos encabezados por Armando Manzanero y un repertorio que acabaría recorriendo toda Iberoamérica.

Pero la conversación nunca adquiere un tono académico. Hablan de música como quien habla de la propia familia. Porque, para ambos, Cuba no puede entenderse únicamente como un territorio, ni ellos como dos músicos alejados en sus caminos. Es una forma de escuchar y de crear que comparten. Una isla construida sobre el encuentro entre raíces españolas, africanas y americanas. Un país donde el mestizaje dejó de ser un concepto para convertirse en identidad. "Somos mezcla", vienen a decir una y otra vez. Y esa mezcla atraviesa la gastronomía, el lenguaje, la manera de relacionarse y, sobre todo, la música que integra lo clásico y se diluye con lo popular. Ahí radica la definición de estos dos músicos y de su trayectoria; su capacidad para escuchar e incorporar algo más en su interpretación, en su vinculación con el ritmo, con la armonía, con la melodía, con aquello que cuentan entre notas musicales y aparece inevitablemente definiendo la personalidad de su forma de interpretar y concebir la música.

Kiriko introduce entonces una reflexión. Le llama la atención el respeto casi reverencial que los músicos cubanos sienten hacia quienes los precedieron. Conocen a sus maestros, citan constantemente a los compositores que abrieron camino y entienden la tradición como un patrimonio vivo que saben nombrar con nombres y apellidos. Rivero asiente inmediatamente. Esa memoria, explica, se transmite de generación en generación. Nadie llega solo. Cada músico camina acompañado por quienes estuvieron antes.

Quizá por eso la conversación acaba transitando de manera natural hacia la pedagogía. Tanto Rivero como Machado y Gutiérrez dedican una parte importante de su tiempo a enseñar. Los dos hablan de las aulas con la misma sensibilidad con la que hablan de los escenarios. Explican que la técnica es imprescindible, pero insuficiente. Puede estudiarse una partitura durante años y, sin embargo, seguir sin encontrar aquello que convierte una interpretación en algo irrepetible. La improvisación, sostienen, también es una actitud vital. Una manera de escuchar, de asumir riesgos, de aceptar que la música no termina donde acaba lo escrito.

Gutiérrez vuelve entonces a encontrar una imagen que resume perfectamente lo que ambos intentan explicar. Compara la música con la cocina. Un cocinero ensaya, rectifica y perfecciona una receta para compartirla después con los demás. Ellos hacen exactamente lo mismo, solo que cocinan entre dos. Ninguno ejerce de ayudante del otro. Ambos aportan ingredientes distintos para construir un mismo plato. Rivero ríe con la comparación. Machado también. Quizá porque ambos saben que tocar juntos consiste precisamente en eso.

No hablan de técnica cuando describen su relación artística. Hablan de escucha. De confianza. De familiaridad construida a lo largo de los años, aunque casi una década los separe. De esa capacidad para reconocer al otro incluso antes de que suene la primera nota. Machado distingue inmediatamente el lenguaje pianístico de Rivero llegado directamente desde Manzanillo, su origen. Rivero reconoce el sonido de la trompeta de Machado aunque los separen varios metros sobre el escenario. Se entienden desde hace tanto tiempo que la improvisación deja de ser una exhibición para convertirse en conversación entre el lenguaje de ambos.

Y resulta inevitable pensar que esa complicidad también explica el recorrido de sus carreras. Basta recorrer sus biografías para descubrir dos trayectorias que atraviesan buena parte de la historia reciente de la música iberoamericana. Manuel Machado formó parte de Irakere junto a Chucho Valdés cuando apenas tenía veintidós años. Su trompeta ha acompañado a Celia Cruz, Paquito de Rivera, Steve Turre, Bebo Valdés, Javier Colina, Perico Sambeat, Chano Domínguez, Jorge Pardo, Joaquín Sabina, Ketama, Joan Manuel Serrat, Enrique Morente, José Mercé o Rocío Jurado, además de sonar en hilos publicitarios y grabaciones cinematográficas.

Pepe Rivero ha construido un camino igualmente extraordinario. Pianista imprescindible del jazz latino contemporáneo, ha compartido escenario con Paquito de Rivera, Celia Cruz, Ana Belén, Ketama o Lucrecia, entre muchos otros. Ha dirigido proyectos propios, compuesto para distintas formaciones y convertido el piano en un puente natural entre la tradición cubana, el jazz y la música española.

Sin embargo, ninguno utiliza esos nombres para engrandecer su relato. Hablan de todos ellos con la sencillez de quien recuerda viejos compañeros de viaje. Las anécdotas aparecen. Esas giras, esos estudios de grabación y esos grandes escenarios internacionales se mezclan con los recuerdos de un concierto en Melilla o con la emoción de volver a encontrarse bajo la luna, aunque su trayectoria, como señala Gutiérrez, sea venir de jugar y ganar mundiales. Los tres músicos nunca han compartido escenario como trío, y aunque son conocen, hace tiempo ya, quién sabe si algún día, ese toque personal que cada uno aporta con su instrumento y que cada uno identifica en el otro, puedan encontrarse algún día bajo la luna.

Cuando la conversación termina, la sensación es extraña. Apenas se ha hablado del concierto y, sin embargo, uno tiene la impresión de conocer perfectamente lo que ocurrirá en unas horas en la Plaza de Estopiñán. Porque antes de tocar, ellos ya han empezado a conversar. Lo hacen alrededor de una mesa, entre bromas, recuerdos, frases que empieza uno y acaba por finalizar el otro. Complicidad. Más tarde cambiarán las palabras por las notas. Y el público asistirá, sin saberlo, a la continuación de una conversación que comenzó mucho antes de que sonara el primer bolero feeling.

Tags: Kiriko GutiérrezManuel MachadoMúsica a la LunaPepe Rivero

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