El canto de los pájaros irrumpe sin pedir permiso. El viento mueve las hojas con un susurro constante y, de fondo, el agua del río de Oro avanza con su murmullo acompasado. Allí, en ese espacio abierto donde la naturaleza no es decorado sino protagonista, el colectivo ecologista Guelaya ha encontrado el escenario idóneo para algo más que plantar árboles: cultivar palabras, ideas y comunidad. Entre sombras verdes y cielo abierto, la lectura se convierte en diálogo y el diálogo, en vínculo.
Así nació hace cinco meses el Club de Lectura Medioambiental de Guelaya. No fue fruto de una gran planificación, sino de una conversación entre compañeros que compartían una misma afición. “Nos dimos cuenta de que había algunos que teníamos la misma afición, que era la lectura”, explica Juan M. Casamitjana Zamora, uno de los coordinadores junto a Olga Patricia Rubio y Pablo Muñoz Carballeda. Empezaron tres personas y decidieron reunirse una vez al mes para leer y debatir libros que conectaran con la naturaleza, el entorno o los valores humanos.
La propuesta ha ido creciendo encuentro tras encuentro. Ya suman cinco citas en el formato adulto y, casi de manera natural, el proyecto se amplió también hacia el público más joven. El pasado fin de semana, el día 21, celebraron el tercer encuentro del Club de Lectura Juvenil, una vertiente que ha abierto un espacio propio para chicos y chicas de entre 11 y 14 años.
En esta ocasión, el libro elegido fue Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Antes habían compartido Tintín en el Tíbet y Momo, dos títulos que, según relata Casamitjana, dejaron claro que la profundidad del análisis no entiende de edades. En el caso de Tintín, los jóvenes pusieron el foco en la amistad incondicional y en la relación con los animales; con Momo, reflexionaron sobre el tiempo y sobre cómo determinadas dinámicas pueden “absorber” la vida de las personas. “El enfoque que le dan es sorprendente”, afirma Juan, quien reconoce que los adultos redescubren los libros a través de esa mirada fresca.
El club juvenil fue tomando forma conforme avanzaban los encuentros. Aunque al principio compartían espacio con el grupo adulto, pronto decidieron diferenciar dinámicas. Son los propios jóvenes quienes proponen títulos, se someten a votación y conducen buena parte del debate. Los coordinadores acompañan y moderan, pero no imponen interpretaciones. “Nosotros ayudamos un poco, pero el protagonismo lo llevan ellos”, subraya.
Todo ocurre en el vivero de Guelaya, un espacio natural que se convierte en aliado silencioso de cada sesión. “Estás escuchando las aves, el viento, un arroyuelo que corre por detrás. El entorno hace mucho”, explica Casamitjana. Ese paisaje no es un simple marco: influye en la forma de dialogar, en el ritmo de las intervenciones y en la manera en que cada lector conecta con el texto.
Mientras tanto, el club adulto continúa su recorrido. El próximo 7 de marzo, a las 12:00 horas, celebrará su quinto encuentro con la lectura de Disfrutar en la naturaleza, de José Luis Gallego. La obra fue elegida por mayoría entre varias propuestas y representa uno de los títulos más directamente vinculados al eje medioambiental del colectivo, pero dotado de una prosa descriptiva, cercana, intimista.
En estos meses, el grupo ha transitado por lecturas diversas. El punto de partida fue El hombre que plantaba árboles, una obra breve que marcó el espíritu inicial del club. Después llegó Entre limones, donde se narra la experiencia de un extranjero que se integra en la vida rural andaluza; un libro que generó identificación en algunos participantes por su conexión con vivencias personales. También leyeron El bosque de la sabiduría, una historia con tintes de fábula que permitió incluso tender puentes entre generaciones.
La selección de los libros no responde a un criterio rígido. Aunque la naturaleza es un hilo conductor, no es el único. “También buscamos libros con valores humanos”, aclara Casamitjana, permitiendo que la reflexión amplifique las narrativas, los géneros literarios y los relatos únicos.
La preparación de cada encuentro es parte esencial del proceso. Los tres coordinadores leen la obra, subrayan fragmentos, anotan impresiones y se reúnen días antes para compartir puntos de vista. Elaboran un pequeño esquema que les permita dinamizar la conversación si surge algún silencio, pero sin dirigir el sentido de las interpretaciones. “Una cosa es encauzar y otra decir que el libro se entiende así”, señala Casamitjana. La diversidad de miradas es, precisamente, lo que da riqueza al club.
Durante las sesiones se respeta el turno de palabra. Cada intervención suma una perspectiva distinta. A veces, una experiencia personal transforma la lectura colectiva. Un paisaje descrito en el libro puede evocar un recuerdo; una metáfora puede conectar con una vivencia compartida. El texto deja de ser un objeto cerrado para convertirse en punto de partida. Y cuando el debate formal concluye, la jornada continúa. Tras la conversación, los participantes suelen compartir comida en el mismo espacio, prolongando el intercambio de manera más distendida. Surgen matices que no se dijeron antes, se recuperan ideas y se amplían reflexiones. La lectura se convierte así en una forma de reforzar la comunidad, de compartir experiencias e inquietudes.
En ese cruce entre cultura y medio ambiente se dibuja la identidad de Guelaya: una organización que entiende que el cuidado del entorno no se limita a la acción directa, sino que también pasa por la educación, la sensibilidad y la construcción de espacios donde pensar juntos. Una forma de estar que conecta con el próximo libro elegido, Disfrutar en la naturaleza, donde el autor plantea relatos íntimos, emociones y descripciones de la naturaleza, pero también incluye reflexiones que enlazan con esta filosofía. En uno de los pasajes que recoge la conocida “Carta del Indio”, Gallego recuerda: “Enseñad a vuestros hijos y a los hijos de vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la Tierra es nuestra gran madre y que lo que le ocurre a la Tierra le ocurre también a los hijos de la Tierra. Cuando los hombres maltratan a la Tierra se maltratan a sí mismos.” Una declaración que resume el espíritu que atraviesa tanto las páginas del libro como las actividades del colectivo.
Esa coherencia entre palabra y acción se hará visible este domingo 1 de marzo, cuando Guelaya celebre la última plantación de la temporada en el río de Oro, en su confluencia con el arroyo Farhana, en una zona cercana a la barriada de Las Palmeras donde ya crecen numerosos árboles plantados en campañas anteriores. La cita será a las 11:30 horas en el aparcamiento frente al CEIP León Solá, desde donde partirán juntos hacia el terreno. Allí, como en el club de lectura, volverán a reunirse para compartir esfuerzo y compromiso, sembrando árboles al tiempo que siguen sembrando conciencia, comunidad y futuro. Un futuro de la vida natural, y por ende de nuestras sociedades, que algunas personas como Casamitjana dejan hoy, para que otros puedan disfrutarlo mañana.








