Elenco de 'Valor, Agravio y Mujer'. -Cedida por Nogales-
Antes de que Leonor aparezca sobre el escenario, ya está presente la herida. Está en las redes de Tisbea, en esa imagen de una mujer que recoge aquello que un día sirvió para salvar a Don Juan y que después quedó convertido en símbolo de una promesa rota. La pescadora de El burlador de Sevilla permanece como una sombra que atraviesa la escena, como la memoria de todas las mujeres que fueron engañadas y obligadas a esperar una justicia que no llegaba. Tisbea es la consecuencia del agravio; Leonor, la respuesta posible.
Esa transición entre dos mujeres separadas por el tiempo, pero unidas por una misma estructura de poder, es el corazón de Valor, agravio y mujer, la obra de Ana Caro de Mallén que La Vidriera Producciones presenta en el ciclo de Microteatro del Hospital del Rey. La propuesta, dirigida por Alejandra Nogales, con dramaturgia y sonoturgia de Sergio Pastor, recupera una de las voces femeninas más singulares del Siglo de Oro para devolver al escenario una historia que, pese a haber sido escrita hace más de cuatro siglos, sigue planteando preguntas sobre la identidad, la libertad, el deseo y la capacidad de una mujer para decidir sobre su propio destino.
La imagen de las redes no es un recurso estético aislado, sino la estructura simbólica sobre la que se construye todo el montaje. En ellas se concentra el universo de Tisbea, pero también el de Leonor y el de todos los personajes atrapados por las reglas de una sociedad que define qué lugar debe ocupar cada persona. Son las redes de la promesa amorosa incumplida, del honor entendido como una carga, de la mirada colectiva y de unas normas que condicionan la vida de los personajes incluso cuando intentan escapar de ellas.
La diferencia entre ambas mujeres marca el recorrido de la obra. Tisbea queda atrapada en el dolor de la traición y en la espera de una reparación que depende de otros. Leonor, en cambio, rompe esa lógica. Tras ser engañada por Don Juan en Sevilla, no permanece en el espacio que la tradición le asigna: se disfraza de hombre, adopta la identidad de Leonardo y emprende un viaje hasta Flandes para enfrentarse al responsable de su agravio. Su venganza no nace únicamente del deseo de castigo, sino de la necesidad de recuperar el control sobre su propia existencia.
Alejandra Nogales encuentra en esa protagonista una de las razones principales para llevar la obra a escena. La directora no parte de la idea de actualizar un texto antiguo, sino de descubrir cuánto de actual permanece dentro de él. La fuerza del montaje nace precisamente de esa contradicción aparente: un texto barroco que habla de conflictos profundamente contemporáneos porque se adentra en emociones humanas que no han cambiado.
Valor, agravio y mujer permite además recuperar la figura de Ana Caro de Mallén, una autora que ocupó un lugar excepcional en la cultura de su tiempo y que posteriormente quedó desplazada del relato histórico. Su caso refleja una de las grandes ausencias de la tradición literaria: la de las mujeres creadoras que estuvieron presentes, fueron reconocidas por sus contemporáneos, derribaron barreras y participaron activamente en los espacios culturales, pero cuya memoria se fue perdiendo con los siglos.
Ana Caro no fue una figura secundaria dentro del Siglo de Oro. Fue una escritora profesional en una época en la que dedicarse a la escritura siendo mujer suponía atravesar límites extraordinarios. Formó parte de los círculos literarios de Madrid, recibió encargos remunerados por sus textos y escribió teatro, poesía y composiciones relacionadas con acontecimientos de actualidad. Su trayectoria demuestra que la creación femenina no era inexistente.
Por eso la recuperación de esta obra tiene una dimensión que va más allá de la representación teatral. Poner de nuevo a Ana Caro de Mallén sobre un escenario supone devolver una pieza que faltaba dentro del mapa del Siglo de Oro y reconocer que la historia del teatro español no puede construirse únicamente alrededor de los nombres masculinos que durante generaciones ocuparon todo el espacio.
La elección de Valor, agravio y mujer responde también a la singularidad de su protagonista. Leonor no espera que un padre, un hermano o una autoridad externa reparen el daño sufrido. La obra coloca a una mujer como centro de la acción, como personaje que toma decisiones, que atraviesa fronteras y que ocupa un territorio reservado tradicionalmente a los hombres. Del mismo modo que Ana Caro desafió los límites de su época al ejercer como escritora, Leonor desafía los suyos al convertirse en agente de su propia historia.
El montaje mantiene el verso del texto original, aunque adaptado a la duración requerida por el formato del festival. Detrás de esa decisión existe un trabajo minucioso para conseguir que el lenguaje del Siglo de Oro no se convierta en una distancia entre la obra y el público. El reto no está solo en pronunciar correctamente el verso, sino en conseguir que cada palabra tenga intención, pensamiento y emoción.
Durante semanas, el elenco - Lola Padial, Jorge Abad, Sergio Pastor, Narayan Cortés, Lara Megía, May Melero, Rubén Abad y Raquel González- ha trabajado la métrica, la respiración, el ritmo y la interpretación para alejarse de una visión del verso como una simple musicalidad. La palabra debe nacer de la acción y no separarse de ella. El objetivo es que el espectador no perciba una barrera temporal, sino que encuentre en ese lenguaje una forma distinta de expresar conflictos reconocibles.
El trabajo actoral ha sido especialmente complejo por la naturaleza de los personajes y por la propia estructura del teatro barroco. Los intérpretes parten de figuras tradicionales del género, pero la dirección busca ir más allá del dibujo inicial para encontrar personajes con contradicciones, miedos y deseos propios. El galán no es solo un seductor; el gracioso no es únicamente una figura cómica; quienes habitan la escena están atravesados por sus propias limitaciones y complejidades humanas.
Lola Padial afronta uno de los mayores retos del montaje con la interpretación de Leonor. Su personaje transita entre varias identidades: la mujer herida que abandona Sevilla, el hombre en el que se transforma para enfrentarse a Don Juan y los juegos de apariencia propios del Siglo de Oro. Esa transformación exige construir diferentes cuerpos, diferentes formas de mirar y diferentes maneras de ocupar el espacio.
La dirección ha trabajado desde el cuerpo para llegar a la emoción, invirtiendo un proceso natural de creación de personajes. El proceso parte de la idea de que el personaje también se construye desde la manera en la que camina, espera, mira o reacciona. Cada gesto se convierte en una información sobre quién es ese personaje y sobre qué historia arrastra antes incluso de pronunciar una palabra.
La plástica del montaje, firmada por la propia Nogales, continúa esa misma búsqueda de significado. El Hospital del Rey no funciona como un simple contenedor, sino como parte activa de la propuesta. Sus arcos, su arquitectura y su historia dialogan con una escenografía que busca recuperar la esencia del espacio teatral barroco sin ocultar su identidad. El propio edificio participa de la narración, es parte de la escena y de la reminiscencia del Siglo de Oro. No se oculta, se deja ver.
El vestuario convierte también las redes en una extensión de los personajes. No aparecen como un adorno, sino como una presencia que permanece sobre ellos, como una carga heredada que condiciona sus movimientos. El negro representa aquello que pesa: las normas, las obligaciones, la culpa y todo aquello que limita a los personajes. El rojo aparece como una ruptura, como la energía emocional que surge cuando el deseo, la pasión o la rebeldía consiguen abrirse paso.
Las redes azules de pescador mantienen la conexión directa con Tisbea y funcionan como un hilo entre las dos mujeres. Son recuerdo y memoria, pero también transformación. Lo que en un primer momento representa una prisión termina convirtiéndose en una imagen de resistencia compartida.
El universo visual se completa con referencias a otras mujeres creadoras del Barroco. La música incorpora compositoras de la época y el trabajo corporal de los actores recoge la inspiración de pintoras barrocas que también fueron apartadas del relato artístico. La propuesta establece así un diálogo entre distintas disciplinas y reivindica una genealogía femenina que durante mucho tiempo permaneció oculta.
En Valor, agravio y mujer nada está colocado únicamente para decorar. Cada elemento responde a una idea: la escenografía, el vestuario, el movimiento, la música y el propio espacio cuentan una historia que complementa el diálogo del texto original. La de aquellas mujeres que estuvieron presentes, que crearon, que fueron reconocidas y que después tuvieron que esperar siglos para recuperar el lugar que ya habían conquistado.
Cuando Leonor recoge el testigo de Tisbea, las redes dejan de ser únicamente una imagen de derrota. Se convierten en memoria y en impulso. Una mujer representa la herida que dejó el engaño; la otra, la posibilidad de romper el silencio. Cuatro siglos después de que Ana Caro de Mallén escribiera esta obra, su voz vuelve al escenario para recordar que algunas historias no desaparecen: simplemente esperan a ser escuchadas de nuevo.
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