Hay casetas que forman parte de la Feria. Y hay otras que, directamente, son parte de su historia. La Peña Bética Melillense pertenece a ese segundo grupo. Este año cumple 45 años llevando comida casera, ambiente familiar y un pequeño rincón de Sevilla al Real de la Feria. Una tradición que comenzó en 1981, cuando las fiestas todavía se celebraban en el Parque Hernández, y que continúa hoy en el recinto ferial de la Plaza Multifuncional de San Lorenzo.
La Peña Bética es, además, la caseta más antigua de la Feria de Melilla. Así lo ha contado durante años su presidente y fundador, Miguel Ángel Leal, quien recordó que la aventura comenzó con pocos medios y con la intención de colaborar en el impulso de las fiestas patronales. Desde entonces, la caseta no ha faltado a su cita con los melillenses.
Pero detrás de esos 45 años hay también una historia familiar. Javier Varea es una de las personas que actualmente lleva las riendas de la caseta. Sus padres fueron quienes comenzaron a montar el negocio y ahora son él y su hermano quienes han tomado el relevo.
“Es una caseta familiar”, explica. Sus padres empezaron y él se incorporó junto a su hermano. La familia lleva montando la caseta desde el año 2000, mientras que ellos llevan al frente aproximadamente ocho o nueve años.
Y la fórmula parece funcionar. “Estamos muy contentos. Tenemos a nuestros clientes, la gente nos conoce”, asegura Javier. Son rostros habituales de la Feria. Personas que cada año regresan a la misma mesa, piden los mismos platos y vuelven a encontrarse con quienes llevan décadas trabajando detrás de la barra.
Un rincón verdiblanco
¿Por qué Peña Bética? La explicación está vinculada a los orígenes de la propia caseta y al vínculo con el club sevillano. La decoración tradicional ha convertido durante años este espacio en un pequeño rincón andaluz dentro de la Feria, con los colores verdiblancos como protagonistas y referencias a Sevilla.
La gastronomía es otra de sus señas de identidad. Y este año tampoco falta uno de sus platos más esperados: la paella. La prepara la madre de Javier, a la que define como una referencia en Melilla en la elaboración de arroces.
Por la noche llegan los pinchitos morunos, uno de los productos que más salida tienen. También hay tortilla de patatas, jamón y queso. La familia incluso ha incorporado a una persona para cortar el jamón en el momento. “Es un espectáculo que tiene ahí montado”.
La carta se completa con pescado del día, calamares y boquerones. Una oferta que mantiene la esencia de la caseta. Comida sencilla, casera y pensada para compartir.
No es una novedad. La Peña Bética lleva décadas apostando por esa cocina. En años anteriores ya eran habituales platos como las migas, los caracoles, los arroces, las carnes y el pescado frito.
Las puertas abren a la una del mediodía. A esa hora comienzan las comidas. Después llega la tarde, cuando muchos se acercan simplemente para tomar una copa de manzanilla o compartir un plato de queso. Y la actividad continúa hasta bien entrada la madrugada, aproximadamente hasta la una o las dos.
Este año no han programado actuaciones musicales. Javier reconoce que les gustaría recuperar esa parte de la caseta en próximas ediciones. De momento, el ambiente lo ponen los propios clientes.
Llamamiento a los melillenses
La Feria está siendo positiva para la Peña Bética, aunque no todos los días tienen el mismo ritmo. Javier reconoce que esta jornada ha sido algo más floja, especialmente al mediodía. Sin embargo, recuerda que sábado, domingo y lunes estuvieron “a tope” y confía en las reservas previstas para los próximos días.
Y lanza un mensaje que va más allá de su propia caseta. “Me gustaría que viniesen todos y que probaran la comida”, señala. Pide a los melillenses que se atrevan a entrar en las casetas y que no busquen siempre opciones fuera del recinto para comer.
Porque detrás de cada plato hay familias y trabajadores que dependen de estos días. “Aquí todos comemos de esto”, explica Javier.
45 años después de aquel primer montaje en el Parque Hernández, la Peña Bética sigue levantando cada Feria sus mesas, encendiendo sus fogones y esperando a los clientes de siempre. Una tradición que ha pasado de padres a hijos y que, al menos por ahora, tiene cuerda para rato.








