Hablar de la Virgen de la Victoria es hablar también de la historia de Melilla. De sus murallas, de sus momentos difíciles y de una devoción que ha pasado de generación en generación. Pero hay una pregunta que, tantos siglos después, sigue sin tener una respuesta cerrada: ¿cuándo y cómo llegó exactamente la imagen a la ciudad?
Y aquí la historia obliga a frenar. No hay un documento que permita fijar el año. Tampoco está probado que la talla llegara en un barco que tenía América como destino y que terminó desviándose hasta Melilla por una tormenta. Es una de las historias que han circulado durante años, pero los historiadores consultados advierten de que no puede darse por cierta sin documentación.
Lo que sí está documentado es mucho. La advocación de la Virgen de la Victoria se desarrolla después de la batalla de Lepanto, en 1571, y las primeras referencias vinculadas a su culto en Melilla se sitúan ya en el siglo XVII. La documentación recogida por Melilla Inmaterial señala que durante el gobierno de Velázquez y Angulo, en 1656, ya se celebraba una misa cada sábado en su honor y que entre 1656 y 1660 aparece una cofradía dedicada a la Virgen.
Por eso, una cosa parece clara: cuando llegó el siglo XVIII, la Victoria ya no era una devoción nueva. Formaba parte de la vida de la ciudad.
La fecha clave es 1756. Ese año se produjo la ratificación de su patronazgo. La documentación conservada en el Archivo General de Melilla recoge los autos realizados a petición del Estado Mayor, los naturales y los vecinos de la plaza. En ellos se habla expresamente de la ratificación del nombramiento de María Santísima de la Victoria como patrona, después de que los melillenses atribuyeran a su protección haber quedado a salvo de los efectos de un terremoto.
Y ese detalle explica mucho de la relación entre la Virgen y la ciudad. En momentos de terremotos, epidemias, ataques u otras dificultades, la imagen era sacada en procesión. La tradición cuenta que recorría las murallas de Melilla la Vieja. De ahí nació incluso una expresión muy gráfica atribuida al que fuera hermano mayor Carlos Castañeda: una Virgen que “sabe a sal”.
Pero quedan muchas preguntas. ¿Por qué fue elegida patrona? ¿Cuándo llegó la talla? ¿Hubo otra imagen antes de la actual? No hay respuestas definitivas. Y ahí los historiadores prefieren ser prudentes. Las leyendas pueden formar parte de la memoria popular, pero no sustituyen a los documentos.
La devoción, mientras tanto, siguió creciendo. En 1936 se aprobaron los estatutos de la Congregación Mariana de Nuestra Señora de la Victoria y la primera Junta quedó constituida en 1937. Décadas después, la organización recibiría los títulos de Real y Franciscana.
Otro momento fundamental llegó el 13 de junio de 1948. La Virgen fue coronada canónicamente en la plaza de España. El acto reunió a autoridades civiles y militares y a numerosos melillenses. La coronación había sido autorizada mediante un Breve Pontificio de 1947, que destacaba la antigüedad de la imagen y el culto mantenido por los fieles.
Y todavía quedaba otro reconocimiento. El 13 de junio de 1998, cincuenta años después de aquella coronación, el Pleno de la Ciudad Autónoma acordó por unanimidad concederle el título de Alcaldesa Honoraria Perpetua.
Hoy, el 8 de septiembre sigue siendo su día grande. La ciudad celebra a su patrona con la tradicional procesión y con unos festejos que, oficialmente, son fiestas patronales en su honor. La Ciudad Autónoma mantiene además un convenio con la Real y Franciscana Congregación para conservar la imagen, su entorno y el trono, además de garantizar su salida procesional.
Y quizá ahí esté una de las claves de la Virgen de la Victoria. Su historia tiene documentos, fechas y nombres. Pero también tiene silencios. Hay partes que todavía no se conocen. Y, precisamente por eso, la historia de la patrona de Melilla sigue teniendo preguntas pendientes. Porque entre lo que está escrito y lo que se ha contado durante generaciones hay una diferencia importante: la devoción permanece, pero la historia necesita pruebas.








