La Feria de Melilla tiene muchas caras. Y hoy se ha visto claro. A mediodía, el recinto tenía bastante movimiento. Por la tarde, en cambio, la cosa estaba más tranquila. Menos gente paseando. Menos colas en las atracciones. Un ambiente más relajado. Pero con una excepción: las casetas para los jóvenes.
Porque cuando cae la tarde, la Feria cambia.
El miércoles ha arrancado con bastante actividad alrededor de las mesas y las comidas. Las comidas de empresa han llevado a muchos melillenses hasta el recinto. Grupos de compañeros, mesas llenas y sobremesas que se alargan. Es otra manera de vivir estas fiestas. Sin prisas. Con comida por delante y conversación para rato.
A mediodía, las casetas han sido uno de los principales puntos de encuentro. También para quienes aprovechan estos días para reunirse con compañeros de trabajo, amigos o familiares. La Feria no empieza siempre cuando se encienden las luces. A veces empieza con un plato en la mesa.
Pero por la tarde el panorama era distinto. El recinto se veía más despejado. No había tanta gente como en jornadas anteriores. Y las atracciones infantiles lo han notado especialmente. Después del lleno de ayer, hoy tocaba bajar un poco el ritmo.
El martes fue el Día de la Infancia. Los más pequeños tuvieron su jornada. Descuentos y atracciones a precios especiales hicieron que las familias se acercaran en masa al recinto. Los cacharritos fueron, durante buena parte del día, uno de los grandes protagonistas.
Hoy, sin embargo, la imagen era otra. Menos niños esperando para subir. Menos movimiento alrededor de las atracciones. Algunas familias seguían disfrutando de la Feria, claro. Pero sin la intensidad del día anterior. Después de una jornada pensada especialmente para ellos, tocaba una tarde algo más tranquila.
Porque no todos los días son iguales. Hay jornadas de familias. Otras de comidas. Otras de conciertos. Y luego están las noches en las que los jóvenes toman el relevo.
Ahí sí había movimiento. Las casetas dirigidas al público joven han concentrado buena parte de la actividad a medida que avanzaba la tarde. Grupos de amigos entrando y saliendo. Música. Gente que llega para pasar un rato y acaba quedándose más de lo previsto.
Es probablemente una de las estampas más reconocibles de estos días. La Feria como punto de encuentro para quienes llevan meses esperando estas fechas.
También se nota en la hora. A medida que avanza la tarde, el recinto empieza a prepararse para la noche. Las luces ganan protagonismo. La música se escucha con más fuerza. Y los grupos comienzan a reunirse.
La Feria tiene ese cambio de turno. A mediodía, mandan las comidas. Por la tarde, las familias y los paseos. Y cuando llega la noche, las casetas juveniles empiezan a llenarse.
Mientras tanto, las atracciones siguen ahí. Esperando a que vuelvan los más pequeños. Hoy con menos público después de la jornada especial de ayer, pero formando parte de ese paisaje que no cambia: las luces, la música y el ruido de fondo.
También siguen las casetas tradicionales. Algunas llevan décadas formando parte de estas fiestas. Son lugares donde se repiten las caras y las costumbres. Donde muchos melillenses saben perfectamente dónde sentarse, qué pedir y con quién van a encontrarse.
Y esa es otra de las claves de la Feria. No hace falta que todos los días sean multitudinarios para que haya ambiente. Hoy ha sido una jornada más desigual. Mucho movimiento al mediodía por las comidas de empresa. Una tarde más tranquila. Y, poco a poco, más actividad entre los jóvenes.
La noche será otra historia. Porque en la Feria nunca se sabe cuándo empieza realmente el día. A veces parece que todo se ha calmado. Hasta que se encienden las luces, llega la música y las casetas vuelven a coger fuerza.
Y entonces la Feria vuelve a arrancar. Una vez más.








