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La Escuela de Flamenco acerca la Feria a quienes no siempre pueden vivirla en las casetas

Alumnos del centro ofrecerán cuatro actuaciones especiales en el Centro de Día, la Residencia de Mayores, el Centro Gámez Morón y la Gota de Leche

por Alejandra Gutiérrez
21/08/2026 10:15 CEST

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Durante la Feria de Melilla, el flamenco volverá a salir de las aulas para encontrarse con quienes no siempre tienen la posibilidad de acercarse a los escenarios de celebración de la ciudad. La Escuela de Flamenco de Melilla ha cerrado el calendario de sus cuatro actuaciones de carácter social, que se desarrollarán los días 28 y 31 de agosto y 1 y 2 de septiembre, siempre a las doce del mediodía, en el Centro de Día, la Residencia de Mayores, el Centro Gámez Morón y el Centro Asistencial de la Gota de Leche. Alumnos y profesores llevarán hasta estos espacios sevillanas y rumbas, a través del cante, la guitarra y el cajón pero, sobre todo, llevarán la posibilidad de celebrar juntos la Feria. Es una iniciativa que la escuela mantiene año tras año como parte de su propia manera de entender la enseñanza y la difusión del flamenco: acercar la música y convertir estas visitas en una experiencia de encuentro.

El director de la Escuela de Flamenco, José Heredia, explica que estas actuaciones reúnen dos objetivos estrechamente vinculados. Por un lado, permiten a los alumnos poner en práctica fuera del aula lo aprendido durante el curso, adquirir experiencia ante un público y aprender a desenvolverse junto a otros músicos; por otro, cumplen una función social al acercar la celebración de la Feria a personas que, por sus circunstancias, pueden tener más dificultades para desplazarse a otros espacios y sus familias. El formato está pensado, además, para que quienes reciben la visita no sean únicamente espectadores. Las sevillanas y las rumbas sirven como punto de partida para que los asistentes puedan cantar, bailar o incorporarse a alguno de los temas junto a los alumnos. "Intentamos que sean también participantes", señala Heredia, porque, a su juicio, ahí reside buena parte del sentido de la propuesta: que la música haga disfrutar a todos y que los alumnos descubran, al mismo tiempo, que lo aprendido en clase puede convertirse en una experiencia compartida.

La primera cita será el 28 de agosto en el Centro de Día, donde los mayores celebrarán su particular "Caseta de la Alegría". El 31 de agosto, la música se desplazará hasta la Residencia de Mayores. Allí, las canciones pueden adquirir un significado especialmente emotivo, como recuerda José Heredia al relatar cómo algunos residentes con demencia recuperan letras y melodías de su juventud al escuchar sevillanas o canciones míticas como las de Manolo Escobar. "Ellos se ponen a cantarla con nosotros" sostiene señalando lo emotivo que resulta ese momento de vínculo. "También queríamos hacer esta labor social, de acercar el flamenco y fomentarlo donde no es tan fácil que llegue", señala el director, para quien esos momentos demuestran la capacidad de la música para despertar recuerdos y generar vínculos. El recorrido continuará el 1 de septiembre en el Centro Gámez Morón, que prepara la visita con fotocall, sombreros típicos de feria y abanicos para recrear el ambiente festivo y recibir a los músicos en un espacio especialmente festivo. El 2 de septiembre, la escuela cerrará este ciclo de actuaciones en el Centro Asistencial de la Gota de Leche. Cada parada está integrada en el horario de las 12 de la mañana, la intención será que la música trascienda la actuación y convierta a los asistentes en parte del encuentro; no sólo público, sino parte activa de cada actuación.

La representación de la escuela estará formada principalmente por alumnos avanzados de las tres disciplinas que se imparten: guitarra, cajón y cante. Son estudiantes que cuentan ya con mayor experiencia, seguridad y "tablas". Ellos asumirán buena parte de los temas, aunque los profesores permanecerán a su lado para prestar apoyo cuando alguna interpretación presente una dificultad especial. No se trata de sustituir al alumno, sino de acompañarlo en un proceso que forma parte de su formación. Aprender guitarra, percusión o cante implica dominar una técnica, pero también aprender a tocar con otros, escuchar lo que ocurre alrededor y reaccionar en función de los compañeros.

Para los integrantes y profesores de la escuela, salir a actuar forma parte del aprendizaje. Un músico puede aprender durante meses a tocar un instrumento, pero llega un momento en que necesita comprobar qué ocurre cuando ese aprendizaje se encuentra con otros músicos y con un público. En un cuadro flamenco, uno marca el tiempo, otro sostiene el compás, otro aporta el ritmo, otro trabaja la armonía y el conjunto debe avanzar como una unidad. Los alumnos aprenden incluso a corregirse ellos mismos, porque tocar juntos les obliga a escucharse. Y esa experiencia tiene además un efecto motivador. Saber que lo aprendido no se queda encerrado en la habitación o en el aula, sino que puede convertirse en una actuación y hacer disfrutar a otras personas, proporciona un sentido diferente al esfuerzo del aprendizaje. Para los profesores, comprobar ese resultado supone también ver materializados los frutos del trabajo desarrollado durante las clases.

El repertorio de estas jornadas estará marcado por los sonidos más reconocibles del ambiente propio de la celebración. Aunque el flamenco comprende más de 50 palos y constituye un universo musical extraordinariamente amplio, en estas actuaciones la escuela se centra fundamentalmente en las sevillanas y la rumba. Dentro de las sevillanas hay espacio para las corraleras, más rápidas y dinámicas, pero también para otras interpretaciones más pausadas que permiten escuchar la música con mayor detenimiento y disfrute. En ocasiones aparecen también los tangos-rumba. Son palos que facilitan la participación porque están vinculados al ambiente festivo y permiten que quienes lo deseen puedan acompañar la actuación. Los propios músicos animan a los usuarios a salir y, cuando alguien da el salto, el espacio de actuación se amplía inmediatamente para hacer sitio a nuevos protagonistas. "La gente quiere participar bailando", relata Heredia.

Detrás de esta elección hay también una forma de entender la relación entre el flamenco y el público. Heredia explica que el flamenco es una música que busca transmitir, más que contar necesariamente una historia. Cada palo puede expresar un estado de ánimo diferente y convertirse en un lenguaje para comunicar alegría, tristeza, melancolía o intensidad. La amplitud de ese lenguaje explica que existan tantas formas distintas dentro de cada estilo y que el conocimiento profundo del flamenco requiera años de estudio, siendo difícil abarcar la totalidad. Un guitarrista puede dominar determinados palos y conocer otros sin especializarse en ellos; un cantaor puede sentirse especialmente cómodo en varios estilos mientras continúa estudiando el resto. Es un universo en permanente aprendizaje.

Heredia pone como ejemplo de esa riqueza la reciente actuación de Arcángel en Melilla, que le permitió disfrutar especialmente del diálogo entre guitarra y cante. El director recuerda que en uno de los primeros pases, de unos 35 minutos, el artista llegó a enlazar más de 20 palos dentro de un mismo cante, cambiando de uno a otro sin que el público necesariamente percibiera esas transiciones. Para un oyente menos familiarizado con el flamenco, puede parecer simplemente una sucesión de matices; para quien conoce el lenguaje, cada cambio implica una forma distinta de transmitir la complejidad y extensión del lenguaje de transmisión del flamenco. Esa capacidad es una de las razones por las que Heredia considera el género un universo tan amplio y difícil de abarcar por completo.

Su capacidad de conexión, sin embargo, no depende únicamente del conocimiento técnico. La fuerza rítmica, la intensidad y la capacidad expresiva del flamenco pueden provocar una reacción inmediata incluso en quienes no conocen sus códigos. Heredia considera que parte de esa capacidad de identificación tiene que ver también con la propia naturaleza de mezcla que integra. El flamenco ha recibido influencias diversas y ha sabido dialogar con otras músicas, lo que contribuye también a esa capacidad de conectar con públicos diferentes. Su aprendizaje puede comenzar por el ritmo, por una letra o por la emoción que provoca una quejío, y desde ahí abrir la puerta hacia un conocimiento mucho más profundo.

La evolución de la escuela durante los últimos años demuestra que ese interés ha ido creciendo. El proyecto nació en 2012 y el primer curso se puso en marcha en enero de 2013, inicialmente con unos 30 alumnos. Actualmente son 105 los estudiantes matriculados. Para su director, uno de los signos más evidentes de esa evolución se encuentra en la asistencia de los propios alumnos a los conciertos de flamenco celebrados en espacios de la ciudad. En algunas de esas actuaciones, celebradas en lugares como el Fuerte Victoria, la UNED o La Peña, calcula que entre un 30 y un 40 por ciento del público estaba formado por estudiantes de la escuela, muchos de ellos situados en primera fila. El aprendizaje había trascendido las aulas y se había convertido también en interés por escuchar y conocer mejor una música que, cuanto más se estudia, más extensa parece.

La formación que ofrece la escuela persigue precisamente que ese conocimiento termine cristalizando en un cuadro flamenco. Las tres disciplinas trabajan por separado durante las clases, pero después los alumnos se reúnen para unir lo aprendido. Algunos viernes del mes se organizan ensayos conjuntos en los que guitarristas, cantaores y percusionistas trabajan sobre un mismo palo y construyen una interpretación común. Es en ese momento cuando aparece una de las grandes particularidades de la música: la comunicación no verbal. No hace falta decirlo todo para entenderse. Una mirada, un gesto, una respiración o un cambio de intensidad pueden indicar al compañero qué está ocurriendo. Cada músico tiene su espacio y puede tener su momento solista, pero todos dependen de los demás, tratando de transmitir la emoción que encierra una pieza al público.

En ese entramado las palmas ocupan también un lugar fundamental. La escuela dedica parte de la formación de percusión a enseñar a sus alumnos a tocarlas, también el golpe, una disciplina que Heredia considera mucho más compleja de lo que puede parecer. Con la incorporación del cajón y de otros instrumentos, las palmas pueden haber perdido presencia en algunos formatos, pero su ausencia se nota. Para el director, cuando un cuadro flamenco carece de ellas "falta algo", incluso aunque existan otros instrumentos. Por eso la escuela intenta mantener ese elemento como parte de la tradición y de la evolución del propio cuadro flamenco. Es también una manera de preservar un patrimonio inmaterial que necesita seguir transmitiéndose.

Las cuatro actuaciones de esta Feria de Melilla condensan esa doble vocación de la Escuela de Flamenco: formar músicos y acercar el flamenco a la sociedad. Y mientras la escuela prepara estas citas, mantiene abierta la puerta a quienes quieran informarse acerca de su proyecto formativo. La formación funciona por años naturales, de enero a diciembre, y las preinscripciones para el próximo curso se abrirán a finales de noviembre y durante diciembre, mientras que la matrícula se formalizará a finales de diciembre y durante los primeros días de enero. Heredia anima a quienes estén interesados en aprender cante, guitarra o percusión a permanecer atentos a los canales de información de la Escuela de Flamenco y de la Consejería de Cultura, ya que las plazas son limitadas y cada año existe más demanda que oferta.

Tags: Cartel Feria 2026Escuela de Flamenco de Melillajose heredia

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