Las colonias felinas urbanas nos presentan una de esas paradojas muy humanas donde todos tenemos razón y, por tanto, nadie la tiene del todo. Ahí están nuestros vecinos de cuatro patas, instalados en la calle como pequeños bohemios peludos que han elegido la vida contemplativa del asfalto, mientras los melillenses se dividen entre quienes aplauden a los buenos samaritanos que les llevan latitas , esos héroes anónimos del Whiskas, y quienes, con cierta razón burguesa, insisten en que un gato debería tener al menos una alfombrilla donde limpiarse las patas.
Lo cierto es que estos felinos han resuelto el problema de la vivienda mejor que muchos millennials: han okupado la ciudad entera, no pagan alquiler y tienen servicio de catering a domicilio gracias a las almas caritativas del barrio. Mientras nosotros discutimos sobre si merecen un hogar con calefacción central, ellos nos observan desde su trono de cartón con esa superioridad felina que parece decirnos: "Humanos, lleváis siglos intentando domesticarnos y aún no habéis entendido que somos nosotros quienes os hemos domesticado a vosotros".
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