Aunque se desconoce desde cuándo Melilla venera como patrona a la Virgen de la Victoria, sí se sabe que es una tradición que arranca de varios siglos. En 1748, el melillense Juan Antonio de Estrada y Paredes le dedica el libro ‘Población general de España’, y ya se refiere a ella como la patrona de la ciudad autónoma.
Lo que sí es seguro, a tenor de la documentación, es que, en 1756 y siendo gobernador Antonio de Villalba y Angulo, fue ratificada como patrona tal como consta en un interesante documento de ese año, lo que evidencia la vocación popular hacia ella.
La teoría más extendida sugiere que la figura había sido esculpida a finales del siglo XVI, según documenta el historiador del arte Sergio Ramírez González, que la adscribe al manierismo de corte romanista. La talla, que tenía su asiento en una ermita propia que había en la Plaza de Armas, fue trasladada a la iglesia de La Purísima Concepción tras la demolición de aquella, en 1741. Posteriormente fue construido el camarín, localizado en la capilla mayor de la iglesia principal dándole con ello la mayor importancia a la imagen.
La figura, no obstante, sufrió distintos avatares, sucesos y cambios con el paso del tiempo, como ha demostrado el máximo experto en esta advocación, José Luis Blasco López. Desde la segunda mitad del siglo XVI la Virgen de la Victoria fue una vocación fundamental para los melillenses, y se suceden los hechos que la vinculan con el pueblo. En el siglo XVIII (1719) conocemos diferentes salidas procesionales, incluso desafiando fuertes temporales, uno de los cuales obligó a atar sus vestiduras a mitad del recorrido.
Con todo, cuando cambió de manera más perceptible la impronta estética de la Virgen, fue a principios del siglo XX cuando debido a los desperfectos causados por repintes de manos inexpertas y por el deterioro causado por los clavos y alfileres que sujetaban las vestiduras.
Sin embargo, la restauración llevada a cabo por Antonio Infante Reina, en Sevilla, entre 1930 y 1931 fue acometida, según la página ‘web’ de la Fundación Melilla ‘Ciudad Monumental’, con criterios “poco ortodoxos”, ya que, en vez de recuperar la policromía original eliminando los repintes, dejó el bloque escultórico en la madera para conferirle una nueva policromía.
En cualquier caso, así es, más o menos, como la imagen llega hasta nuestros días, ya que no sólo la recomposición escultórica del respaldo del asiento, sino también la policromía de las carnaciones, el estofado de las vestimentas y el dorado del trono son originales del artista hispalense.
Desde entonces, la talla ha sufrido otras restauraciones menores. Con motivo de su coronación canónica, en 1948, uno de los artistas de la familia Lapayese, traído a Melilla por el erudito Rafael Fernández de Castro, intervino en la policromía del rostro. A finales del siglo XX hubo otras tres intervenciones. La primera, de Carlos Bartual en 1983; la segunda, de Eduardo Morillas en 1991 por una grieta abierta en su base; y la última, en 1996, a cargo de Concha Bengoechea.
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