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La adaptación a lo impensable

por Antonio Ramírez
16/03/2025 10:48 CET
La adaptación a lo impensable

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Cinco años ya, un lustro desde que nuestro hábitat (y forma de vivir) cambió. La rutina regresó, pero por el camino mucha vida se perdió. Un Estado de Alarma decretado comenzaba a raíz de una grave pandemia naciente y ya hiriente, pero a diferencia de otros confinamientos que la historia el ser humano padeció, este sería contado y opinado en tiempo real, de inmediato. Se iniciaba, en nuestra era, tan moderna y ambiciosa y, en ocasiones, tan poco juiciosa, la adaptación a lo impensable.

Un contador de precariedad, enfermedad y muerte, de manera constante, renovaba de continuo los datos y que llegaban por cualquier vía de comunicación a cualquier rincón. Pero sobre todo llegaba de profundo al corazón con desasosiego, miedo e incertidumbre a lo desconocido. Los servicios públicos, los servidores que son su capital humano, reclamados por la urgencia y por su propia vocación y prestancia, estuvieron a la altura, y más allá, de lo que la terrible y tenaz incidencia permitió. Fue una prueba letal para testar el valor de muchas profesiones, ellas y ellos demostraron que es grande y óptimo una vez más, pero en una situación distinta, muy distinta. Nunca lo olvidemos, gratitud perpetua.

El covid19, el tristemente popular “virus”, apretó al funcionamiento de las instituciones que gestionan el interés general y, aunque unas mejor que otras y con resultado dispar, su funcionamiento, en alerta hacia un horizonte impredecible, arropó las consecuencias de la quiebra y palió en lo posible sus tremebundos efectos. Incluso mantuvieron el prurito institucional y representativo aún en circunstancias de extremo. Tampoco, y se debe recordar, faltó por episodios el pillaje, algo tan ligado a la condición humana cuando ve oportunidad de ventaja y beneficio en el ámbito de la tragedia. Algunos, claro.

En lo político y sus avatares de singular prendido y ruido, por lo general, sus responsables supieron estar al nivel de tan duras circunstancias, aunque no faltó la ausencia de renuncia a buscar réditos en el enfrentamiento en detrimento del consenso y en beneficio del error. Los gobiernos al frente de las diferentes administraciones fueron capaces en su mayoría, desajustes aparte y debidos a una secuencia de hechos que el virus desencadenó.

Mascarilla, teletrabajo. Vacunas, silencio, tristeza o sobrecogimiento fueron, entre otros, términos que quedaron en nuestra retina y sentimiento. Unos llegaron para quedarse y tuvieron un efecto positivo. Otros fueron circunstanciales a un periodo de grandes interrogantes. La vida, tras un combate feroz, salió adelante y venció, ganando y recobrando por capítulos la normalidad. Tampoco faltaron negacionistas, pese a la cruda intensidad y realidad en los tanatorios.

Las situaciones adversas, especialmente las más agudas, ponen a prueba a una sociedad. Esta pandemia pasada exigió lo mejor de ella y, esta, lo supo dar. Y, pese hay quienes no quieren recordar (por interés propio al no ser parte de la solución) ese periodo de zozobra y que fue superado con alto precio, conviene rememorar esa difícil y extraña vivencia, hubo personas a costa de su propia existencia, muchas. Remembrar aquella frase de Gramsci sobre que “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Quizás un nuevo mundo esté aún en construcción y la pandemia no sea un único monstruo.

Recordar como una experiencia que de distopía pasó a ser realidad. Una realidad que llevó a la adaptación de lo impensable

Tags: covidgratitud

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