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Infancia muerta

Por Antonio Ramírez
25/05/2025 10:15 CEST
Infancia muerta
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Si bien es cierto que la primera víctima de una guerra es la verdad, no lo es menos y además mucho más grave, que la más dolorosa e injustificable es la de la infancia. De esa verdad, la que no es manipulada y fuente de toda ansia en el intento de configurar y ganar el relato de los litigantes en un conflicto; de la certeza, aunque solo una parte fuera real, la muerte de pequeñas y pequeños jamás puede ni debe asumirse, la atrocidad nunca puede ampararse en causa alguna, nunca, mate quien mate.

Infancia que no eligió fecha ni lugar para nacer pero que tiene todo el derecho inalienable, inquebrantable, a crecer en el ámbito de la dignidad. Violentando esto se violenta la condición humana y esta pérdida alienta el instinto depredador que puede anular doctrina, religión o derecho cualesquiera. Se mira al abismo y se forma parte de él al ahondarlo, alentándolo o tan sólo ignorándolo o relativizándolo, desde el silencio o el cambio de discurso, según lo que interese.

La muerte de inocentes, inherente a todo conflicto, perturba peligrosamente el presente y alcanza el mayor nivel de dislocamiento cuando niñas y niños mueren sin compasión, y hace derrapar al futuro preñando al odio y la venganza, drenando cualquier estructura mínima de principios para poder, no ya convivir, sino soportarse desde las diferencias y el respeto.

Una barbaridad, una locura inhumana, no puede ni gestar ni amparar otra mayor, o no debería. La discusión, la civilización, la aplicación de la justicia, aún severa, no pueden ser sustituidas por el retorno del odio cainita y tribal. Cuesta trabajo entender que la evolución hacia la modernidad y los instrumentos de la justicia no puedan hacer prevalecer a la humanidad. La crueldad no es más que sinónimo de decadencia, aunque poderes e intereses omnímodos la amparen. La afrenta, como todo mal, tiene sus límites a la hora de ser restaurada y compensada. La infancia es uno de ellos, la más sagrada frontera ante el mortal desvarío.

Matar a la infancia es ser cómplice del grave dislate de quienes tenían y tienen, como principal obligación, protegerla, no su utilización. Aun no pudiendo conocer, en este mundo aquejado y amenazado también por el tufo de la desinformación, la historia de muchas niñas y niños y sus circunstancias, su simple mirada, a cualquiera le debe recordar que el azar, en su capricho, podría haber determinado que esos ojos pudieran ser de su propia familia. El padecimiento y el horror pudiese haber sido de su entorno y pulso de vida. Falta empatía y sobra indolencia.

En este momento actual de equilibrios y ambiciones comerciales, territoriales o de cualquier otra índole y, al fin y al cabo, de poder, el desequilibrio gana terreno y el histrionismo institucional aumenta el recuento de adeptos como no se veía y, sobre todo, sentía en décadas.

Es óbice, en el tratamiento de un conflicto armado, que la actitud de representantes políticos (no todos ni todas) se ve condicionada, en una u otra demarcación, mutan su proclama y opinión según las “ordenes” y estrategia del partido al que pertenecen. A buen seguro, lo anterior, frente a la conciencia que otra cosa dicta pero que pasa a un lugar secundario. Triste y grave cuando de por medio, hay infancia que deambula por la desatención, el sufrimiento y hasta la muerte.

El odio, en su aritmética del horror, genera más odio, no falla. La Historia parece tener poco carácter docente hoy en día. No se trata de tomar partido, la razón es tantas veces insuficiente cuando se desproporciona su aplicación. Se trata de priorizar sin ambages lo supremo y no hay nada que deba estar por delante que la vida digna de la infancia, nada.

Tags: civilizacióninfancia

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