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Historia y Yoga: Cuando el tiempo estaba vivo

Del Paleolítico a la neurociencia: una mirada entre arqueología, yoga y ciencia sobre los ciclos, la percepción y nuestra relación con la vida

por Inma Gaitán
21/06/2026 11:02 CEST
Historia y Yoga: Cuando el tiempo estaba vivo
Diosa de Pazardzik 4500 a.C

Cedida

Diosa de Pazardzik 4500 a.C

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Mi hipótesis, como historiadora es que, mucho antes de las religiones organizadas, de los sistemas morales y de los textos sagrados, existieron formas ancestrales de percepción profundamente conectadas con el cuerpo, el ritmo y los ciclos naturales.

Quizá el yoga no comenzó únicamente como una doctrina o una tradición religiosa, sino como una experiencia humana mucho más antigua: la necesidad de habitar el tiempo de otra manera. Hay algo que resulta difícil de imaginar desde el mundo moderno.

Durante miles de generaciones, los seres humanos vivieron sin relojes, sin calendarios impresos y sin pantallas que organizaran su atención. Sin embargo, el tiempo estaba presente en todas partes.

Se encontraba en la luna que crecía y menguaba sobre sus cabezas. En las estaciones que transformaban el paisaje. En las migraciones de los animales. En el embarazo, el nacimiento y la muerte. En los ritmos del propio cuerpo.

Mucho antes de aprender a escribir palabras, quizá aprendimos a escribir el tiempo.

Algunas de las evidencias más sugerentes proceden precisamente del Paleolítico. El investigador Alexander Marshack propuso que ciertas series de incisiones halladas en huesos y objetos rituales podrían corresponder a sistemas de observación lunar desarrollados hace decenas de miles de años. Sus hipótesis han sido debatidas, pero abrieron una pregunta fascinante: ¿hasta qué punto aquellos pueblos observaban y registraban los ciclos naturales?

Las célebres figuras femeninas del Paleolítico han sido interpretadas por algunos investigadores como posibles expresiones simbólicas de los ciclos de la vida. Más allá de las distintas hipótesis, todas parecen remitir a una misma intuición: la relación entre el cuerpo humano, el tiempo y los ritmos de la naturaleza.

La luna ocupaba un lugar privilegiado en esa experiencia.

Su crecimiento y desaparición enseñaban algo fundamental: que la ausencia no siempre significa final.

En muchas tradiciones antiguas, la oscuridad no era entendida como el opuesto de la luz, sino como parte del mismo proceso. La luna nueva, invisible durante algunos días, seguía formando parte del ciclo. Del mismo modo que la semilla permanece oculta bajo tierra antes de germinar o que el silencio precede a una nueva palabra.

Esta intuición resulta sorprendentemente cercana a ciertas prácticas contemplativas. Tanto en el yoga como en otras tradiciones de interiorización, el vacío no suele entenderse como carencia, sinocomo potencial. Como un espacio fértil desde el que algo nuevo puede emerger.

Los animales ocupan igualmente un lugar central en el arte paleolítico. Bisontes, caballos, ciervos o mamuts aparecen representados con una precisión y una sensibilidad extraordinarias. No parecen simples recursos destinados a la supervivencia. Forman parte de un universo simbólico mucho más amplio.

Mircea Eliade observó que numerosas tradiciones chamánicas consideraban a los animales portadores de conocimiento, fuerza y transformación. El vínculo con ellos no era únicamente utilitario. Existía también una dimensión de respeto, observación e identificación simbólica.

No sabemos exactamente cómo entendían los pueblos paleolíticos su relación con los animales. Pero sí sabemos que convivían con ellos de una manera mucho más estrecha de lo que hoy podemos imaginar.

Quizá aquellas culturas conocían una tensión que sigue siendo profundamente humana.

Por un lado, la necesidad de sobrevivir. Por otro, la necesidad de encontrar significado.

La caza respondía a la primera. Los rituales, las pinturas y los símbolos parecían responder a la segunda. Tal vez por eso las cuevas no fueron únicamente refugios o santuarios, sino también espacios donde ambas dimensiones podían encontrarse.

Los chamanes, cuya presencia aparece sugerida en distintas representaciones paleolíticas, podrían haber desempeñado precisamente esa función: recordar una realidad más amplia que la vida cotidiana. No porque escaparan del mundo, sino porque buscaban comprenderlo en profundidad.

En muchas culturas tradicionales aparecen figuras cuya tarea consiste en atravesar los límites de la percepción ordinaria para acceder a una visión más amplia de la existencia.

Carl Gustav Jung propuso que la psique humana conserva capas profundas de experiencia acumuladas a lo largo de nuestra historia como especie. Más allá de la validez literal de esta idea, su propuesta resulta sugerente: quizá ciertas imágenes, símbolos y preguntas continúan reapareciendo porque forman parte de una memoria humana mucho más antigua de lo que solemos imaginar.

Tal vez el legado más profundo del Paleolítico no fueron las herramientas de piedra ni las pinturas de las cuevas. Quizá fue una forma de atención.

La capacidad de observar durante generaciones el movimiento de la luna, el comportamiento de los animales, el ritmo de las estaciones y los cambios del propio cuerpo hasta descubrir que todos ellos formaban parte de un mismo tejido de relaciones.

Hoy disponemos de tecnologías capaces de medir el tiempo con una precisión inimaginable para aquellos pueblos.

Pero tal vez la pregunta siga abierta: ¿hemos aprendido también a habitarlo?

Porque quizá la primera sabiduría humana no consistió en controlar la naturaleza, sino en reconocerse dentro de ella.

Y tal vez, bajo la velocidad de la vida moderna, el cuerpo siga recordando algo de aquel antiguo lenguaje de los ciclos.

Como un eco antiguo que atraviesa el tiempo, la Venus de Laussel levanta su cuerno marcado por las fases de la luna.

No dice nada. Sólo señala y el tiempo por un instante vuelve a respirar.

Tags: HistoriaYoga

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